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crítica

Javier Gomá: Ejemplaridad pública

sábado 06 de febrero de 2010, 19:54h
Javier Gomá: Ejemplaridad pública. Taurus. Madrid, 2009. 352 páginas. 20 €
Estamos ante un libro que tiene ambición de perdurar, espero que en las librerías, pero desde luego en la memoria de sus lectores. Ese rasgo se origina, a mi parecer, en la importancia del tema al que se enfrenta, el más urgente de los asuntos públicos, el más urgente, pero también el más silenciado, el asunto de la reforma moral de nuestras sociedades democráticas de Occidente.

Estamos asimismo ante un libro difícil de clasificar. Escrito en clave de filosofía política, no pertenece sin embargo a ningún subgénero de tratado académico, aunque su empaque bibliográfico y el diálogo que mantiene tanto con los clásicos como con las novedades que considera relevantes son impecables. No sé si es acertada la comparación con ciertos modelos del pasado pero se me viene a la cabeza que Gomá ha querido hacer en este libro algo equivalente a lo que los grandes moralistas de palacio hacían para sus príncipes: un tratado de buenas costumbres para la rectitud y gobierno de sí propio y de sus súbditos. Pero como vivimos al cabo de la modernidad y su programa de liberación de la subjetividad ha resultado un éxito, como la liberación democrática de los “yoes” humanos no es una promesa sino una realidad consagrada —y este es el punto de partida del libro—, el “tema de nuestro tiempo” es el de la reforma moral de ese yo que debe optar entre la civilización o la barbarie.

Javier Gomá ha publicado en el otoño del 2009 la tercera parte de una ambiciosa tetralogía cuyas dos primeras entregas fueron Imitación y experiencia, una reflexión sobre las fuentes del conocimiento humano y sus limitaciones (2003) y Aquiles en el Gineceo (2007), una propuesta ética que parte de constatar el radical fracaso de la modernidad en educar y formar a sus ciudadanos para aquellos ideales, tales como la autonomía personal, el respeto al otro, la justicia y la belleza, que ella misma, en su radicalismo romántico, contribuyó a divulgar y a proponer como metas al individuo liberado de la tutela de la autoridad. Es precisamente de la acerada y justa constatación del fracaso de la paideia romántica, personificada en las biografías de sus grandes mentores, Rousseau y Goethe, de donde arranca Ejemplaridad pública.

En términos filosóficos, ese fracaso ha fraguado en la situación actual caracterizada por un nihilismo radical. Examinado en el capítulo primero, Gomá, lejos de verlo como invitación para el pesimismo, lo diagnostica como oportunidad para lanzar la tarea de reforma social de la vida democrática en la medida en que ese mismo nihilismo destruye la ilusión de la utopía y revela al yo su propia finitud. El nihilismo práctico de que se habla aquí no es ninguna generalización de manual. Se trata de que el éxito en el programa de liberación del yo de las viejas ataduras de la tradición y de la autoridad ha sido tan absoluto que las costumbres y valores que vertebraban la convivencia en la polis han quedado desprestigiados e inservibles, pero no han sido sustituidos por nada. Las figuras de autoridad, el padre, el maestro o profesor, el juez o el sacerdote han desaparecido del horizonte. Una somera reflexión sobre la vida en comunidad, constata que es imposible la convivencia en tales circunstancias. “Barbarie”, adquiere entonces la precisa significación de sociedad de yoes liberados que se abandonan a sus deseos subjetivos, incapaces de asumir los retos y las limitaciones que exige la convivencia virtuosamente ordenada que caracteriza a una civilización que merezca el nombre.

A mi juicio, la clave intelectual del libro y al mismo tiempo su provocadora originalidad reside en la “puesta en valor” de la vulgaridad como el principal activo de nuestro tiempo. Pero esto conviene explicarlo bien para no traicionar el espíritu de la idea, comenzando por lo que se entiende por vulgaridad, la hija predilecta de la liberación moderna del yo con su secuela de una “extensa democratización del espíritu” y su proyección en el nivel general de gustos y costumbres (pág.67). Ahora bien, Gomá no se plantea reformar la vulgaridad desde presupuestos “elitistas”, digamos desde una concepción del espíritu predemocrática, sino tomando de la realidad misma de la vida social y de su vulgaridad ambiente los ingredientes de la solución. Por tanto, no se limita a constatar el estado de vulgaridad de nuestras sociedades sino a postular su reforma: búsqueda de “la perfección moral que le sea propia” (pág.162). Reformar la vulgaridad, asumiéndose vulgar, es la propuesta no exenta de paradoja que contiene el libro de Gomá, pues, ¿no deja de ser “vulgar” en el sentido dado más arriba, una vulgaridad reformada hacia la virtud, la mesura, el esfuerzo, incluso el sacrificio? ¿Podemos seguir llamando vulgar al yo que escucha en su interior la voz que le ordena “tienes que reformar tu vida”? (pág.100).

