Siempre a la intemperie
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 12 de octubre de 2009, 20:11h
Todas las grandes fuerzas políticas segregan de manera espontánea y casi indeficiente un espíritu de unión y solidaridad entre sus miembros, degenerado en ocasiones en una actitud clánica e incluso sectaria. Sentimientos muy hondos de la naturaleza humana se ven materializados en esta dinámica, que estimula y da sombra amiga a muchas aspiraciones y también a no pocas angustias e inquietudes de mujeres y hombres. En la hosca soledad de nuestras sociedades darwinistas, en la hora del triunfo a toda costa y la complejidad inabarcable de la civilización multicultural hallar el abrigo reconfortante de idearios y sistemas cerrados, con solución –al menos filosófica e intelectual- para toda suerte de problemas, resulta, en verdad, muy tentador. En un ayer todavía no muy remoto, las religiones cubrían con eficacia esta parcela insondable de la condición humana. Hodierno, su compacto mapa se ha fragmentado, pero la nostalgia de credos y certidumbres marmóreos remece millones de espíritus. La tentación del aprisco será sentida siempre por el rebaño humano. Algunas de las mejores cualidades de sus integrantes se manifiestan allí en toda su amplitud: solidaridad, vívida noción del otro, altruismo…
Cotejado con ideologías y ambientes de bien trazadas fronteras, el liberalismo se muestra, para el común de las miradas delicuescente, lábil y, en la visión más crítica, evanescente. En su territorio se acampa fácilmente camino de ida o de vuelta hacia terrenos aparentemente más firmes y seguros. En él predominan las actitudes y los gestos sobre los dogmas y las tesis apodícticas. Sus adeptos nunca se sitúan en la Tierra Prometida ni en la de las últimas verdades, en una permanente posición de provisionalidad y acezante búsqueda de un eclecticismo, al tiempo integrador y creativo, como fundente de las aportaciones más sustantivas de los idearios que, en los campos de la tradición más acendrada como del progreso más radical, vivifican la reflexión sobre el hombre y el destino de la sociedad. Con escrupuloso respeto cara a las convicciones ajenas, su corpus doctrinal, el universo entero de su pensamiento se nuclean por la defensa ardida e insobornable de la libertad como principio eje de la vida individual y colectiva, alfa y omega de cualquier organización social, sin cuya vigencia es imposible imaginar la realización del ser humano en cualquier esfera, de acuerdo con su naturaleza más íntima y auténtica y su dignidad intrínseca.
La acusada tensión que comporta el esfuerzo de comprensión universal, sin caer por ello en ningún tipo de irenismo o relativismo inerme, hace la navegación histórica del liberalismo y la personal sus adictos no pocas veces un rosario de fallos y desaciertos. Pese a la acusación de elitismo arrojada a menudo contra ellos por sus adversarios, los liberales no se colocan la mayor parte de las ocasiones en una atmósfera feérica ni arrogante ni, menos aún, inmune a la inerrancia. Algunos de los capítulos más negros de la pasada centuria se escribieron por la ceguera de algunos de sus personalidades y gobernantes más conocidos, miopes, inhibidos o cobardes ante las fuerzas de la tiranía. Pero, alzaprimada tal constatación histórica cuanto se desee, ello en modo alguno autoriza para desplegar la caza de brujas que en el presente se asiste contra su ideario como origen de todas las calamidades que lo afligen. Su planteamiento de la economía responde, como en las restantes áreas de su orbe intelectual, a la defensa de la libre iniciativa como motor de progreso, mas dentro, claro es, de un ordenamiento jurídico y social en el que bien general ha de primar absolutamente sobre cualesquiera otras motivaciones o metas. Por lo demás, siempre a la intemperie, los verdaderos liberales cursarán con provecho para su actuación futura la lección desprendida de los acontecimientos que configuran la pesarosa actualidad del arranque de un siglo que, como el precedente, necesitará de su limpieza de intenciones y afán conciliador.