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DIÁLOGO DE SORDOS

lunes 03 de marzo de 2008, 22:17h
Quien albergase una mínima esperanza de hallar algo nuevo en el segundo debate entre Rajoy y Zapatero, habrá quedado defraudado. Puede decirse que ha sido una reedición del anterior; más de lo mismo. Bien es cierto que las expectativas no iban muy desencaminadas, pero sí hubiera sido deseable alguna sorpresa de última hora en forma de propuesta impactante. Desde luego, ese importante porcentaje de indecisos a los que teóricamente tenían que dirigirse los dos aspirantes no debe de haberse movido mucho. Así, poca gente habrá cambiado el sentido de su voto ante tan plano espectáculo.

Empezó el candidato Zapatero con un efectista "libro blanco de datos", en el que, aseguraba, se contenía el conjunto de cifras y guarismos oficiales que iba a manejar, en un claro intento de dotar de irrefutabilidad a sus intervenciones. El candidato Rajoy, sin libro blanco, también esgrimió los suyos. Con independencia de la veracidad de unos y otros, no parece que arrojarse cifras a la cara sea la manera más inteligente de abordar los retos de futuro. Porque los datos, datos son, y han de situarse en su contexto. Fuera del mismo, extractados, pierden toda relevancia. Y tomados en su conjunto resultan muy farragosos. Así que, con este planteamiento, Zapatero aludió al incremento del PIB, superando a Italia, y Rajoy replicó con el precio del pollo. Y así siguieron. Datos y más datos.

Fuera ya de cuestiones económicas, la continuidad respecto del anterior cara a cara siguió siendo la nota dominante. Más Irak (Rajoy no supo desviar el tema) como única referencia a política exterior; materia ésta que sigue brillando por su ausencia. El caso es que hoy el candidato del PP podía haber sacado a colación las bravatas belicistas de Hugo Chávez, entre otros muchos asuntos. No ha sido así. Más ETA, donde se pusieron sobre la mesa los muertos de unos y otros, con el hastío que tal cosa produce. Las víctimas del terrorismo se han ganado a pulso el poder descansar en paz, y bastante han sufrido ya como para que se las siga empleando como arma arrojadiza en un estéril debate político. El mismo razonamiento vale para los inmigrantes: "usted más", "con usted peor" y demás tácticas pueriles deberían desterrarse de todo debate que pretenda tener un mínimo nivel intelectual.

Y más ausencia de modelo de Estado. A día de hoy, seguimos sin conocer lo que piensa Zapatero sobre su concepto de España, salvo que la idea de nación aplicada a nuestro país le parece "discutida y discutible". En eso Mariano Rajoy va por delante: guste o no lo que propone, de lo que no hay duda es que de el candidato popular tiene un concepto meridiano de lo que es España. Poco más en cuanto al fondo, salvo alguna que otra mención de mayor relevancia en educación.

Como es natural, cada partido se autoproclamará vencedor, y dependiendo de dónde se mire, lea o escuche, el resultado será diferente. Pero si algo ha quedado patente es que ese punto de ilusión que toda discusión de ideas debería suscitar no emerge por ningún sitio. Quizá porque no ha habido tal discusión, sino más bien un infructuoso diálogo de sordos, que nada conviene al futuro de España. No se percibe esperanza en que la actual situación de encono vaya a mejorar. Ojalá las urnas cambien esta percepción.

REFLEXIONES SOBRE UNA POSIBLE REFORMA CONSTITUCIONAL


El último capítulo del sempiterno desencuentro entre el Tribunal Supremo y el Constitucional ha tenido como detonante el caso de "los Albertos". Recordemos que este tema arranca en 2003, cuando el Supremo condena a Alberto Cortina y Alberto Alcocer a tres años y cuatro meses de prisión, por una serie de ilegalidades en la venta de las Torres KIO de Madrid. Esta operación les reportó más de 25 millones de euros. Y recientemente, casi cinco años después, el Tribunal Constitucional ha fallado que el Tribunal Supremo hizo entonces una interpretación "lesiva del derecho fundamental de ambos empresarios a la tutela judicial efectiva, por ser insuficientemente respetuosa del derecho a la libertad personal".

Independientemente del ruido mediático que la irrupción en escena de "los Albertos" haya podido ocasionar, en el fondo del asunto subyace un viejo debate. No es otro que el de las competencias de uno y otro tribunal, habida cuenta de que, caso del Constitucional, al ocupar él solo todo un Título de la Constitución –el noveno-, cualquier variación en sus atribuciones habría de llevar aparejada una reforma del texto constitucional. Y la reflexión que cabría hacerse es que quizá sería recomendable aprovechar las herramientas que nos proporciona la Constitución, permitiendo al Tribunal Constitucional limitar en cada caso la distribución de competencias de Estado y Comunidades Autónomas, sin necesidad de una reforma constitucional de incierto resultado. Para ello es esencial acudir a sus funciones. La meritoria labor desarrollada por el Tribunal Constitucional en los treinta años transcurridos desde las primeras elecciones democráticas, no oculta que se ha ido perdiendo su razón de ser, volcado en asuntos cotidianos del Derecho.

