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crítica

Rüdiger Safranski: Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán

jueves 08 de octubre de 2009, 19:45h
Rüdiger Safranski: Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán. Traducción de Raúl Gabás. Tusquets. Barcelona, 2009. 382 páginas. 24 €
Rüdiger Safranski (Rottweil, Alemania, 1945) ha logrado en los últimos años un índice de popularidad en el país germano difícil de comparar con el de ningún otro pensador en el ámbito europeo. Tal vez sólo Peter Sloterdijk pueda presumir de una trayectoria similar. El programa cultural que ambos moderan en la televisión alemana desde el año 2002, Das philosophische Quartett, ha llegado a alcanzar índices de audiencia superiores al medio millón de espectadores. La obra Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán, cuenta ya con 100.000 lectores en Alemania. Y ya se ha publicado allí la siguiente obra del autor: Goethe y Schiller. Historia de una amistad.

No nos hallamos, sin embargo, ante la carta de presentación de un divulgador guiado por el gusto del gran público, ni por la necesidad de publicar una buena obra que se convierta rápido en un superventas. Más bien al revés, con la lectura de este último libro de Safranski traducido al español nos convencemos de que la historia de un espíritu y el retrato completo de su modo de ser, pueden hacerse no sólo accesibles, sino además atractivos a muchos tipos de público, sin que se pierda profundidad para el que quiere ahondar, ni claridad para el que arriba a las nuevas costas.

Sólo un libro de aventuras y viajes nos puede guiar por la senda que recorre el barco en el que Herder se embarca en Riga, hacia la ciudad Gropius de Berlín, o a la California del exilio de Thomas Mann. Ese viaje iniciado por Herder en el año 1769 le convierte en uno de los emprendedores de esta odisea del espíritu, y no es una mera coincidencia que su destino fuera Francia. Los acontecimientos que allí se vivieron años más tarde, en la época revolucionaria, marcaron el pensamiento del país vecino, alcanzando una elaboración sistemática y filosófica tan potente, que aún hoy se siguen rindiendo cuentas de ella. No nos encontramos ante un libro que recorra de principio a fin una etapa histórica definida, sino ante la apasionante biografía de un espíritu, biografía en la que no se puede incluir su punto final.

La historia que se presenta es por lo tanto una historia abierta; así lo demuestra la división temática de su exposición. La primera parte de la misma se desarrolla bajo el título: “El Romanticismo”. En esta parte sí encontramos el lado más conocido del movimiento literario, con unos límites que son establecidos entre ese gran viaje de Herder y su encuentro con Goethe, y los años veinte del siglo XIX. Frente a la época ordenada de la Ilustración, los primeros románticos se rebelan en busca de lo misterioso, y en busca también de su propia libertad personal, del valor creador de su propia vida, que según nos explica Safranski, se transforma en juego para Schiller, posibilita la ironía con Schlegel, y permite a Fichte encontrar a su “yo” absoluto. Kant había ofrecido un cuerpo firme y teórico a la necesaria revolución en la manera de pensar, pero serán los románticos quienes radicalicen ese movimiento, le den vida y se desvinculen de las primeras propuestas de una libertad que, para Kant, parecen quedarse en mero concepto. De esta forma, lo romántico se convierte en una actitud vital de descontento que reclama una vida más allá de la normalidad.

La segunda parte de la exposición se desarrolla bajo el título “Lo romántico”. Es en esta parte donde el libro se desmarca de su mero interés historicista para rescatar lo que queda vivo del romanticismo como actitud vital. Es la actitud que nos permite acercarnos a la obra de Hegel, a la obra de Wagner y a su poco conocida amistad con Bakunin. A principios del siglo XX todavía hallamos retazos del movimiento, pero llega la guerra de carne y hueso, o mejor de carne y sangre. Esta guerra trae consigo la aventura prometida por el Romanticismo, por lo que ella misma ya no puede ser romántica. La vida posterior se establece según un modelo sencillo y utilitario que alcanza su culmen con la puesta en pie de la ciudad Gropius de Berlín.

Hay sin duda mucha historia en estas páginas: la historia que nos relata, ya en el siglo XX, la presencia del filósofo Adorno en el Fausto de Thomas Mann y la presencia del existencialismo en el mayo del 68; pero no es ésta una historia erudita. La erudición con que nos topamos es la consecuencia secundaria de un rendir cuentas muy presente todavía en la espiritualidad alemana. Un rendir cuentas necesario para Safranski, pues el Romanticismo ha marcado no sólo los sueños, sino también las pesadillas de medio mundo. El viaje del espíritu alemán sufrió con el nacional-socialismo un viraje tan sorprendente como peligroso. Para referirse al hurto de este espíritu por parte de un movimiento político hablará Safranski del “Romanticismo de acero”.

El barco con el que Herder se hizo a la mar recaló en un puerto que nunca tuvo por qué contemplar las velas de esa nave: la política. En ese momento muchos marineros fueron arrojados por la borda, y algunos terminaron su travesía en puertos extraños, como Thomas Mann. Siendo ya éste ciudadano estadounidense, supo condensar de forma espeluznante su interpretación del espíritu alemán al sentenciar que “no hay dos Alemanias, una buena y otra mala, sino solamente una, cuya mejor parte se inclinó hacia el mal gracias a los ardides del diablo”. ¿Es posible pensar aún en la redención de aquella inclinación? Estas páginas parecen al menos un ejercicio de reconciliación con una parte de ese espíritu que, siendo necesario, debe someterse al ejercicio de una crítica que limite sus extravagancias.

Por Laura Herrero Olivera
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