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Los dilemas de un conflicto armado. II: Opiniones encontradas

Víctor Morales Lezcano
viernes 16 de octubre de 2009, 14:46h
La enseñanza de la Historia, según los clásicos, la hace maestra, vademecum obligado.

Todos los imperios temen resbalar y precipitarse por la pendiente del fracaso -cuando no del desastre (de aquí lo de las “desastrosas consecuencias” como apostilla a todos los noventayochos registrables en el transcurso de los siglos)-. De ahí, finalmente, la tensa coyuntura militar en que se encuentran el gobierno y la sociedad estadounidense de resultas de la guerra en Afganistán.

Tal y como hemos venido apuntando en anteriores columnas, mientras que Stanley McChrystal pide al presidente Obama la necesidad de incrementar en 40.000 la cifra de tropas americanas movilizadas (muy cerca, ya, de 70.000), el vicepresidente Joseph Biden, de su lado, se inclina sin titubeos por “aflojar” la campaña en Afganistán y potenciar -por el contrario- la intervención de USA (y aliados) en Paquistán, aparentemente país explosivo que figura en las listas de las potencias con dispositivos nucleares. Por tanto, este último escenario habría de ser privilegiado sin género de duda alguna. Mientras que Hillary Rodham Clinton y Robert Gates, desde las secretarías de Estado y Defensa, apoyan la diversificación de la actuación americana en el Oriente musulmán para contrarrestar el delicuescente influjo de Al Qaeda, fantasma que recorre aquellos parajes y marca los fines (antiterroristas) y los medios (contrainsurgencia), objetivos de los que Occidente se proclama defensor en el Oriente musulmán.

O sea, el panorama de enfoques y propuestas que yacen -y afloran- en el seno del gobierno y la sociedad estadounidenses, podrá ser diagnosticado como “democráticamente normal”, aunque nadie negará que aquél resulta inquietante para Washington y sus Aliados en la medida que el frente talibán sigue plantando cara a las tropas extranjeras y decimando, al goteo, no tanto los efectivos, sino la moral sobre la que reposa su causa.

En este pandemonium de arbitrismo político, militar y opinático, algunas declaraciones de “autoridades” procedentes del mundo islámico también han de ser tenidos en cuenta. Por ejemplo, las que han emitido Turki al-Faisal (antiguo director del servicio de inteligencia saudí y embajador de Arabia en los Estados Unidos) y Zahir Tarin (diplomático que representa a Afganistán en la ONU). Ambos, con argumentos iguales y diferentes, aconsejan al presidente de USA que la consigna ha de ser: “En Afganistán, no sólo podemos sino que debemos, para evitar el Desastre que tanto preocupa a no pocos oráculos”.

Por el contrario, un viejo liberal iraní, Abolhassan Bani-Sadr, es del criterio de que el proceso sanativo de la sociedad afgana exige una terapia religiosa, islámica precisamente, mediante la praxis gradual, pero constante, de una enseñanza religiosa que proponga a niños, campesinos y guerreros ocasionales, una visión del Islam de la paz. O sea, en frase de Bani-Sadr, praxis “que comunique una interpretación del Islam a través de la relativa libertad de medios que hay en Afganistán, y que podrían jugar un papel considerable en hacer más inteligibles las posibilidades de un Islam más humano y democrático. Esto, a su vez, podría abrir el camino al desarrollo de un Afganistán democrático e independiente, que para nadie representaría una amenaza, ni incluso para su propio pueblo.”

Bani-Sadr, invita, pues, a una acción, a una actuación cooperativa desde dentro de Afganistán, pero apoyada decididamente desde fuera, para escapar a la espiral de la guerra colonial, hoy dicha de “misión de paz preventiva” por los biempensantes de siempre.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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