La suerte de la fea…
domingo 06 de diciembre de 2009, 16:28h
Cuando recientemente se anunció que la política británica Catherine Ashton sería la nueva super-ministra de Exteriores de la Unión Europea, todo el mundo se echó las manos a la cabeza. La primera razón era su falta de experiencia en política exterior, vital para un puesto tan importante como el suyo, en el que se va a ver obligada a lidiar con algunos de los problemas más delicados del mundo actual, representando a la siempre influyente Europa.
La segunda razón del escándalo era, como pude leer en algunos titulares, que se trataba una “ministra fea“, sin gracia, que “se salía de los cánones de belleza actuales”, y que, a diferencia de otros colegas masculinos como Zapatero o el mismo Blair, adolecía de ese atractivo que emana bien la “fuerza interior“, bien la corrección y proporción de ciertos rasgos físicos, indispensable en política. Tan insoportable parecía resultar la vista de lady Ashton para algunos periodistas, que incluso la comparaban con Angela Merkel, asegurando que ésta al menos tenía una bonita sonrisa que dulcificaba la dureza de su expresión germánica.
Digamos que la baronesa Ashton of Upholland -éste es el título que recibió al entrar en la cámara de los Lores- no es especialmente agraciada. Pero tampoco lo es Herman Van Rompuy, el primer ministro belga, que fue nombrado a la vez que ella presidente de la UE. Sin embargo, no he oído ni leído a nade criticando la cara de ratoncito sin “fuerza interior” ni gancho exterior del político belga, ni siquiera comparando su calva con la melena lustrosa de Sarkozy o sus ojillos con los pozos azules de nuestro presi.
Porque claro, a los hombres sólo se les mira con lupa y manual de proporciones estéticas en los concursos de belleza que no interesan a nadie -y menos a las mujeres-. El resto del tiempo, basta con que no tengan un rasgo que sobresalga especialmente -una verruga enorme en mitad de la cara, unas redondas caderas feminoides o una obesidad mórbida, por poner algunos ejemplos- para que se cuelen cómodamente en el amplio sector de los pasables, sin que nadie discuta acerca de sus medidas, el atractivo de su cara o la conveniencia de cambiar su peinado.
Las mujeres, sin embargo, debemos ser guapas o, al menos, medianamente atractivas. El primer comentario que se hace acerca de una es si es guapa o fea. Y si una mujer que sale a la palestra tiene la boca torcida, o el culo gordo o un peinado poco favorecedor, la sola vista de la falta de armonía visual que tan fácilmente te perdona en los hombres, se convierte en una falta que ensombrece cualquier otro logro.
Una mujer que no trata de resultar atractiva, que pasea una cara fea sin importarle, que no se avergüenza de no tener un cuerpo diez, provoca cierta desazón en quien la mira. Como si oliera cierto tufillo de culpabilidad respecto a un crimen indefinible. Lo cual, si lo pensamos, es un gran problema en un mundo en el que el 75% de las personas, hombres y mujeres, somos más bien feos. ¿Qué quiere decir esto? Que mientras asumimos con naturalidad la fealdad de los hombres, el 75% de las mujeres, por gordas, o por viejas o por no acercarse al estricto modelo estético imperante, vivimos en un continua carrera hacia ninguna parte, buscando un ideal imposible, en un eterno estado de ansiedad y satisfacción.
Hablando de inglesas feas y aristocráticas, me viene a la cabeza la actual esposa del príncipe Carlos de Inglaterra, Camilla Parker-Bowles. Lo que realmente la convirtió en la mujer más odiada de su país, no fue que le quitara el marido a la “princesa del pueblo”. Fue que con su cara caballuna, su pelo fosco y su culo caído se atreviera, no sólo a desafiar a los rasgos perfectos y suaves de Lady Di, si no que los barriera sin piedad.
La victoria de la fea sobre la guapa, de la bruja sobre la princesa, es algo que, irónicamente, resultaba imperdonable en un mundo de feos. Lady Di, con sus ojos dulces, su boquita de piñón y su cuerpo perfecto representaba todas esas virtudes interiores y exteriores que una fea sin gracia ni estilo jamás podría tener. Y, sin embargo, perdió. A pesar de su fealdad, Camilla es ahora la esposa del futuro rey de Inglaterra, de la misma forma que, a pesar de su cara poco agraciada, lady Ashton es la representante exterior de la UE. Moraleja: afortunadamente, por más que “lo valgamos”, la suerte de la fea, la guapa la desea.
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Periodista
Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset
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