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Las dos navidades

David Felipe Arranz
miércoles 30 de diciembre de 2009, 21:40h
Por estas fechas, muchas son las voces que se alzan contra el paganismo y el jolgorio navideño, que acalla los voluntariosos y cada vez más minoritarios oficios religiosos dedicados al natalicio de Jesús de Nazaret. Pero más allá de la indignación y las protestas, lo cierto es que en el mismo origen de la Navidad –es decir, en la Nueva York de la década de 1820–, tal y como la conocemos ahora en Occidente en ese movimiento de globalización tan cacareado ahora y, sin embargo, tan viejo, la convivencia de las dos navidades también era una realidad.
Historiadores y sociólogos han convenido en hacer responsable del fenómeno navideño en su dimensión social al acaudalado comerciante John Pintard, un referente de la burguesía neoyorquina que vivía en Wall Street y que cada 31 de diciembre programaba una visita a sus semejantes y parientes para perpetuar una cierta cohesión social de clase; es decir, una “old fashioned formality”, en sus propias palabras. Fue Pintard, un episcopaliano descendiente de británicos y ultraconservador, y no los inmigrantes holandeses en el siglo XVII como comúnmente se cree, quien trajo de Holanda a comienzos del siglo XIX la figura del obispo San Nicolás, haciéndolo patrono de la ciudad y de los acaudalados comerciantes de Nueva York, quienes instituyeron con la ayuda literaria de Washington Irving unas festividades que les protegieran de los desmanes provocados por las algaradas de los desfavorecidos y los paupérrimos inmigrantes irlandeses y holandeses que no conseguían trabajo.

Jaraneros y juerguistas ebrios, obreros desprotegidos, traficantes, negros fugitivos que huyeron de sus dueños, criados y huérfanos, prostitutas, niños famélicos, deshollinadores y pícaros recorrían Nueva York de norte a sur tocando el tambor y haciendo sonar los pífanos en una comitiva de protesta que se denominó “callithumpian band” y que ponía en grave peligro la estabilidad y la paz navideña de las familias de la alta burguesía. El río Hudson –o el Támesis en Londres– se helaba y con él las empresas fluviales establecidas en sus orillas, con el consiguiente incremento temporal del desempleo mientras sus propietarios se “inventaban” en diferentes publicaciones y con la ayuda del ilustrador Thomas Nast a un duende anciano escapado de las narraciones de Irving –como en “Rip Van Vinkle”, claro precedente del filme ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra– que establecía premios y castigos –a aquellos que se habían portado mal les traía una vara de abedul–. San Nicolás calmaba con su imaginaria presencia los miedos de los hijos de los burgueses y de ellos mismos durante aquellas noches levantiscas. El semanario The Hudson N.Y. Weekly Gazette venía denunciando esta situación de algazaras públicas navideñas fruto de la pobreza y la desestructuración social desde 1787, pues las pandillas de alborotadores se paraban precisamente en la puerta de las casas de los burgueses a armar grita y barahúnda hasta que alguien no salía a darles el aguinaldo. En la Nochebuena de 1826 los borrachines se plantaron nada menos que delante de la casa del alcalde, en Broadway, amenazando con matar a los mayordomos si no recibían el invernal emolumento.

Fue un amigo de Pintard, Clement Clarke Moore, quien escribió el primer poema dedicado a San Nicolás, “A Visit from St. Nicholas”, en 1810, con el fin de asentar esa imagen santa, ante la imposibilidad de terminar con el problema de los indignados en pleno invierno. Los ricos renunciaron a frenar su avance porque sabían que tenían que arbitrar una válvula de escape que asegurara su sistema: lo lograron concediendo a los obreros y desempleados unos días de permiso para transgredir las normas de los ricos y subvertir el orden por ellos –los patricios– establecido... a cambio de un exiguo aguinaldo e ingentes cantidades de alcohol. En el fondo, las navidades que los ricos permitían celebrar a los pobres no eran sino una forma de legitimar el estatus quo, el sistema.

El pacto en la dinámica de un orden paternalista que predispusiera favorablemente a la clase obrera hacia sus epulones patronos era necesario y las navidades ofrecían esa oportunidad óptima, sin que se notara que en realidad era el vasallaje y no la fraternidad humana o el fin de la violencia urbana la razón que verdaderamente impulsaba tales acciones filantrópicas.

Las cosas no han cambiado mucho. Junto a una navidad ordenada y confesional, una navidad institucional donde las jerarquías sociales se retratan frente al amor de la lumbre y los calcetines rebosantes de juguetes, se desarrollan en todos los lugares los ritos paganos del solsticio de invierno, el cauce óptimo para que los desheredados den rienda suelta a sus frustraciones y ahoguen sus penas en alcohol; para los reformistas, hoy como ayer, la Navidad y sus excesos son un precio demasiado caro para pagar el silencio ante las servidumbres e injusticias del resto del año.
El rico sabe que una buena botella de whisky entregada como aguinaldo en las manos del pobre terminará por hacer que sus quejas duerman la moña.
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