www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Dos estampas

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 21 de septiembre de 2009, 21:49h
Por los medios de comunicación hemos conocido como fue la sesión del Comité Federal del PSOE, que se celebró el pasado fin de semana. Adhesiones inquebrantables en un claro ambiente de culto a la personalidad del jefe, esto es caudillismo en el más estricto y tradicional sentido. Negación absoluta de cualquier atisbo de pluralismo democrático: Sólo nosotros sabemos lo que hay que hacer; nadie nos va a imponer la hoja de ruta; todos los demás sobran, salvo que dócilmente se sumen a nuestro carro: ese es el único consenso admisible. Nunca nos equivocamos, por eso no tenemos que rectificar, aunque, a veces, ¡faltaría más! improvisemos en beneficio de los más débiles. Demagogia a chorros con resonancias de un añejo marxismo que parecía ya superado: Nos atrevemos a decirles “no” a los poderosos. A esos que son los únicos culpables de lo que está pasando, los ricos, los empresarios, los capitalistas. Por eso son los que tienen que pagar: una manera sutil de apelar al viejo mito de la lucha de clases. Y, de paso, machacar a las clases medias. No hizo falta levantar el puño ni cantar la Internacional, porque eso ya lo hicieron la semana pasada en la cita anual con los sindicatos mineros. Una vieja estampa, más propia de los años treinta del siglo pasado que de estos tiempos de la llamada sociedad de la información. Un extraño espectáculo con muchos más ecos de populismo andino-caribeño que de la Europa del siglo XXI.

Zapatero puede sentirse satisfecho de que las bien engrasadas técnicas de la cohesión partidista hayan funcionado a la perfección. Esas técnicas que hace años Guerra sintetizó en una frase famosa: “Quien se mueva, no sale en la foto”. En el Partido (así, con inicial mayúscula, como corresponde a la formación política que da identidad y sentido a un régimen) sólo se atreven a levantar la voz –y siempre muy quedamente- los ex, los que ya nada esperan o los que están de vuelta de todo. Y son tan pocos que se ven arrollados por los vociferantes que tiemblan ante la sola perspectiva de perder sus prebendas. Y hay que usar el incensario para ahuyentar a los fantasmas de la hipotética derrota. Pero, ¿puede de verdad Zapatero sentirse satisfecho? Porque al lado de esa supuestamente tranquilizadora estampa, tan doméstica y controlable, hay otra que vemos a diario reflejada en los medios de comunicación. Es la que forman todos cuantos al inclinarse sobre la situación de la economía española o por otros aspectos de su vida política son unánimes en su valoración negativa y coinciden en su juicio sumario: Esto va mal y no tiene trazas de mejorar. Organismos internacionales, de la UE a la OCDE; los servicios de estudios de grandes instituciones financieras, el último el del banco suizo USB, por no hablar de las reiteradas advertencias del propio Banco de España; las opiniones de los más destacados economistas españoles y extranjeros…etc. Todos alertan de la urgencia de tomar ciertas decisiones y de afrontar reformas que este Gobierno rechaza sumariamente. Y todos pronostican que la recuperación de la economía española será lenta y prolongada, sobre todo si, como está a la vista, el Gobierno no cambia de rumbo. Esta es la estampa de la libertad y de la competencia; la otra la del pesebrismo y la cerrazón. Pero es la que le gusta a Zapatero.

Ya es un lugar común afirmar que Zapatero ha mostrado sobradamente que no tiene capacidad para solucionar la compleja crisis que afecta a España, ese cúmulo de problemas, muchos de los cuales ha sido él quien los ha originado. Es una evidencia compartida dentro y fuera de nuestro país. Como decía hace bien poco The Economist, Zapatero sólo sabe almacenar problemas, pero sin resolver ninguno. Por eso algunos reclaman, con mejor voluntad que acierto, elecciones anticipadas. Sin caer en la cuenta de que sólo el propio Zapatero tiene competencia para convocarlas y que sólo tomaría esa decisión si tuviera enormes probabilidades de ganarlas. Y para ese viaje no se necesitarían alforjas. En una democracia seria y consolidada, sin ramalazos autoritarios o caudillistas como los que por aquí contemplamos, el propio partido buscaría internamente una solución de recambio y enviaría a su casa a este peculiar espécimen de presidente, que parece empeñado en hacer realidad en sí mismo las dos acepciones que el DRAE da a la palabra “botarate”: “Hombre alborotado y de poco juicio//2.Persona derrochadora, manirrota”. Pero nuestra democracia tiene todavía muchos defectos, algunos de ellos derivados de un grave fallo del que parece que ahora se enteran muchos: la bajísima calidad de nuestro sistema educativo. Desde los griegos son bien conocidas las conexiones entre educación y política y, sobre todo, entre educación y democracia. Pero, desgraciadamente, el nivel educativo de los españoles es demasiado bajo. Y eso se nota tanto en los gobernantes como en los gobernados. Y ya se ha perdido demasiado tiempo.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios