La vergüenza tras la tragedia de Haití
miércoles 27 de enero de 2010, 21:51h
La tierra tembló una vez más, sacudiéndose de encima a esa aparente seguridad soberbia que parece hacernos olvidarla, haciendo valer su potencial destructivo sobre cualquier consideración, sin distinguir ni discriminar víctimas. La Naturaleza se ha cobrado de nuevo su tributo en los más desfavorecidos. Más de 150.000 muertos, 200.000 heridos y un millón de seres humanos sin hogar en Haití son los datos que configuran de forma seca y fría una de las más espantosas y vergonzosas tragedias humanas.
Nadie está hablando en estos días de la culpa de Occidente, de la fuerza simbólica, además de la espantosa y tangible, que desprende el seísmo haitiano. No he escuchado a nadie hablar de la extraordinaria vulnerabilidad tercermundista de las infraestructuras sociales, educativas y sanitarias y de las edificaciones haitianas como consecuencia de las políticas imperialistas llevadas a cabo por Estados Unidos y Europa durante siglos sobre África, Asia y América. Porque la muerte de estas miles de almas que ya agonizaban antes de la dolorosa sacudida final no es sino consecuencia del desamparo, en este caso del Caribe, al que sometieron los imperios desde el siglo XVII a América.
Por otra parte, en el trasfondo de estas imágenes subyace el hedor de la trata de esclavos, de familias y hasta tribus enteras arrancadas por los traficantes en connivencia con los caciques locales de las costas occidentales de África. Más de once millones de africanos fueron hacinados en barcos negreros europeos, norteamericanos y brasileros, de los que sobrevivieron diez millones. Debajo de la pantalla trágica del telediario y las imágenes que laceran nuestras retinas se encuentran la transformación demográfica de África, la explotación de las riquezas de Brasil, el Caribe y Norteamérica gracias al trabajo de los esclavos… y el desarrollo económico de Europa. Nuestro desarrollo. Durante la Ilustración, las colonias latinoamericanas recibieron de sus metrópolis los excedentes de población, entre los que se encontraba la conflictiva, y proporciones ingentes de esclavos africanos y a cambio enviaron a Europa miles de toneladas de azúcar, algodón, cacao, tabaco, café, añil, maderas tintóreas, etc.
Tan es así, que a mediados del siglo XVIII emerge un potente mercado mundial de las colonias: aquellas tierras “vírgenes” se ocupaban sin pedir permiso, se robaban a sus moradores, se explotaban, se intercambiaban con sus gentes como material de estrategia política, se compraban y se vendían. El mayor impulso vital que Haití dio a Occidente provino de la industria azucarera, ya en pleno control galo, desde que España la cedió a Francia por el Tratado de Ryswick: en el siglo XVIII, la desproporción de hombres libres blancos y terratenientes frente a los miles de esclavos resultaba insultante… hasta que se produjo la revolución de los jacobinos que a través del terror se sacudieron del yugo francoamericano y Dessalines se coronó en emperador en 1803. Desde que Richelieu llenó la isla con piratas, bucaneros y otros malditos de Europa, hasta las invasiones norteamericanas de 1915 a 1934, pasando por la represión brutal de Napoleón de los negros libertadores, cada rejonazo metropolitano al Caribe hundía su filo en las entrañas de aquella tierra. Pero los gobiernos haitianos repitieron los regímenes despóticos de los modelos que habían sufrido y la corrupción y el desamparo de los ciudadanos se convirtieron en una constante.
Con gran acierto, Susan Back-Morss en Hegel y Haití denuncia que tras el fenómeno esclavista del país se esconde la dialéctica de un esclavo que reconoce al amo y un amo que es reconocido y que condujeron a la revolución jacobina de los esclavos negros quienes superaron a los revolucionarios de la metrópoli parisina en virulencia y terror, pero que tras superar por los estadios nietzscheanos del hombre camello (el que depende totalmente) y el hombre león (que rompe con la dialéctica viciada amo-esclavo), no alcanzaron el estado necesario para la regeneración del hombre-niño, capaz de crear valor a partir de la ingenuidad… porque se la habían arrebatado. Para Hegel en La fenomenología del espíritu, ésta es una lucha, un “camino doloroso”: no hay libertad sin dolor.
La ayuda humanitaria y al desarrollo de Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea de cientos de millones de dólares son un leve paliativo en una mancha que sigue extendiéndose en la conciencia de Occidente y que ahora ha aumentado su tamaño con un borbotón de sangre y dolor. El papel jugado por el Caribe en el desarrollo de la historia trasatlántica resulta incuestionable. Siempre les hemos pagado con el saqueo, la explotación y el abandono. Occidente debe primero una disculpa al pueblo haitiano y ayudar a una articulación estructural y social del país que en su día le negó cuando consideró que su presencia ya no le iba a aportar más rédito. No nos equivoquemos: los muros derrumbados que aplastan a los niños haitianos que todavía respiran después de más de una decena de días provienen de la escombrera ideológica de Occidente en general y de Francia en particular. Esa cloaca conceptual racista y explotadora que niega al africano su libertad y la capacidad de regir su propia vida.
Ojalá que de la cumbre de urgencia de Montreal convocada por las principales potencias para la reconstrucción de Haití, a manera de preámbulo de la Conferencia internacional de países donantes, no salgan sólo cajas de hamburguesas lanzadas desde los aviones de la ONU sobre millares de brazos negros que se alzan en el aire.