Curas, muertos e Hª (y 2)
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 09 de noviembre de 2009, 16:05h
“”Don Alberto” –mi abuelo- fue un maestro rural que intentó conjugar su militancia republicana y de izquierdas con su fe católica. Antepuso su “cruzada” educativa, como tantos otros colegas, a las cuestiones personales y familiares. Es probable que sintiera en sus propias carnes las propias contradicciones entre sus creencias políticas y religiosas. Pero no las pudo trasmitir a sus descendientes porque fue fusilado en las tapias del cementerio de Almagro al despuntar el alba del día 25 de octubre de 1939, sin que ninguno de los siete almagreños que él contribuyó a salvar de una muerte segura, tres años antes, cuando aún era concejal republicano, moviera un dedo por él. Las balas franquistas le arrebataron la vida pero no su memoria”. Frente a “Gecé” (Ernesto Giménez Caballero), autor del texto con que se cerraba el artículo precedente, el del presente es todavía un joven profesor titular de la Universidad Castilla-La Mancha, Angel Luis López Villaverde, muy destacado ya por el envidiable elenco bibliográfico debido a su incesable pluma, especializada en materias de historiografía eclesiástica contemporánea.
Conforme se observa fácilmente, todo un mundo –espacial, cronológica, psicológica, social, ideológica y, sobre todo, anímicamente- distancia la posición del investigador ciudarrealeño de la del torrencial escriba madrileño. La misma lejanía que separó en vida a los hombres cantados por sus respectivas plumas, también muy diferentes. Y, sin embargo, su memoria requiere un idéntico clima de “paz, piedad” y comprensión, según exigiera, aún en pleno desarrollo del drama, su testigo más lúcido y espectral. Pues, ciertamente, víctimas –maestros, curas, campesinos…-, y verdugos - falangistas, milicianos, brigadistas, generales…- demandan de la Historia una visión abarcadora de todos los factores que concurrieron en su destino, a fin de encontrar justicia por la posteridad. Condenatoria o absolutoria, ésta sólo puede emitirse por profesionales de Clío, y será tanto más aquilatada cuanto menores sean la cerrazón y el revanchismo que imperen en la atmósfera civil. Terminada ya la centuria de los horrores, la coyuntura se muestra ocasionada a emprender, con garantía de éxito, la dificultosa empresa.
De ahí, que sea bienvenida la sensibilidad mostrada por parte de la Iglesia jerárquica en practicar la autocensura por su comportamiento en aquellos días malditos. Muchos curas y algunos prelados, acordes con el indeclinable mensaje evangélico, dejaron oír su voz censoria contra los asesinatos y venganzas de los franquistas durante la contienda y en los primeros tiempos de la posguerra. Pero, en conjunto, fueron indiscutiblemente escasas, ahogándose, además, muy a menudo en un océano de silencio, indiferencia e, incluso, amenaza y condena. Cualquier motivo será, indudablemente, bueno para tal gimnasia institucional, aunque la elección del tema no se revele siempre afortunada, como en el episodio que ha inspirado estos renglones. Una considerable porción de la sociedad actual solicita y gusta de la penitencia eclesial por el silencio de curas y obispos durante un conflicto en el que el número de éstos sacrificados por su fe fue aterrador.
Cuando todas las víctimas del bando vencido hallen la reparación reclamada por sus deudos, no podrá dilatarse más la entrega de la memoria de unos y otros a los historiadores, tan loablemente remisos hasta el presente en engolfarse en la tarea. Será entonces el auténtico momento de la justicia, y, por ende y más tarde, de la paz.