Situado en pleno corazón de Buenos Aires el cementerio de La Recoleta es más que un “campo santo” para los argentinos, sus lápidas nichos y monumentales mausoleos además de ser recordatorio de nuestra propia mortalidad, es un recorrido inusitado por la historia de Argentina a lo largo de casi 200 años.
En el lujoso
barrio de La Recoleta al norte de Buenos Aires se encuentra el cementerio más célebre y posiblemente más visitado de América Latina: La Recoleta. Un patrimonio que se extiende a lo largo 54.843 metros cuadrados de una de las zonas más exclusivas de la capital porteña, que llama la atención tanto por sus “habitantes” como por los curiosos monumentos,-muchos con claros signos de Masonería-, que le rinden culto a los mismos, debido a que allí se encuentran algunos de los nombres más ilustres de la nación austral.
Si bien a muy pocos, por no decir a ninguno, le gustaría tener un campo santo en medio de su vecindario, esta es una excepción. Resulta motivo de orgullo tener de “vecinos” a los personajes que han perfilado la historia argentina en los
últimos doscientos años, que van desde ex presidentes, héroes de guerra, políticos e intelectuales a ensayistas,
socialités, artistas y laureados científicos.

Fundado en 1822, La Recoleta fue el primer cementerio público de la ciudad y desde el primer momento se convirtió en el lugar preferido para el descanso eterno de la alta sociedad bonairense. En este fascinante laberinto construido a base de piedra y mármol, yacen la célebre
Eva Duarte (Evita Perón), el Premio Nobel de Química Luis Federico Leroir, el Premio Nobel de la Paz Pedro Saavedra Lamas, la esposa del General Don José de San Martín,María de los Remedios Escalada, así como los presidentes, Bartolomé Mitre o Nicolás Avellaneda, la poetiza Norah Lange y los caídos de la insurrección cívico-militar, la Revolución de 1890, entre otros.
Ante tanto abolengo es inevitable que este lugar sea el sitio perfecto para hurgar en el pasado de Argentina desde otra perspectiva, que no es precisamente la de la muerte. Entre sus muros, nichos, lápidas y monumentos,
el patrimonio de un país vive más que nunca en los poemas, anécdotas y relatos que narran los guías que desvelan cada uno de los secretos de los “inquilinos” de La Recoleta. Un campo santo que ha dejado de albergar muertos para concentrar la historia “viva” de un país que este año se suma a la celebración del
Bicentenario de América.
