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crítica

Beatriz Martínez de Murguía: Los hombres o se mueren o se van

sábado 03 de abril de 2010, 02:02h
Beatriz Martínez de Murguía: Los hombres o se mueren o se van. Ediciones Sin Nombre. México, 2009. 122 páginas. 6,50 €
Ondarrabía es un nombre musical, acariciador como el agua que la rodea, cuando la mar está sosegada, algo poco frecuente. Ondarrabía se asoma peligrosamente al Cantábrico y se encuentra, en invierno, “sumido en temporales espeluznantes y llenos de furia..., en verano, los vientos siempre del norte, arrastran nubes densas y pesadas que descargan durante semanas incalculables litros de agua”. Sin embargo, añade la autora, “era un pueblo satisfecho de sí mismo”.

Sobre estas pocas notas, Beatriz Martínez de Murguía construye sus variaciones y, a la manera de las Goldberg, crea un microcosmos. Ondarrabía es una sociedad endogámica, sin más idea del mundo que la de sus náufragos, o la de aquellos que regresan a morir, “podridos por dentro [porque] ahí afuera, dice el personaje, no son como nosotros; allí, si no te conocen te niegan hasta un vaso de agua, te miran mal, no te hablan, como si fueses nada... el mundo fuera de Ondarrabía da miedo”.

Por lo demás, la vida transcurre, en apariencia, normalmente: las familias se reproducen, las mujeres cocinan y los hombres trabajan antes de que se mueran [los más] o se vayan. Por ahí aparece un sacerdote “medroso y babeante” que a nadie conforta y unas autoridades a las que nadie obedece. Uno y otras se someten a una carismática mujer que durante 20 años dirigió los destinos del pueblo “con tanta sabiduría y paciencia que todos vivían contentos”. Sólo hay dos muertes violentas: una colectiva, propiciatoria, y otra, expiatoria. Los inmolados habían puesto en riesgo a los demás por lo que no hay venganzas ni reclamos. Y aunque, al parecer, la vida transcurre normalmente, sus habitantes padecen extravíos que tienen lugar entre cuatro paredes, y aunque todos se enteran, no son molestados; el hogar es sagrado, no así el espacio público. El agua los extravía, pues el mayor miedo de sus pobladores es “no volver a oír nunca más el ruido del agua”.

La mayoría de los personajes principales son mujeres, conforme al título de la obra, pero todas tienen algo de entrañable con sus enormes cuerpos deformes por el paso del tiempo y el correr del agua, así como por su espíritu extraviado por el abandono. El hombre de sus vidas, marido o hijo, no está más y sufren en silencio, sin lágrimas ni palabras. Cuando una de las hermanas Aristi se queja del extravío de su marido, dice: “Es como si ya no estuviera aquí... mira la sopa y no sé qué ve, se queda bobo”. La otra, que “en sólo nueve meses de matrimonio quedó viuda y sola, sin un hombre al que buscar o esperar”, responde lacónicamente: “Está bobo, pero está.” Las hermanas Aristi supieron entonces, escribe la autora, “lo que ni su madre ni sus tías ni ningún antepasado les había dicho nunca, que los hombres o se mueren o se van”.

“Mocambo” es el relato final y el más extenso. A la manera de un aria, cierra el ciclo de las variaciones. Es también, la suma de todos los extravíos, que reúne a las mujeres en busca de su hombre y a los varones en búsqueda de sus muertos que habitan otro país del agua, donde el cielo siempre es azul y desde la copa de gigantescos árboles “se ve el universo, de principio a fin, y después se ve a Dios...”.

Nadie sabe dónde queda Mocambo porque las cartas náuticas existentes en Ondarrabía no incluyen los puntos cardinales, ni tampoco la latitud o la longitud, como descubre Simón, el forastero incapaz de comprender que “el mundo también podía ser plano”. Los mapas locales sólo indican que –y cito– “el mundo era Ondarrabía y Ondarrabía era el mundo. La tierra de Ondarrabía se extendía estrecha e interminable rodeada de agua y ríos que se hacían mares y mares que desembocaban en caudalosos ríos que trepaban por montes de donde descendían para transformarse de nuevo en mares... Todo era agua y Ondarrabía”.

Mocambo tampoco aparece en los diccionarios. Es un nombre al que la gravedad del castellano coloca el acento prosódico en la penúltima silaba. Si trasladamos éste a la última se transforma en Mocambó, evocando sonoros ritmos primigenios. En el relato, es el punto final de un viaje que todos emprenderemos sin importar si el rumbo existe. Lo único que sabemos es que no hay puntos cardinales y que los paralelos y los meridianos resultan inútiles. A falta de crónicas y en espera de la travesía, el lector deberá conformarse con saber que el mundo visto desde Mocambo es “redondo a veces y ondulante cuando las montañas se ensanchan y se contraen a su antojo”, al igual que las sociedades en que nos ha tocado vivir desde que a uno se le ocurrió decir, contra la certeza que proporcionan los sentidos, que el mundo es redondo y a otro que la Tierra gira alrededor del Sol.

Los verdaderos libros, escribió un conocido autor, son hijos del silencio. Sus autores son recatados en el escribir, y sus personajes parcos en el hablar, como los de Rulfo. El vano oropel literario está descartado porque no lo requieren ni los temas ni los protagonistas. Estos hablan de lo único que ha importado en la historia: el ser humano, el peso de su destino y de todas las preguntas sin respuesta. Son los íntimos diálogos con ellos mismos en busca de inexistentes respuestas. Las descripciones de lo cotidiano se limitan a marcar la singularidad de cada libro, el aquí y el ahora de los mundos reales e imaginarios del autor. El libro de Beatriz Martínez de Murguía pertenece a esta noble estirpe.

Por Carlos Arriola
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