De olimpiadas, premios y otros espejismos
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 19 de octubre de 2009, 20:33h
Si bien se mira, tanto el Comité Olímpico Internacional como el Comité Nobel, al menos en sus vertientes de Literatura y Paz, tienen programas políticos similares. Lo cual no es en sí estrictamente perverso ni necesariamente nuevo. Por ello no conviene escandalizarse de las decisiones que unos y otros toman, en un mundo cada vez más poseído y jibarizado por el culto a la corrección politica. Si urge, por el contrario, conocer los mecanismos y las razones de sus decisiones, para preverlas, en lo posible analizarlas y siempre situarlas en su exacta perspectiva. Es posible que en ese proceso reflexivo nos evitemos algunos sofocos y no pocas peluconas –dólares, euros o yenes, e incluso reales, que así se denomina la divisa imperante en Brasil-.
El COI quiere jugar a la rotación continental, cual Rey Mago que reparte las prebendas de su bien nutrida bolsa con un espíritu de caridad igualitaria. Esa es la influyente carta vencedora que ha jugado Lula de Silva frente a Madrid, Chicago y Tokio. Y que mas que probablemente consiga situar en una capital sudafricana los Juegos de 2020. Los desheredados de la tierra reclaman, y bien que hacen, su parte en la tarta que hasta ahora se repartían en exclusiva los ricos y/o los poderosos. Moscú y Beijing incluidos.
He podido observar de cerca el llanto y crujir de dientes con que Chicago recibía el sonoro varapalo de su derrota y de lejos, y con gran lástima, la frustración con que Madrid, mi querida ciudad natal, encajaba por segunda vez la negativa a su candidatura y no seré yo el que cante las virtudes del fracaso. Los habitantes de Chicago lo están haciendo y, pasado el berrinche, piensan que las cuentas salen mejor sin Juegos que con ellos. Quizá porque, a diferencia de todas los demás, las ciudades americanas no cuentan con fondos ni con garantías federales y ya llevaban meses calculando los que en impuestos les podía costar el posible desfase en las finanzas de la fiesta deportiva.
Y es que, según cuentan los entendidos, solo sería Barcelona la ciudad que haya sabido aprovechar en beneficio permanente para sus ciudadanos la celebración de unas Olimpiadas. Montreal, que las tuvo en 1976, acaba de pagar las ultimas cuentas de la broma; Beijing contempla como estadios, villas olímpicas, piscinas y metros se convierten en polvorientos recuerdos del exceso; Londres y Vancouver tienen dificultades para hacer frente a los dispendios que les esperan en 2012 y 2010; lo de Atenas fue un fiasco para las exangües finanzas helenas. ¿Acaso no seria mejor contemplar las transmisiones de los Juegos y dejar que otros se la jueguen en el bizantino entramado del arcano COI, cual si se tratara del nuevo dispensador de la paz en el ancho mundo?
Qué duda cabe que el comité del parlamento noruego encargado por Alfredo Nobel de entregar los anuales premios de la paz tiene también una agenda politica. No demasiado distante de la del COI, hechas ambas de buenas intenciones, grandes sentimientos e indudables aciertos. Esto de los aciertos, claro es, va por barrios. Son básicamente todos los que están –aunque en mi modesto entender la lista quedaría mas aseada sin la presencia de Pérez Esquivel y de Rigoberta Menchú- pero no están todos los que uno entiende que son: ¿qué se hizo de Ghandi, de Franklin D. Roosevelt, de Winston Churchill, de Vaclav Havel, de Juan Pablo II, del Rey de España, de Adolfo Suarez? En ese panorama de presencias y ausencias lo de Obama he causado revuelo entre propios y extraños. Tanto como para forzar a los otorgadores del premio a justificar su selección y a la Casa Blanca a enfrentarse con un respuesta ciudadana que, desde el estupor hasta la indignación, puede convertir el prestigioso galardón en un regalo envenenado para el recipiendario. Y es que en esto de los premios, como en lo de las Olimpiadas, conviene no pasarse a la hora de hacer política. El apresuramiento con que se premia a Obama es, como lo fueron los Nobeles de la paz a Carter y a Gore, mas resultado de la inquina anti Bush que reconocimiento de los méritos del premiado. Y el Nobel es lo suficientemente grande como para evitar el error de solicitar prestigio de la fama del escogido.
Por eso en hablando de Olimpiadas y de Nobeles bien haríamos en mantener una prudente y escéptica distancia. No sea que convirtamos la realidad en el espejo de las vanidades contra las que nos prevenía San Juan Crisóstomo.
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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