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La mentira como insulto político

Carlos Loring Rubio
martes 01 de diciembre de 2009, 19:36h
En tiempos en los que el honor era la única posesión de un hombre en la vida, la sola mención del calificativo mentiroso hacía que el individuo se armara de lo que tuviera más a mano para defender hasta la muerte, si fuera necesario, su buen nombre. Los portes nobles han dado paso a la extensión de los usos de la villanía y la vileza. En nuestros tiempos lo único que subsiste es el instinto de conservación. El hombre ya no es garante de su propia conducta, simplemente se aviene a acatar lo que por fuerza el Estado le dicta. Con cuánta facilidad las personas desprecian los argumentos de contrario denominándolos mentira y con cuánta frecuencia el insulto se disipa como si nunca hubiera sido dicho.

Por supuesto que no ignoro la normal existencia de la mentira y menos aún en lo que a la política afecta. Ciertamente, la política y la mentira van tan estrechamente unidas, que una no es sin la otra. Pero yo no quiero hacer referencia a la habitualidad en la que se convive con este vicio, que en la vida pública se convierte en lacra, si no a la utilización del descalificativo como arma política. Hace no mucho tiempo los políticos solían utilizar la expresión faltar a la verdad como eufemismo de mentira. Hoy, sin embargo, los integrantes de los partidos políticos no muestran el menor reparo en tildar de mentira los argumentos de la contraparte. Pero lo verdaderamente preocupante es la manera con la que los políticos utilizan la descalificación, que en vez de considerar un discurso concreto o una explicación determinada, cuestionan la veracidad de todo lo expresado por el contrario. Esta estrategia es sumamente peligrosa, por cuanto los ciudadanos no tienen opción de elegir a sus candidatos sino es aceptando la mentira en el partido contrario. De esta manera, cualquier alegato del partido político opositor no necesitará de argumentación para ser refutado, simplemente, mediante el énfasis en la falsedad de cualquiera de sus testimonios, bastará para convencer. Como quiera que es del todo improbable que todo alegato de persona, partido o institución pueda ser falso, la maniobra supone en sí una mentira.

Esta indecorosa actitud por parte de aquellos que, por su cometido, deben dar ejemplo en sus formas, supone el desprecio, no ya hacia aquellos sobre los que recae el calificativo, si no hacia todos. Es más fácil rebatir mediante el insulto si se considera que los potenciales votantes no requieren de más explicaciones. El respeto a los demás es uno de lo principios esenciales para convivencia en nuestra sociedad. Es por tanto necesario que el proceder de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos se adecue a las buenas maneras que son de obligación en todas las ocasiones.

Carlos Loring Rubio

Abogado

CARLOS LORING es licenciado en Derecho, diplomado en Gestión Empresarial, y MBA en e-Business por la Universidad Pontificia de Comillas (ICADE)

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