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Los toros y los curas

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 21 de diciembre de 2009, 22:06h
Fue en pleno siglo XIX cuando se acuñó la frase según la cual el patriotismo es el amor a lo propio, mientras que el nacionalismo es el odio al otro. Si en un primer momento el nacionalismo fue uno de los principales instrumentos en la lucha contra el absolutismo monárquico, enseguida se mostró como el principal reducto de la intolerancia y la intransigencia, como un Moloch sangriento capaz de sacrificar las vidas humanas por millones en el altar de ese nuevo ídolo que era la nación. La “religión” nacionalista tiene su propia moral que hace del odio al otro, al diferente, una virtud: la virtud que practicaron las naciones europeas que se entremataron hasta la extenuación en las dos guerras mundiales o la que practican los etarras desde hace más de cuarenta años. A veces, la eliminación física se sustituye por la muerte civil del diferente: se le expulsa de la sociedad y se le fuerza al exilio interior o exterior. Ese el método que utilizan los mal llamados “nacionalismos moderados”, que se someten a los procedimientos democráticos, porque no tienen más remedio, pero ni creen ni sirven a los auténticos principios de la democracia. Ese es el método predilecto de los nacionalismos periféricos que padece España. Se odia y se trata de eliminar a cuanto huela a España que, en su tergiversado imaginario es el “imperio” que ha sojuzgado secularmente a sus supuestas naciones. Convertir una lengua ¡en un territorio plenamente bilingüe! en base de una realidad nacional diferenciada es una estupidez que no aguanta el menor análisis.

En España tenemos muchas ocasiones de constatar cómo esas viejas y enfermizas pulsiones nacionalistas (afirmación patológica de un yo colectivo inventado, de laboratorio, y odio sin reservas al no menos inventado enemigo secular), siguen vivas hasta la obcecación. Por mucho que quieran argumentar algunos que el iniciado proceso de prohibición de los toros en Cataluña tiene como raíz una sana preocupación por los animales, habría que estar muy ciegos para no comprobar que se trata de eliminar una fiesta –llamada significativamente Fiesta Nacional (española)- que es universalmente considerada como una seña de identidad de lo español. ¿A que español no le ha preguntado alguien en el extranjero si sabe torear? La rabia con que el nacionalismo catalán trata de erradicar, suicidamente, lo que puede sonar a español es tan obsesiva que hasta las luminosas felicitaciones de Navidad que adornan la calles de Barcelona se han puesto en seis o siete idiomas, incluido el ruso y el árabe, pero no en español. ¿Para qué molestarse en utilizar una lengua que allí no habla ni ha hablado nunca nadie? No hay señal más patente de tribalismo y enanez mental que declarar la guerra a una lengua que, por más que les disguste, ha sido desde hace muchos siglos la lingua franca de toda la península, como ha demostrado el catedrático de Lingüística Ángel López García.

A las mismas pulsiones tribales obedece el movimiento de protesta y rechazo contra el nuevo obispo de San Sebastián, monseñor Munilla, montado por los curas guipuzcoanos. Desde hace mucho tiempo en el País Vasco se ha montado una supuesta “iglesia vasca”, envenenada de nacionalismo y con evidentes connivencias con ETA de la que con razón se ha podido decir que nació en las sacristías. Situación escandalosa contra la que, hasta ahora, no han hecho o no han podido hacer nada ni el Vaticano ni la Conferencia Episcopal Española. Todos parecen haber olvidado lo que decía del pecado de escándalo el catecismo que estudiamos de niños o el actual Catecismo de la Iglesia Católica. Estos curas vascos que desconocen aspectos básicos de la doctrina cristiana y que se enfrentan a un obispo porque no acepta el peculiar “nacionalcatolicismo” vasco son los nuevos idólatras que han sustituido a Dios por la (supuesta) Nación, nuevo becerro de oro al que no les importa ofrecer sacrificios humanos. Ya hace años tuve ocasión de escribir contra esa idolatría, que entonces personificaba Setién, y ahora vemos que, desgraciadamente, una buena parte del clero vasco no es más que una de las “fuerzas especiales” del nacionalismo. Difícil lo tiene el obispo Munilla, pues estos directos herederos de los curas trabucaires del siglo XIX son capaces de todo, incluido el cisma, en el sacrosanto nombre de la Nación. Buena cosa les importa a ellos lo que diga Roma y, todavía menos, lo que pueda decir desde Madrid la Conferencia Episcopal. Ahí está el caso que hacen a la doctrina de la Iglesia sobre el aborto sus feligreses, los supuestos católicos del PNV. Pero no vale la pena ni discutir con ellos de tales cuestiones, pues ya saben lo que nos dirían: “Es que no nos entendéis”. Deben ser cosas de ese viento que, según Zapatero, enseñorea la Tierra. ¡Cuánto cretino!

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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