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Gordon Brown y su destino (y 2)

José Manuel Cuenca Toribio
jueves 11 de marzo de 2010, 19:08h
Afanoso, como otros muchos ministros de Hacienda coetáneos y de su mismo ideario, de invalidar el arraigado clisé que identificaba gobierno socialista con el despilfarro y la desmaña cuando no con la bancarrota, la gestión de Brown al frente del Tesoro hizo añicos dicha imagen. Durante algunos años las finanzas británicas fueron todo un ejemplo de pulcritud y eficacia, con envidiables superavits, no obstante el intenso gasto social y el gigantismo del Estado providente. Cuando la impaciencia por trasladarse al número 10 de Downing Street acuciaba en exceso al Canciller, la roborante salud fiscal del país se divulgaba por sus partidarios como el argumento más imbatible a favor de su aspiración. Empero, al materializarse ésta -27 de junio del 2007-, la coyuntura económica inglesa distaba mucho de la de años atrás, sin que tampoco dicha situación influyese ahora demasiado en su nombramiento, producto, en definitiva, de las presiones internas y externas, en pugna respecto a su intensidad conforme avanzaban la crítica anti-Bush y la repulsa de Blair por su posición en la denostada guerra de Irak.

Pese a lo difícil de la tesitura, el éxito acompañó los primeros pasos del nuevo Premier. No había que conocerlo mucho para saber que, fuera de una ruptura imposible, el continuismo estaría desterrado de su actuación, caracterizada en esta fase inaugural por iniciativas “rompedoras” y una estrategia de impronta personal. No en vano Brown tenía un fuerte temperamento ideológico y poseía una arquitectura mental en la que cabía todo el Estado y una auténtica cosmovisión política, como llegó a reflejarse en su innovadora propuesta nada menos que acerca de una reformulación de la democracia en los umbrales del siglo XXI. En igual línea, su primer contacto personal con Bush revistió tintes de formalidad y hasta de glacialidad, lejos de la proximidad de su antecesor con el gobernante norteamericano. Europa también acusó la inflexión impresa por el flamante Premier a la conducta internacional británica. La pasividad, reserva y hasta renitencia del antiguo fustigador del euro y abanderado de la intangibilidad de la soberanía e identidad nacionales se trocaron en un talante menos escéptico ante los objetivos finales de la UE, cuyos consejos y reuniones comenzó a frecuentar con asiduidad…

Pero nada de ello bastó para situarlo como protagonista principal de la escena política de su país y dar a conocer su figura con refulgencia en las tribunas internacionales. Brillante si no cautivador en la distancia corta, su carencia casi total de dotes para la comunicación le priva de un elemento hoy esencial para el afianzamiento público y mediático. En vísperas de inminentes elecciones, sus enemigos más ahincados –provenientes, obvio es aclararlo en política, de sus propias filas- ennegrecen aún más su perfil, al añadirle una incapacidad total de liderazgo a causa de su volcánico y mercurial temperamento.

En plazo muy breve, la biografía pública de esta en cualquier caso muy curiosa personalidad atravesará un recodo esencial de su trayectoria. En el supuesto de que su poder no viese refrendado en las urnas, a cuyo veredicto comparece por primera vez, el rechazo supondría inapelablemente el fin de su vida política. Mas no por ello perdería interés para el estudio de la Gran Bretaña del cruce del siglo XX al XXI así como también, y en el mismo grado de importancia, en punto al análisis de la condición política y el ejercicio del mando en las sociedades postmodernas.
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