La segunda y la tercera parte del libro están dedicadas a responder esta pregunta. No es posible entrar en el detalle de los análisis de la “paideia para el pueblo” que se busca, en torno a un modelo ético que reivindica, contra la tradición moderna, el concepto de virtud. Uno de los debates más productivos que propone este libro reside precisamente en la crítica a que somete la distinción entre la esfera de lo público y la esfera de lo privado, entre el ámbito de la ley positiva regulada por el derecho y el espacio de la privacidad que escapa a cualquier forma de presión normativa. Gomá sugiere, por un lado, ampliar el concepto de lo público, incluyendo en él los ámbitos de la familia y del trabajo (a los que denomina “instituciones de la eticidad”), la verdadera escuela de ciudadanía que termina por labrar la formación moral de los sujetos que han sido capaces de enfrentarse a la propia condición mortal. En efecto, una de las ideas más sorprendentes de esta reflexión sobre la ejemplaridad es la tesis que afirma que “lo moral de la ética pública es función de lo mortal del yo” (pág.125).

Este a modo de fundamento ontológico de la virtud denuncia la intención de Gomá de situarse fuera del ámbito de la modernidad y de sus soluciones morales. En efecto, los tres capítulos que contiene la segunda parte muestran la insuficiencia de la receta teórica del ethos liberal y sus correcciones desde las concepciones de la virtud de republicanos y “comunitaristas” o las exigencias normativas de las éticas del deber, para reclamar una moralidad basada en una idea de virtud que recupere el potencial de las antiguas mores. Pero ello exige una nueva teoría de la ejemplaridad que es a lo que dedica la tercera parte.

Reducido a lo esencial, la doctrina sobre la ejemplaridad que Gomá propugna se define por una nota negativa y otra positiva. La negativa consiste en que hasta aquí se ha asociado ejemplaridad con personalidades “egregias”, esto es, con aristocracias que sólo toleran una lectura vertical del ejemplo. El caso más conspicuo es la doctrina de las “minorías selectas” de Ortega y Gasset, sometida a crítica. La nota positiva consiste en que, lógicamente, la ejemplaridad aquí postulada se caracteriza por una horizontalidad en la que “todos somos ejemplos para todos”, una ejemplaridad igualitaria sustentada en la dignidad del ser humano y en el hecho del “universal vivir y envejecer”, experiencia de la finitud que es para Gomá el verdadero anclaje de la reforma moral del yo, que abandona así su vulgaridad instintiva para formar parte de la comunidad de la vulgaridad reformada.

A pesar de estar magníficamente construido, el planteamiento de Gomá no carece de aspectos discutibles. Hay dos a mi juicio. El primero tiene que ver con el hecho de no asumir una tensión, bien conocida en la experiencia política de la modernidad, entre lo que podríamos llamar el principio liberal y el principio democrático. Gomá, que reconoce en el liberalismo una “verdad irrestricta” (pág.127), no detecta amenaza alguna hacia la vida personal del lado del impulso igualitario que aspira a imponer sus mores específicas en la polis democrática. La falta de armonía, la conflictividad de valores de la que habla Isaiah Berlin casa bien con el carácter finito que asume el yo reformado de Gomá pero no tanto con la polis bien ordenada que postula el triunfo de la ejemplaridad igualitaria. El segundo tiene que ver con aquello que activa el deseo de reforma en el yo que se siente en la vulgaridad como en su propia casa. Gomá nos explica en su libro anterior que Aquiles, feliz en su vida muelle rodeado de mujeres, tuvo que oír el cuerno de guerra que el astuto Ulises hizo sonar para que se despertara en su corazón el ansia de gloria, inseparable de la asunción de su condición mortal. ¿Cuál es la melodía que animará hacia la reforma de la vida en la dura cotidianidad sin brillos los corazones adolescentes entretenidos en los ocios virtuales y acomodados en los mimos que los adultos les prodigan a todas horas? O dicho en el lenguaje conceptual de Ejemplaridad pública, ¿cómo se activa el deseo de participar “en el consenso sentimental de una comunidad libre y con buen gusto”? (pág.239). Es posible que el “pesimismo antropológico” de Ortega en los años treinta no esté hoy justificado. Pero descubrió en el corazón del hombre-masa una tendencia al hermetismo, una incapacidad para reconocer la ejemplaridad, sobre la que Gomá pasa demasiado deprisa. Qué fuerza interior lleva al yo vulgar a desear su reforma es la pregunta a la que no he hallado respuesta.

Por José Lasaga
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