Las buenas maneras
martes 26 de febrero de 2008, 18:57h
Se dice, y es cierto, que las formas son muy importantes en política. Quizá nuestras democracias liberales no sean más que un formulario, el cual permite organizar los modos de la convivencia sin necesidad de recurrir ni a la coacción ni a su extremo máximo, la violencia. No es que los contenidos ni los fines no sean importantes, lo son, pero no por cualquier medio. Las democracias no pueden ser maquiavélicas: los fines no justifican los medios, ni siquiera el triunfo electoral. Es muy peligroso devaluar la política instalándose permanentemente en la mentira.
Decíamos días atrás al iniciar esta serie de artículos que no pretende otra cosa que poner un poco de sentido común en el debate público al hilo de unas cuantas obviedades, decíamos, que nuestros regímenes políticos se caracterizan por la aceptación de que en la sociedad existen intereses contrapuestos, perspectivas distintas desde las que se ve la realidad, interpretaciones diferentes de los hechos, de los problemas y de las necesidades, y es legítimo que los ciudadanos se agrupen para defender sus ideas, se adhieran a los partidos que las representan y elijan a los representantes políticos que defiendan las mismas. Estas distintas visiones de la realidad se confrontan en las instituciones previstas en el ordenamiento jurídico y, según unas pautas establecidas, se transforman en normas que afectan por igual a todos los ciudadanos y a todos los poderes públicos. Así, simplificando mucho, funcionan nuestros estados de derecho.
El diálogo entre las distintas visiones de la realidad, sin perjuicio de que al final del proceso actúen contundentemente las mayorías parlamentarias -que para eso los ciudadanos han votado en un sentido determinado- debe estar basado en argumentos racionales, y así suele ser, pero la imagen que transmiten los políticos (una gran mayoría), y no sólo en España, es la de un guirigay de voces que se insultan, hacen chacota del contrario -cuando no lo ridiculizan- y buscan permanentemente la bronca.
La democracia liberal parte del principio de que la razón no siempre está en la misma parte, porque sabe de la limitación del hombre para conocer la verdad. El respeto a las minorías es esencial y se entiende que pueden tener su parte de razón y el derecho a defenderla para convencer a la mayoría, que, por otro lado, no tiene obligación de dejarse convencer, pero sí de escuchar los argumentos del contrario.
La imagen que transmiten los políticos, con el agravante de que además no se ajusta a la verdad del día a día parlamentario, es la de un diálogo de sordos, en el que nadie está dispuesto a escuchar al contrario y mucho menos a aceptar que tenga algo de razón. Ni siquiera parecen querer escucharse las razones y más bien da la impresión de que las ideas preconcebidas son inamovibles. Los partidos políticos parecen herederos del infalible Pío nono, y sólo de boquilla admiten errores propios, que nunca se concretan, cuando tan prestos son en ver la paja en el ojo ajeno.
Insisto en que no es un problema español. Basta echar un vistazo a la prensa internacional para ver las lindezas que se dedican los contrincantes políticos, incluso cuando son del mismo partido pero compiten, como ahora en las primarias estadounidenses. Hay que ver qué cosas se han echado en cara Clinton y Obama antes de que sus asesores les hayan dicho que el tono cordial y respetuoso podía darles más votos. En el bando republicano, como las cosas parecían estar mucho más claras, ya casi definidas, se ha sacado una vez más el argumento de la bragueta incontinente, que, al parecer, según tengo oído, no es un problema que afecte sólo al mundo político, pero que en éste, especialmente en algunos países, se usa con mucho desparpajo. Sobre Sarkozy sabemos mucho, pero de Carla Bruni lo hemos visto todo.
Interesa en estos artículos meditar sobre los modos de la democracia. El otro día hablábamos de "modo" en el sentido de lo que permanece idéntico a pesar del cambio, aquello que no pierde su sustancia aunque evolucione. Ahora quisiera resaltar otros dos significados de la palabra "modo": 1) moderación o templanza en las acciones o palabras; y 2) urbanidad y cortesía en el porte o trato. Los modos de la democracia no deben alejarse de las buenas maneras.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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