ETA SIGUE SU CAMPAÑA
sábado 23 de febrero de 2008, 23:59h
El estallido de un artefacto explosivo en las cercanías de Bilbao marca el pistoletazo de salida -término éste quizá particularmente apropiado a la hora de ilustrar la forma de hacer política de los terroristas- con el que ETA lleva su particular campaña. Por fortuna, la acción terrorista ha ocasionado únicamente destrozos materiales de escasa consideración, sin que haya que lamentar víctimas, pero no por ello este atentado deja de tener relevancia. En realidad, cualquiera debe tenerla.
Y es que el hecho de que en una sociedad democrática haya quien pretenda imponer su opinión a base de bombas es de por sí execrable. Da igual que se trate de un cóctel Molotov arrojado por "los chicos de la gasolina" (Arzallus dixit), o de una bomba de mayor o menor potencia. No. Estamos ante gente que lo que quiere es causar dolor, cuanto más, mejor. Sienten un absoluto desprecio por la vida humana. Han segado cientos de ellas; el número de muertos se aproxima al millar, y el de heridos y afectados es lacerante. Sin ir más lejos, éste último artefacto estaba preparado con un dispositivo trampa que debía estallar cuando los artificieros se acercasen a desactivarlo.
ETA sigue viva. Más o menos fuerte, pero el caso es que sigue haciendo daño. Y estamos de acuerdo en que un problema que lleva latente décadas no debe de tener fácil solución. Pero si en algo hay una coincidencia generalizada es en lo eficaz que resulta la unidad política a la hora de luchar contra semejantes alimañas. Y la razón es evidente: la unidad política lleva aparejada un mensaje de que, gobierne quien gobierne, ETA no tiene otra salida que su desaparición. La mesa de Ajuria Enea tuvo una importancia notable, y el espíritu de Ermua que surgió tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco puso a la banda y su entramado al borde del precipicio. El pacto antiterrorista y la ley de partidos pusieron en prosa jurídica aquel impulso político. La vida política se desinfectó con la erradicación del virus Batasuna de toda actividad pública. Había esperanza...
Por muy lejanos que puedan parecernos aquellos días, no podemos por menos que volver a aspirar a algo parecido. Lo importante en este momento sería una condena unánime y sin fisuras de todas las fuerzas políticas. Y no sólo eso. Cerrarles la puerta de las instituciones en tanto en cuanto no desaparezca la violencia por completo. Y que sepan que están solos. Sin caer en el desánimo, es poco probable que el nacionalismo se posicione frente a los que considera meras ovejas descarriadas. Pero sí sería deseable que los dos partidos mayoritarios lucharan unidos, porque de ese modo el enemigo llevaría las de perder. Y ETA no se ha distinguido nunca por su valentía. Se la puede derrotar. Con firmeza y sin concesiones. En este sentido, el camino es una victoria democrática sin concesiones políticas, que no un atajo por acuerdo como el que propician los nacionalistas porque a ellos, y solo a ellos, les interesa políticamente.
DE AGRESIONES Y CONDENAS
En esta campaña estamos asistiendo a un lamentable cúmulo de agresiones a políticos. La última la han sufrido dos miembros del Partido Popular de Madrid, Juan José Güemes y Francisco Granados. El escenario, Parla, localidad de la que fue alcalde el actual dirigente de los socialistas madrileños, Tomás Gómez. A las puertas del nuevo hospital, un grupo de exaltados aguardaba a la comitiva "popular", que fue recibida entre empellones, zarandeos y una auténtica lluvia de improperios. Con posterioridad, la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, hacía unas declaraciones en las que "condenaba sin paliativos todo tipo de agresión".
Al leer los titulares de la condena de la Vicepresidenta daba la impresión de que, efectivamente, manifestaba su más enérgica protesta ante semejantes hechos. Pues no. Había una segunda parte en la que De la Vega arremetía contra el PP por insinuar que los ataques habían sido alentados desde el entorno del PSOE. El propio Tomás Gómez presentaba una demanda contra los dos agredidos, Güemes y Granados, por considerar que se ha mancillado su honor y el de los socialistas madrileños. El Presidente de la Xunta de Galicia, Emilio Pérez Touriño, tras el altercado que vivió María San Gil en la Universidad de Santiago, condenaba el hecho, sí, pero empleaba mucho más tiempo en acusar al PP de crispar y provocar. Y el colmo ha venido cuando Felipe González se mofaba del incidente sufrido por Rosa Díez en la Universidad Complutense alegando que a él también le "abuchearon en algunas ocasiones y no por ello me puse a llorar".
Cuando alguien no puede manifestar sus ideas en el ejercicio de su libertad, se está conculcando un derecho fundamental, y ello merece una condena tajante. Lo primero es lo primero, y en este caso, la defensa de la libertad de expresión sin temor a sufrir una agresión está por encima de simpatías personales o políticas. Una condena ha de ser firme y aséptica a la vez. De quien la hace se espera un mínimo de responsabilidad política para que, por muy mal que le caiga la persona agredida, se limite a expresar su rechazo ante determinados comportamientos. Es lo que toca en ese momento. Y nada más.
LA VIDA PRIVADA DEL CANDIDATO McCAIN
Que Europa y Estados Unidos tienen una concepción diferente de cómo han de ser sus políticos a la vista está. Recientemente hemos tenido noticia del escándalo que ha salpicado al candidato republicano que más posibilidades tiene de optar a la presidencia norteamericana, John McCain. El asunto fue aireado por el New York Times, y posteriormente se hicieron eco del mismo la práctica totalidad de medios de comunicación del país. El rotativo neoyorquino publicaba un artículo en que se acusa al senador de haber protagonizado una aventura con una gestora de grupos de intereses de su equipo durante su campaña electoral de 2000. La acusación no es nueva. Este presunto romance ya fue utilizado por el actual presidente, George W. Bush, para desprestigiar a su adversario republicano en las anteriores elecciones. Y quién no recuerda el affaire del ex presidente Clinton con Monica Lewinsky.
Hace poco preguntaban a Nicolás Sarkozy sobre su relación con la modelo Carla Bruni. Su respuesta fue contundente: "Los franceses me han elegido para que solucione sus problemas, no para que hable de mi vida privada". Dejando de lado el exquisito respeto que ha de tenerse al pueblo americano y su manera de entender la política, cabe preguntarse si las palabras de Sarkozy no podrían tener validez universal. Lo que se pide a un político es que haga frente a los desafíos de su país con la mayor eficacia posible. Y mientras su comportamiento no exceda de los límites legales de cualquier ciudadano, lo que haga o deje de hacer en su vida privada no compete a nadie más que a él. No por el hecho de ser personajes públicos han de renunciar los políticos a tener una esfera de privacidad, por mínima que ésta sea. Y han de ser juzgados por sus logros de gestión, no por sus presuntos devaneos matrimoniales. El ventilador morboso que parece adueñarse de los medios y políticos americanos en periodo electoral es un producto de dudoso gusto que poco añade a la política de altura. La falta de respeto a la intimidad de cada uno socava la libertad, por eso, a veces, se diría que son los americanos -y no los españoles de hoy- los partidarios de la "Spanish Inquisition".