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Diputados al frente de batalla

Álvaro Ballesteros
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cronicasdelmundogmailcom/16/16/22
sábado 03 de abril de 2010, 21:53h
“Solemos no dar importancia a aquellas cosas que precisamente más merecen nuestra gratitud”. Cynthia Ozick

Tengo la suerte de contar entre mis buenos amigos a un abogado ex-militar que aun confía en la política como herramienta para mejorar la vida de los ciudadanos, y más concretamente en la política de Defensa como utensilio clave al servicio de la democracia. La acción de las Fuerzas Armadas entendida como instrumento esencial para proteger los intereses de la Nación y ensalzar nuestros valores en un mundo como el actual, en este convulso principio del siglo XXI. Mi amigo es un hombre intrínsecamente bueno, un tiarrón inteligente y a la par humilde, elegante y sensato. Personifica para mí la esencia del militar español: comprometido, valiente, entregado y ante todo sacrificado, muy sacrificado por un sistema político como el nuestro, en una democracia devaluada en la que los tópicos siguen pesando montañas y el marketing es lo más importante. Los que me conocen saben que hablo de Francisco García González, alguien que ha visto los toros desde el ruedo, y que sabe bien lo que hay que hacer para mejorar la política de Defensa en España, al margen de las fotos de turno, los cansinos discursos de siempre, y las inaceptables campañas de imagen para darle brillo a nuestros políticos y seguir vendiéndole a la gente que el ejército es una gran ONG.

Hoy les quiero traer de nuevo a escena las reclamaciones de nuestros militares, profesionales dignos de respeto, que se ven cada vez más olvidados, en un sistema como el nuestro en el que cuando tantos se ocupan exclusivamente de su parcelita propia, ya casi nadie mira por nuestros puntos comunes, siendo uno de los más importantes entre ellos la política de Defensa y la labor de las Fuerzas Armadas.

Publicaba hace unos días el diario ABC un excelente artículo del Teniente General del Ejército de Tierra Pedro Pitarch titulado “El gran teatro de la Defensa”. En él don Pedro ponía de manera exquisita el dedo en la llaga, acertando de lleno en sus denuncias, y pidiendo lo que no puede entenderse sino como lo mínimamente justo: que los responsables políticos relevantes dejen de usar a las Fuerzas Armadas como excusa para sus campañas mediáticas de lustre; que se entienda de una vez que los militares no son ni buenos ni malos por el hecho de ser militares, sino que son meros instrumentos al servicio del Estado; y que, como tales instrumentos estatales de gran valía, se les dé el respeto que merecen y los medios necesarios para llevar a cabo su labor como es debido, ni más ni menos.

Claro que para ello, me permito añadir yo, necesitaríamos tener todo un elenco nuevo de políticos en España, no ya los eternos profesionales que van de cargo en cargo durante décadas: de ayuntamiento a parlamento regional, de allí al Congreso o el Senado, luego a la Eurocámara, y de Bruselas a la presidencia de la primera Fundación que se tercie. Este recorrido admite todas las variables y combinaciones imaginables, incluyendo puestos en sindicatos, ONGs, diputaciones provinciales, universidades y empresas (que suelen ser principalmente públicas) y todo tipo de organismos internacionales (en mucha menor medida, ya que lo de salir de España no les va a la mayoría de nuestros políticos, que no suelen ni hablar idiomas). En este recorrido de décadas viviendo del cuento, es muy difícil que sus señorías desarrollen un conocimiento específico de cualquier tema como para saber de qué hablan, y ello es si cabe más dramático cuando se trata de la política de Defensa, de las Fuerzas Armadas y sobre todo de las operaciones de éstas en las misiones internacionales en escenarios tan diversos (y difíciles) como el Líbano, Afganistán, o el Cuerno de África, tal y como recordaba el Teniente General Pitarch, hasta hace unos meses Comandante del Eurocuerpo, en su brillante artículo.


Y es que son muy poquitos los políticos españoles y los aspirantes a serlo en nuestro país que sepan, como mi amigo Paco García, de qué va la película, y sobre todo a qué se enfrentan nuestros militares, cuáles son sus necesidades reales, y qué es lo que de ellos demanda la realidad sobre el terreno en estos escenarios tan difíciles. El rollo ideológico apacigua la escasa hambre intelectual de muchos, pero en absoluto sirve para nada a la hora de lidiar con la obstinada realidad sobre el terreno, a la hora de renovar equipamientos y medios, a la hora de dar la luz verde a acciones ofensivas, o a la hora de diseñar las políticas marco adecuadas en el seno de las organizaciones internacionales relevantes (muy especialmente la OTAN) cuando es necesario. Nuestros políticos están más para lo del vinito y el platito de jamón en los actos oficiales, para las visitas de unas horas a Afganistán con una legión de fotógrafos, o para repatriar los cadáveres de nuestros militares fallecidos por la falta de protección en vehículos (los infames BMR) que tenían que haber sido sustituidos hace años. Esta última actividad propagandística (la de ir en el avión que trae a España el cadáver del soldado fallecido) fue inaugurada por la actual Ministra Chacón, y constituye un ejercicio surrealista, inimaginable en los países de nuestro entorno: esos que tienen contingentes de varios miles de soldados desplegados y combatiendo como es debido en las principales misiones internacionales, y en los que sus políticos no tienen que disimular su inactividad real con acciones demagógicas diseñadas para tocar la fibra sensible del público, mientras luego se esconde a los incapacitados y mutilados en los actos oficiales, no sea que la peña se dé cuenta de verdad de qué va la historieta en Afganistán.

