Segunda parte del anexo novelado
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 05 de marzo de 2010, 21:32h
1.4. Nada más iniciado el Levantamiento el coronel Beigbéder acudió a informar al jalifa, Muley Hassan, y al gran visir de Tetuán de lo que estaba pasando, y consiguió su apoyo. Muley Hassan era un entusiasta del arabófilo Beigbéder, y ello le convirtió en un títere de España. No tardaría en proporcionar ayuda física, en forma de voluntarios marroquíes. Beigbéder también se hizo con el mando “sin tener que sacar la pistola” del Departamento de Asuntos Indígenas del Protectorado, y los funcionarios aceptaron el cambio de la Administración de Álvarez Buylla sin un solo murmullo. Beigbéder, arabista distinguido, tenía una gran reputación en Marruecos por su “amor sincero” a la cultura árabe, y probablemente la rebelión se consolidó tanto por su hábil utilización del teléfono y de la radio, como por su perfecto conocimiento del árabe. El jalifa Muley Hassán no dudó en prestar su apoyo incondicional a los sublevados y transmitió el siguiente mensaje por conducto de su ayudante, el comandante Granados, a Beigbéder: “Me encarga S.A.I. con el mayor interés que sea felicitado en su nombre el ejército de África, que saluda entusiásticamente al general Franco y pide a Alá para vuestra nueva España un triunfo completo y glorioso”.
1.5. En otoño de 1938, cuando el patológico expansionismo de Hitler se hizo patente con la ocupación de los Sudetes, Beigbeder, Alto Comisario español en Tetuán, tuvo la inspirada aprensión de que era inminente una operación militar franco-británica en el Mediterráneo o una intervención francesa en Cataluña para ayudar a la exhausta República. Este miedo le hizo ponerse en contacto, con permiso de Franco, con Halifax y con algunos amigos del gobierno Daladier, asegurándoles que la España de la causa nacional no apoyaba el expansionismo alemán, y que su descontento la había transmitido el propio Franco a Hitler, a través del oficial de enlace Wilhelmi. No sabemos si este trabajo diplomático tendría algún efecto sobre la profetizada intervención franco-británica, pero lo cierto es que Francia e Inglaterra se mantuvieron quietas, inmóviles, atrozmente quietas e inmóviles.
1.6. También parece ser que Beigbéder tuvo que ver con la caída del general vallisoletano Queipo de Llano en el verano del primer año de la victoria. El 11 de mayo de 1939 Beigbéder escribía a Franco: “En mi último viaje a Sevilla te dije que el General Queipo de Llano me expuso su deseo de visitar Marruecos. Hay algo que me escama en el viaje de Queipo, pues me temo que venga acompañado de un séquito que para mí es indeseable. El teniente coronel Cuesta me soltó a boca de jarro que qué opinaba yo de la Falange, y que si había notado que existía descontento en España y si había observado dificultades de abastecimiento. ¿Será que hay grupos de desleales con reservas mentales? ¿Sería aquello un intento de buscar adeptos para incrementar su círculo de caimanes que aspire a formar gabinetes militares para gobernar? Habría olvidado todo esto a no ser que la caída ruidosa del ministro de Instrucción Pública Sainz Rodríguez trajo otra vez a mi memoria el terrible cáncer y la carcoma que amenaza la España de Franco. Pero yo me atrevo a sugerirte, en nombre de tu misión providencial, que formes el partido de Franco: puedes reírte de esos requetés, y de los falangistas descontentos, puedes reírte de Renovación Española, no son nada. Tu fuerza está en el pueblo español y en la fe que tiene en ti la masa. En mi concha-refugio de Marruecos todo está claro, limpio y diáfano: cuando voy a España, me quedo horrorizado”.
1. 7. No obstante, al iniciarse la IIª Guerra Mundial y ser nombrado Beigbéder Ministro de Asuntos Exteriores, su vida va a dar un giro casi de 180 grados. Es así que Beigbéder dejó de ser germanófilo y se hizo un cerrado anglófilo el día en que el embajador británico Samuel Hoare le presentó a una rubia y exuberante secretaria, la señorita Cynthia K. Patterson, de origen galés, exactamente de Ramsey, en la Isla de Man. Se enamoró de ella como un niño, y en seguida la hizo su amante de forma casi compulsiva. A cambio de sus continuos y casi escandalosos goces carnales con la rubia platino de la Embajada Británica – relaciones que herían el alma castísima del Caudillo – Beigbéder comenzó a traicionar a Alemania y a defender los intereses británicos, contándole en la cama a la funcionaria británica, entre asalto y asalto amoroso, detalles de altísimo secreto. El amor adulterino en aquel Madrid hambriento democratizó su alma. Además de un lingüista sobresaliente, Beigbéder era todo un romántico. Franco no comprendía que un hombre tan religioso como su cultísimo Ministro de Asuntos Exteriores tuviera tal debilidad por las mujeres y fuera tan vicioso. La amante inglesa, que quería pervertirlo un poco más, le animó a hacer el amor con más mujeres juntas, organizándose verdaderas orgías. Hoy sabemos que todas ellas eran espías a sueldo de los ingleses. Según Serrano Súñer, que por su súbita anglofilia se hizo su enemigo, poderosos judíos también gratificaban a Beigbéder con grandes cantidades de dinero para mantenerse probritánico y seguir ejerciendo su atletismo sexual, pese al cariz que iba tomando la IIª Guerra Mundial.
1. 8. Animado por Beigbéder, que veía con urgencia el que Franco se distanciase del hipergermanófilo Serrano Súñer, el mismo Churchill escribió una carta a Franco el 7 de octubre de 1940 en la que, entre otras cosas, le decía: “Esperamos ver a España ocupando el alto lugar que le corresponde como potencia mediterránea y miembro principal y destacado en Europa y en la cristiandad”. Pero el cerrado y demasiado patente probritanismo del ya rijoso Beigbéder iba poniendo en peligro el extremadamente delicado equilibrio de naipes con el que Franco pretendía cruzar la IIª Guerra Mundial sin mancharse. De este modo, el Caudillo el 18 de octubre daba un paso transcenental: sustituía al demasiado probritánico Beigbéder por Serrano; y a Alarcón de Lastra por el progermano Carceller en Industria y Comercio. España se distanciaba del Imperio Británico y se sentía obligada a reír las gracias de Hitler, quien por aquellos días recordaba a Franco que había subido al poder sobre las espaldas de Alemania. En noviembre de 1940 la misteriosa y despampanante rubia platino, Cynthia K. Patterson, y sus traviesas amigas desaparecían de la vida de Juan Luis Beigbéder. No obstante, su fracaso amoroso con aquella funcionaria inglesa, no le cambió de ideas, y siguió colaborando con el Imperio Británico. Así, ayudó al irlandés Walter Starkie, hombre rechoncho y bienhumorado, a crear en Madrid, mediante el British Council, el British Institute, tolerado por Franco, y que a pesar de sus objetivos educacionales, se transformó en el centro de espionaje inglés más importante en España durante la IIª Guerra Mundial. La Falange no vio nunca bien esta institución educativa por considerarla traidora al Régimen, y tampoco la Iglesia, que temía infiltraciones protestantes y lamentaba las “perdidas vidas” de Beigbéder y Walter Starkie. Desde el Instituto Británico Beigbéder escribiría una carta, sutilmente admonitoria, a Franco, en la que, entre otras cosas, le decía a “su viejo amigo”: “La resistencia de Inglaterra acarreará a la larga la intervención de los Estados Unidos, y ello sentenciará la guerra”.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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