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Problemas de identidad

Rafael Núñez Florencio
lunes 28 de diciembre de 2009, 17:43h
El presidente francés, Nicolas Sarkozy, además de sus virtudes y defectos como gobernante, tiene una fascinante habilidad para la agitación ideológica, a veces -servidumbre política- de muy corto alcance, pero en ocasiones también con una innegable perspectiva de futuro o de ubicación en el momento histórico. Hace unos días me llamaban de una emisora nacional para que comentara la última iniciativa que ha puesto en marcha en el país vecino el citado estadista, un debate sobre la identidad nacional francesa que toma como punto de partida una cuestión directa que a muchos les sonará casi como un disparo a bocajarro: “¿qué es para usted ser francés hoy?” Lo primero que a mí me preguntaban, con el consabido sentido periodístico del paralelismo y la oportunidad, era si tal planteamiento era plausible o conveniente dentro de nuestras fronteras. Confieso que las entrevistas de esas características, con el apresuramiento y esquematismo que exigen los medios, me dejan casi siempre un poso de insatisfacción por la falta de tiempo para reflexionar y exponer los distintos matices de temas que se resisten al enfoque simplista o maniqueo. No puedo ocultar que estas líneas que ahora escribo constituyen en cierto modo la manera de quitarme la espina clavada por lo que entonces no pude o no acerté a decir.

Lo primero que en mi opinión debe desterrarse en este asunto es la tentación a despacharlo como un simple tejemaneje político de tintes coyunturales u oportunistas. Es verdad que algo de esto hay, potenciado recientemente por el triunfo del “no” en el referéndum suizo sobre la erección de minaretes; no es menos cierto, por otro lado, como se subraya desde la izquierda (J. Ramoneda, “Las falacias de Sarkozy”, El país, 13-12-2009) que el motivo principal para reimpulsar un gran debate sobre la identidad nacional francesa tiene forma de número: los seis millones de musulmanes que viven en Francia. Siendo esto innegable, quedarse simplemente en ello sería dar muestras de una miopía similar a la que se pretende denunciar. Recordemos, por ejemplo, que ya en la última campaña presidencial francesa de 2007 la cuestión de la identidad nacional ocupó un lugar central, no sólo porque Sarkozy hiciera bandera de ella, sino porque la izquierda -Ségolène Royal, François Bayrou- entró al trapo con más o menos empeño, hasta el punto de que a la contendiente socialista se le llegó a acusar de estar más cerca de La marsellesa que de La internacional. De resultas de todo ello vino la creación del ministerio de Inmigración e Identidad Nacional (¿se imaginan aquí algo así?), cuyo actual titular, Éric Besson, es hoy en día uno de los máximos responsables del relanzamiento de la campaña identitaria. Pero un historiador -por más que ahora se hable tanto de la “historia del tiempo presente”- tiene que ir más allá, a las raíces, y recordar que ya el maestro Braudel, por citar una referencia incuestionable, dedicó un amplio estudio a La identidad de Francia (hay traducción española, Gedisa, 1993) y, si todavía queremos ir un poco más atrás, sin apartarnos de la senda reconocible por todos, deberíamos tomar como punto de partida del debate contemporáneo la celebérrima conferencia de Ernest Renan ¿Qué es una nación? (1882).

Quiero decir con ello tres cosas -fundamentales, en mi opinión, para centrar cualquier litigio sobre el particular-: la primera que, lejos de ser una disputa circunstancial, se trata de un asunto con hondas raíces culturales y políticas; segundo que, en contra de las predicciones de unos y otros, no estamos ante una materia que se haya ido debilitando con el paso del tiempo sino todo lo contrario, adquiriendo unos perfiles más acerados y preocupantes, por razones de muy diversa índole; y, tercero, que es un tema que afecta con mayor o menor virulencia a todas las sociedades constituidas que quieren examinar pública y libremente sus principios de convivencia. El problema, centrándonos ya en el caso español, es el modo en que aquí se ha planteado el debate o, por decirlo aún más claramente, la forma en que se ha vivido -agónica, en el sentido más unamuniano del término-, que ha desembocado en una pugna feroz por la que se ha matado: confrontación fraticida, guerra civil. Dicho de otro modo, en estos pagos no es posible -históricamente hablando- plantear la cuestión sin aludir a las dos Españas en el sentido goyesco, por emplear la imagen más difundida, la de los garrotazos como recurso para dirimir las diferencias.