El Tribunal Constitucional debe estar dedicado en exclusiva a su función primordial, cual es la interpretación del texto constitucional. Vela así por la adaptación del mismo a la siempre cambiante realidad social de la época en que ha de ser aplicada. De esta manera, será el encargado de fijar los límites a los derechos subjetivos, a las leyes, y también a las competencias del Estado y Comunidades Autónomas, desentendiéndose de recursos de amparo y otros procedimientos que recaen actualmente sobre dicho órgano, pero que pueden ser perfectamente asumidos por otras instancias, lo cual evitaría -dicho sea de paso- los frecuentes roces entre Tribunal Supremo y Tribunal Constitucional.

Para ello, es condición necesaria la estabilidad dentro del propio órgano, lo cual exige el acuerdo en la elección de doce juristas cualificados, independientes, inamovibles y rigurosos, sin adscripciones políticas. Es necesario dotar al Tribunal de un general respeto, evitando su utilización partidista según los intereses de cada momento.

PELIGRO EN LAS FRONTERAS DE COLOMBIA


En una brillante operación, el ejército colombiano asestaba este fin de semana un duro golpe a las FARC. Luis Edgar Devia, alias "Raúl Reyes", uno de sus principales dirigentes, fallecía en el transcurso de una acción armada llevada a cabo en la zona fronteriza de Ecuador y Colombia. No obstante, el hecho de que los combates se llevaran a cabo en suelo ecuatoriano ha provocado una crisis diplomática entre Quito y Bogotá, cuyo desenlace a día de hoy se antoja sumamente incierto. Desde Ecuador, el Presidente Correa ha llamado a consultas a su embajador en el país vecino, pese a que su homólogo colombiano, Alvaro Uribe, lo mantuvo informado en todo momento del desarrollo de la incursión militar.

Es complicado vaticinar cómo habría terminado esta crisis, aunque todo hace pensar que bastante tienen los dos países en lo que a problemas internos se refiere, como para buscarse un nuevo conflicto, esta vez en clave internacional. De esta manera, si el asunto quedara entre ambas naciones, habríamos asistido al típico tira y afloja entre países limítrofes, y poco más. Ocurre que, en este complejo juego de alianzas en que se está convirtiendo Iberoamérica, la irrupción de Chávez no ha hecho sino avivar la crisis. El Presidente venezolano se ha solidarizado con su colega ecuatoriano -ambos comparten el mismo credo político-, y ha amenazado a Colombia con una posible guerra, caso de producirse un incidente parecido en su territorio. Tanto es así que ha desplegado tropas en la frontera, en previsión de un posible altercado.

A nadie escapa que Hugo Chávez es un elemento desestabilizador sumamente peligroso para la convivencia pacífica en la zona. Lo peor de sus desvaríos megalómanos es que pretende exportarlos por todo el continente, haciendo proselitismo de sus ideas socialistas -según él- allá por donde va. Correa es de los suyos, y la verdad es que la situación de Colombia con semejantes vecinos, mas el cáncer de la narcoguerrilla socavando los cimientos del país, es cuando menos angustiosa. Pese a todo, actúa con coraje y determinación, y afortunadamente, a veces tiene éxito, como ahora.

Claro que, para Chávez, las FARC no son terroristas. En su proyecto bolivariano sobra Uribe, porque la clase política colombiana tiene la dignidad que le falta al aprendiz de Castro. Y mientras en Colombia haya un gobierno fuerte, su proyecto no progresa. Por eso le viene tan bien la guerrilla. Amen de simpatías ideológicas, las FARC le hacen el "trabajo sucio" de horadar la convivencia cívica en Colombia. Es un secreto a voces que la frontera venezolana se ha convertido en un santuario guerrillero, y de ahí el "aviso a navegantes" de Chávez. Con la muerte de Reyes se ha ido el que fue su interlocutor en la rocambolesca mediación para la liberación de algunos rehenes, y con ello la posibilidad de seguir dando rienda a su enfermizo afán de protagonismo. Ahora amenaza con la guerra. Esperemos que no se trate más que otra de sus bravatas, y que como tal quede. Pero lo más grave de esta situación es que, si se confirman las informaciones según las cuales Caracas ha estado financiando a la guerrilla (se habla de 300 millones de dólares), puede que Chávez esté poniéndose la venda antes de la herida, ante un eventual conflicto bélico. Cuán atinado estuvo Don Juan Carlos en la última Cumbre Iberoamericana, cuando le mandó callar...
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