Frágil
jueves 11 de marzo de 2010, 18:49h
Atravesar un invierno insistente en su inclemencia requiere sobriedad y calculo. Cambia el mapa de la ciudad, aparecen marcados los límites del abrigo artificial que uno da por sentado. Falla el suministro de electricidad. Los vecinos, que apenas conocemos, salen a los corredores y ensayan conversaciones de suprimida histeria. Afuera sigue cayendo la nieve. Cualquier alusión a La lluvia de fuego, el cuento de Lugones, no pasaría de ser un chiste privado. Descubro que en el tercer piso vive un inglés que traduce a los clásicos rusos. Me pregunta, hecho un racimo de sweaters, si se encender el horno a mano. Se que después de la nieve llegara un “viento blanco.” Recordando el cuento de Juan Carlos Dávalos, sugiero la fuga. Me escapo trabajosamente a un hotel.
Al día siguiente, desde mi ventana --una pantalla ancha cinematográfica-- es como que estoy en el centro de la furia, pero seco y a salvo. No se ven las banderas del hotel, solo se escucha, en el fondo del viento, el azote de las cuerdas contra el mástil de metal. Los cronistas de los noticieros tienen ojeras que el maquillaje no atempera. Los ojos de algunos se ven anchos de miedo. Este es un sacudón fuerte, administrado por fuerzas que se ríen de todo.
En mi correo electrónico (funciona el wireless en el cuarto) tengo un mensaje/invitación del cineasta Robert Gardner. Va a mostrar “siete fragmentos” de su obra en New York. Uno de ellos fue filmado sobrevolando los glaciares del sur Patagónico y Fueguino. Años atrás, cuando hizo el viaje, recuerdo haberlo ayudado con algunas referencias a libros, personas, lugares. Tengo el fragmento en un dvd y lo veo, a la sombra de la ventana y la tormenta. Gardner y su amigo Bob Fulton pilotean el diminuto avión y conversan por encima del ruido, mientras enderezan el aparato por entre nubes y picos andinos en busca de ríos de hielo. Allí están, fantásticos, casi incandescentes. Son vistas fugaces pero impresionantes.
Los siete fragmentos son una meditación de Gardner sobre la fragilidad de la vida. Y sobre la cultura, el instrumento de mil caras que fabricamos incesantemente para abrirnos camino y mirar más allá.