Por eso, cuando con aparente ingenuidad me preguntaban “¿cree usted que aquí debe abrirse un debate de las mismas características que en Francia?”, mi exclamación fue “¡Pero si no hemos hecho otra cosa en todo el siglo XX!” ¿Abrir qué? Al contrario, lo que distingue ideológicamente los últimos decenios, desde la muerte de Franco, es la aparente liberación de ese estado de angustia que nos ha acompañado como una sombra desde el 98, con el abandono del paradigma del “excepcionalismo” hispano y el ingreso en la “normalidad” europea. Si hay algo que repugna hoy a la historia oficial es volver al tema de España y al ser español, y no digamos ya nada si es planteado en términos metafísicos (Menéndez y Pelayo, el noventaiochismo) o esencialistas (el “¡Dios mío, qué es España!”, de Ortega). Ahora bien, descartado ese nivel de análisis, convendría no rehuir algunos de los ribetes preocupantes que nos depara el mundo actual, cual es -por seguir con la referencia francesa- la convivencia en el mismo suelo y bajo el mismo Estado de pueblos muy diferentes en cultura y religión, en costumbres y mentalidades. La perspectiva multiculturalista, en fondo una forma de pasotismo -dejar hacer, dejar pasar-, se ha revelado incapaz de hacer frente a los conflictos reales. En algún momento, pues, tendremos que hacer frente a los desafíos y eso requiere valentía y determinación.

Ahora bien, ¿cuál es el lastre en el caso español? Que difícilmente podemos afrontar el reto de integrar a quienes llegan de fuera cuando los de dentro “de toda la vida” no sabemos muy bien qué queremos ser y qué queremos hacer de nuestra convivencia. No se trata sólo de nacionalismo en general, nacionalismos alternativos o de cuestiones nacionales, sino de cosas mucho más profundas. ¿En qué valores nos reconocemos nosotros mismos y en qué valores queremos educar a nuestros hijos? Hoy, más que en tiempos de Azaña, España ha dejado de ser católica (oficialmente), pero no parece que haya un sólido laicismo español presto a recoger el testigo, sino una indiferencia generalizada por todo y hacia todo. ¿En qué lengua pretendemos integrarnos, reconocernos y comunicarnos? Hoy el español, triunfante en el mundo, es arrinconado o preterido en determinadas zonas de España con una saña digna de mejor causa. ¿Cuál es nuestra estructura y sentido como nación? ¿Somos una nación de naciones, una nación cuasi federal o una nación que se disgrega? ¿De qué nación hablamos, de esa España hasta cuyo nombre se evita, ninguneada como tal por importantes sectores sociales, políticos y culturales, que sólo reconocen, y a duras penas, al Estado? Y no cito ya, para no meterme en terreno minado, los símbolos que en otras latitudes permiten visualizar la identidad común y la comunidad de valores, desde la bandera al himno, desde los monumentos a la fiesta nacional. Sin un idioma asumido y defendido con todas sus consecuencias, sin un proyecto político consensuado en sus grandes líneas, sin un acuerdo en los valores educativos básicos, sin una visión común de nuestra historia, sin símbolos compartidos... ¿qué somos, qué nos define hoy a los españoles? Tal como están las cosas, sólo se me ocurre la sangría y la tortilla de patatas, y aun de esto no estoy muy seguro, ni que dure mucho tiempo.
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