El papel de Trinidad Jiménez en Sanidad
miércoles 17 de febrero de 2010, 02:47h
Uno de los proyectos normativos a los que más pábulo se dio desde Moncloa fue a la ley antitabaco. El espíritu primigenio de la ley pretendía seguir la estela de otros ordenamientos jurídicos europeos que, conscientes de los problemas del tabaquismo ocasiona a la salud, decidieron practicar una “sana” política de prohibición de humos en espacios públicos. Pero el temor a aplicar una medida valiente y a todas luces buena para la salud de los españoles abocó al presidente Zapatero a adoptar una doble velocidad, por temor a su posible contestación social. Y pese a que la ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, era partidaria de adecuar la norma a la realidad europea y, de paso, a las necesidades de la salud pública de los españoles, se ha visto obligada a atemperar sus ansias ante las protestas de los hosteleros y lo poco que gustan en Moncloa las protestas ciudadanas.
Por si esto fuera poco, a Trinidad Jiménez le han llovido un aluvión de críticas desde su propio partido -soterradas, eso sí- por no recurrir finalmente el proyecto de área única sanitaria de la Comunidad de Madrid, contraviniendo así los deseos del líder de los socialistas madrileños, Tomás Gómez. Alguien debería decirle al señor Zapatero que gobernar no equivale necesariamente a contentar a todos por igual y que determinadas decisiones, por más que incomoden a unos pocos, han de adoptarse en bien del interés común. Máxime si dicho interés es la salud.
Y, a nivel doméstico, Tomás Gómez haría bien en intentar poner orden en una casa, la de los socialistas madrileños, demasiado “manga por hombro” desde hace ya mucho. O lo que es lo mismo, levantar a la FSM en lugar de que desde Sanidad le hagan la labor de oposición recurriendo leyes por recurrir, cuando éstas son buenas para los madrileños. Así lo ha entendido Trinidad Jiménez, quien tras estudiar ampliamente el proyecto, no ha visto razón alguna para impugnarlo ante los tribunales. El problema de la titular de Sanidad está en que ni los unos ni los otros le dejan llevar a cabo su labor sin molestas injerencias por las que, a la larga, los más perjudicados son los sufridos ciudadanos.