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Líder e instituciones en la historia

Sadio Garavini di Turno
domingo 27 de septiembre de 2009, 17:42h
La mayor o menor relevancia de los líderes o “grandes hombres” en la historia ha sido objeto de un intenso debate. Existen dos posiciones extremas: la historicista enfatiza las estructuras, los grupos colectivos y, en general, las fuerzas impersonales; la individualista, pone el acento sobre la acción de los líderes. El historicismo se divide en dos vertientes: pesimista y optimista. El historicismo pesimista y/o escéptico, siguiendo una conocida parábola de Tolstoi, ve al líder como el orgulloso y fuerte carnero, que cree firmemente que su papel es ser guía del rebaño y los que van tras él, así lo creen. En realidad, líder y rebaño van felices e inconscientes hacia el “matadero”, según los designios, inescrutables para ellos, del “pastor de la historia”. En la vertiente optimista, de raigambre hegeliano-marxista, el mismo carnero lleva, inexorablemente, al mismo rebaño hacia un estado superior de organización social: la mítica sociedad perfecta, el “reino feliz de los tiempos finales”, la edad de oro al final de la historia. La creencia profunda en este mito creó en el siglo XX, las condiciones para el sacrificio monstruoso de millones de seres humanos. En esta perspectiva, el líder puede con su habilidad, recortar el camino, acelerar los tiempos, pero no puede modificar el curso fundamental de la historia. En el extremo individualista, frente al mito de la Historia, se crea el mito y el culto del Héroe. Se hipertrofia el papel taumatúrgico del “gran hombre” y la historia se disuelve en la biografía de una casta de “superhombres”. Esta visión del mundo (“weltanschauung”) se encuentra en el pensamiento del neofascista, “avant la lettre”,Thomas Carlyle, quien dijo que : “la historia no es otra cosa que la biografía de los grandes hombres”.

In “medio stat virtus” decía Santo Tomás, siguiendo al maestro Aristóteles. En efecto, entre los extremos historicista e individualista, me encuentro entre los que creen, como Alexander Herzen, que la “historia no tiene libreto” y es la compleja resultante de la interrelación entre el líder y sus “orteguianas” circunstancias, incluyendo, entre otras cosas,instituciones , ideas y valores. En períodos extraordinarios, como guerras, revoluciones y crisis socioeconómicas mayores, los pueblos demandan la presencia de líderes extraordinarios. Las biografías de Churchill, de Gaulle y Lenin son un ejemplo al respecto. En cambio, en épocas estables, pacíficas e institucionalizadas, los pueblos democráticos prefieren a los “hombres representativos” de Ralph Waldo Emerson. Líderes que representan a su generación, a sus contemporáneos, que tienen y conocen sus límites y no son, ni quieren ser “superhombres”, el “ubermensch” de Nietzche. Efectivamente, las democracias avanzadas y estables tienen instituciones fuertes y no hombres fuertes, característica típica de las autocracias y los países atrasados. En las democracias estables, el Congreso, los tribunales y los partidos políticos son instituciones fuertes y respetadas. Los grandes partidos políticos democráticos se fundamentan en doctrinas, ideologías, valores y programas. Sus nombres lo reflejan, Democracia Cristiana, Socialdemocracia, Liberalismo et cet. En cambio en los países atrasados, los partidos se fundan alrededor de un líder máximo y único, que termina dándole su nombre al partido: peronismo, trujillismo, somocismo, torrijismo, nasserismo, chavismo. Bienaventurados los pueblos que no necesitan héroes”, decía Bertold Brecht.
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