reseña
Pablo Ignacio de Dalmases: Oficio de carroñero. Un periodista en la calle
miércoles 22 de julio de 2009, 20:51h
El periodista callejero, aquel que busca la noticia bajo las piedras, nutrido de contactos inverosímiles y de anécdotas increíbles, ha dado paso en la era de Internet a un nuevo tipo de profesional que rastrea la noticia desde una mesa, entre blogs, confidenciales y correos electrónicos. Pues bien, Pablo Ignacio de Dalmases es un periodista de los de antes, de calle, un profesional de la información que, a través de su biografía laboral, realiza en este libro un homenaje a un estilo de ejercer el periodismo al borde de la desaparición.
El periodista callejero, aquel que busca la noticia bajo las piedras, nutrido de contactos inverosímiles y de anécdotas increíbles, ha dado paso en la era de Internet a un nuevo tipo de profesional que rastrea la noticia desde una mesa, entre blogs, confidenciales y correos electrónicos. Pues bien, Pablo Ignacio de Dalmases es un periodista de los de antes, de calle, un profesional de la información que, a través de su biografía laboral, realiza en este libro un homenaje a un estilo de ejercer el periodismo al borde de la desaparición.
Dalmases entremezcla anécdotas profesionales, encuentros con múltiples personalidades y reflexiones sobre la profesión en un libro sobre periodistas, para periodistas, pero también para ajenos a tal ámbito. Tampoco escatima en detalles sobre los encuentros –y desencuentros– que ha vivido a lo largo de su carrera profesional con personalidades de todo tipo y condición, como el príncipe Felipe, Fidel Castro, Jesús Mariñas, Maruja Torres, Carlos Herrera o Salvador Dalí, entre otros muchos.
Oficio de carroñero es un libro muy recomendable para cualquiera que desee pasar un rato entretenido y conocer la sociedad española de los últimos 40 años desde la órbita de un periodista de raza; pero, sobre todo, es un libro imprescindible para los estudiantes de periodismo con auténtica vocación que quieran saber cómo se hacían las cosas cuando no existía Internet.
Por Regina Martínez Idarreta