Al contrario que en España, la prensa internacional no muestra a los ministros de Defensa de Francia, Reino Unido, Canadá o Estados Unidos repatriando cadáveres. Lo que sí muestra la prensa internacional es a políticos compartiendo la realidad con sus tropas en Afganistán durante días o semanas; a parlamentarios enterándose de lo que sus tropas necesitan allí donde combaten, sobre el terreno en Helmand (Afganistán); o incluso al heredero al trono británico, Su Alteza Real el Príncipe Carlos de Gales, en uniforme en el frente junto a las tropas del Reino Unido en Afganistán, en la región dónde sí que hay ofensivas militares a gran escala, no escaramuzas en retaguardia. Un ejemplo interesante este, con el Príncipe Carlos pasando la noche con sus tropas en el frente, sin olvidar que su propio hijo, Su Alteza Real el Príncipe Enrique de Gales (más conocido como el Príncipe Harry) estuvo combatiendo en primera línea del frente afgano durante 77 días en 2007-2008. Casi igualito que en España, con esas visitas oficiales de pasar revista, tomarse otro platito de jamón y salir pitando de vuelta el mismo día, no sea que nos zumben los putos talibanes por mucho que seamos la creme de la creme del PSOE, o del PSC. O ya puestos, de cualquier otro partido hipócrita.

No les vendría nada mal a los Diputados españoles pasarse unos días en el frente de batalla en Afganistán, entendiendo por fin de qué van las cosas que se discuten en las reuniones de la OTAN; viendo por dónde nos las van a dar en Qala-E-Now; entendiendo que la reconstrucción y la ayuda humanitaria son insostenibles sin seguridad real sobre el terreno (esa que se consigue con tropas preparadas para combatir y no soltándoles pasta a los talibanes); comprendiendo que hay que mandar también expertos civiles a desarrollar las relaciones con los líderes tribales de nuestra región en Afganistán y en el lado pakistaní de la frontera; dándose cuenta de que hay que ponerse las pilas y enterarse bien de qué demonios es lo que hacen los otros aliados sobre el terreno para poder de verdad desarrollar políticas coordinadas y que no se contradigan de región en región, sirviéndole así la victoria en bandeja a los talibanes; o entendiendo cuáles son las verdaderas necesidades de equipamiento de nuestras tropas, sin decidirlo todo en función de los intereses de los políticos profesionales en Madrid, sino propiciando (al fin y de una vez por todas) que la labor de estos esté al servicio de nuestros hombres y mujeres destinados en el exterior para dejar bien alto el pabellón nacional, haciendo frente a nuestras obligaciones internacionales y combatiendo a los que amenazan la democracia, nuestra democracia, en el mundo entero.

Tal vez así podamos empezar a superar la denigrante imagen de unos políticos barriobajeros que solo saben insultarse mientras el país se desangra por una crisis económica que es real y que nos afecta a todos, por mucho que les pese a sus señorías; la imagen de unos políticos que solo saben dejarnos en evidencia cuando son incapaces de superar sus enfrentamientos partidistas en cumbres internacionales como la reciente del Encuentro España-África de Valencia; o la imagen de unos políticos que solo saben airear sus vergüenzas en público, como llevando al Parlamento Europeo la discusión sobre si el gobierno Zapatero está de nuevo negociando con ETA o no, convirtiéndose así en el hazmerreír de Europa.

Sí, que manden a sus señorías al frente de batalla en Afganistán, a ver si recuperan el juicio, ponen los pies en la Tierra, y se dan cuenta de que hay necesidades mucho más acuciantes que la satisfacción de sus propios egos. Si entienden eso, y de camino cambian la política de Defensa para hacer que nuestro país sea un aliado respetado de nuevo, al tiempo que apoyan de modo real a nuestros soldados sobre el terreno, valdrá la pena costear del erario público todos los billetes de avión de Madrid a Kabul para nuestros Diputados. Y que no se preocupen sus señorías, que no les haremos volar en un Yakovliev.

Álvaro Ballesteros

Experto en Seguridad Internacional y Política Exterior

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