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El placer está en tus manos

Regina Martínez Idarreta
domingo 22 de noviembre de 2009, 15:26h
No voy a hablar de mi película porno favorita. Ni siquiera voy a dedicar este artículo a ensalzar las bondades del onanismo. “El placer está en tus manos” es el nombre de la campaña de educación “afectivo-sexual” puesta en marcha por el Gobierno extremeño durante los dos últimos meses. La verdad es que lo de “afectivo sexual” no me queda muy claro qué es, pero, al parecer, consiste, básicamente, en introducir a los adolescentes de entre 14 y 17 años en el proceloso mundo del autoerotismo. Vamos, de la masturbación.

Conste que en la nota de prensa de la web del Consejo de la Juventud Extremeño no hay ni una sola mención explícita del término masturbación. Y eso resulta cuanto menos irónico, porque quienes claman por la necesidad de romper clichés, de cortar con los sentimientos de “culpabilidad”, por “el derecho de los adolescentes a recibir información sobre el tema”, son los primeros a los que delata una especie de pudor absurdo y son incapaces de decir a las claras en qué consiste exactamente la campaña. Ni una sola vez aparece el término masturbación. Sólo circunloquios, eufemismos o frases de doble sentido que sí, pueden entender los más bregados en el asunto, pero que quedan muy lejos de esa supuesta claridad de la que alardea la campaña.

Pero supongo que no merece la pena perderse en los aspectos más puramente lingüísticos o eufemísticos de la educación “afectivo-sexual”. Más interesante resulta pensar en si realmente un chaval de quince años necesita que le expliquen hasta el último detalle de cómo debe hacerse una paja, meneársela o cualquiera de los sinónimos que ustedes prefieran. O si una chica de 16 años precisa que le expliquen en un taller las bondades de las bolas chinas, los vibradores o la mejor manera de estimular el punto G. Mejor dicho, ¿es el Estado quién debe ocuparse de aleccionar a los jóvenes sobre estas cuestiones? ¿Hasta dónde llegan los límites de una educación sexual -realmente clara y obviamente necesaria- y comienza la esfera de la propia exploración personal en mundos que quedan en la esfera de lo privado?

Una buena educación sexual es necesaria. El sexo está ahí. Detrás de cada esquina, de cada chiste, de cada anuncio, de cada mirada. Pero éso sólo es la punta del iceberg. Cada escena de cama de una película refleja sólo el 2% de un auténtico encuentro sexual y eso hay que explicarlo. Hay que contar a los jóvenes las verdaderas implicaciones y consecuencias del sexo. De manera objetiva y sin moralinas absurdas. Hay que desterrar peligrosos mitos, facilitar el acceso a los instrumentos necesarios para evitar las enfermedades de transmisión sexual, los embarazos indeseados, los traumas innecesarios… Nos guste o no, cada cuál es dueño de su cuerpo y va a hacer lo que quiera con él. No se pueden poner puertas al campo, pero sí segarlo y cuidarlo de forma que se desarrolle de la mejor manera posible.

Que a mí me parezca que dos chavales de 15 años manteniendo relaciones sexuales completas sea como dejar a un ciego conducir un ferrari no tiene importancia. Es una opinión puramente personal que no tiene nada que ver con cuestiones religiosas o morales. Por más que lo banalicemos, el sexo es algo que va mucho más allá de una mera actividad física. Para que sea realmente satisfactorio y completo -en el sentido más amplio de la palabra- requiere de una madurez, autoconocimiento, seguridad en uno mismo y mil otras cuestiones mentales y personales que difícilmente se tienen con quince años.

Pero como digo, esto sólo es una opinión personal, que no tiene nada que ver con el hecho de que también creo que, si los adolescentes van a practicar sexo, es mejor que antes alguien les haya explicado cuáles son los riesgos, cómo pueden evitarlos y les facilite los condones que prevengan futuros problemas. De nada sirve la táctica del avestruz y pensar ingenuamente que por el hecho de no mencionarlo, el ‘problema’ deja de existir. En esto debe consistir una educación sexual cabal y eso sí es labor de todos. Empezando por los padres y terminando por el Estado.

Otra cosa muy diferente es adentrarse o meter las narices en el proceloso mundo del cómo. Qué quieren que les diga, pero no puedo evitar que me venga la imagen de un libidinoso viejo observando a un montón de niñas jugando, cuando pienso en las autoridades públicas dando clases sobre las mejores maneras de tocarse o de llegar al orgasmo. ¿Realmente es necesario? ¿El Gran Hermano tiene que llegar tan lejos? Es que nos hemos distanciado tanto de nuestra naturaleza animal que ya no somos capaces de seguir nuestros propios instintos o intuiciones a la hora de llevar a la práctica algo tan personal como la masturbación y necesitamos que la Junta de Extremadura nos guíe amablemente.

En el fondo todo esto no es, una vez más, nada más que pura estupidez. Tontería institucionalizada, lubricada con dinero público, autocomplaciente y onanista. Un paso más, imperceptible, pero seguro, hacia un mundo absurdo en el que pronto ya no seremos capaces ni de ir al baño sin la tutela del gobierno de turno.

Regina Martínez Idarreta

Periodista

Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset

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