Luto en Polonia: Katyn golpea otra vez
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 12 de abril de 2010, 19:14h
La trágica desaparición en accidente aéreo del Presidente de Polonia, Lech Kaczynski y de otras noventa personas que con él viajaban, entre las que se encontraban altos responsables políticos y militares del país, ha sido recibida con dolorido estupor y sentidas manifestaciones de duelo entre sus conciudadanos y en todo el mundo. Kaczynski, que con su hermano gemelo ha venido dominando la vida política del país durante los últimos años, había formado sus convicciones democráticas desde los tiempos iniciales del sindicato Solidaridad, la gran palanca anticomunista de la población polaca, y encarnaba hoy una visión nacional y tradicionalista de su ajetreada historia . El carácter controvertido de algunos sus planteamientos, incluyendo una postura escéptica ante la Unión Europea, quedaban un tanto difuminados en sus responsabilidades presidenciales, que ejercía con voluntad de visibilidad y sin renunciar a sus convicciones. Pero en la magnitud de la tragedia los polacos han olvidado sus divergencias ideológicas para unirse en una emocionante y gigantesca demostración de unidad nacional ante la pérdida repentina de la máxima autoridad constitucional. La razón del viaje con motivo del cual Kaczynski ha perdido su vida y el mismo lugar en que el avión se precipitó a tierra seguramente tienen mucho que ver con el abatimiento con que polacos y los que no lo son han recibido la noticia: el Presidente polaco se dirigía a Katyn, lugar de infame recordación, elegido por los esbirros de Beria, el jefe de la NKVD, la policía política soviética, para, bajo las ordenes de Stalin y con el asentimiento explícito de los miembros de Politburó –Molotov, Mikoyan, Voroshilov- proceder en 1941 a la eliminación sistemática, con el acreditado procedimiento del tiro en la nuca, de veintidós mil ciudadanos polacos, que incluían a la mitad de la oficialidad militar del país en aquellos momentos, y a miles de representantes de la ” inteligenstia” polaca: profesores, científicos, escritores, intelectuales.
Es realmente estremecedora la coincidencia: allí donde el maldito sátrapa georgiano perpetró uno de sus múltiples genocidios –seguido o precedido por el de los cosacos, o el de los alemanes del Volga, o el de los “kulaks”, o el de los psiquiatras, o el de los veteranos de la guerra civil española- una significativa parte de la clase dirigente polaca encuentra de nuevo su tumba. Hay que añadir inmediatamente, para que los enloquecidos partidarios de las teorías conspiratorias no se aprovechen del momento, que ésta ha sido una muy desgraciada circunstancia que no responde a ninguna planificación o propósito. Y con todo, ¿quién resiste la tentación de pensar que una maldición histórica encarnada en el nombre de Katyn persigue al pueblo polaco en sus relaciones con los soviéticos/rusos?
El accidente que ha costado la vida al presidente polaco ha removido todas las profundidades y memorias de la barbarie perpetrada contra el pueblo polaco por Stalin y sus secuaces y sacará a la superficie cuestiones que, aun en el relativo apaciguamiento de los últimos años, todavía no han tenido adecuada respuesta. Por ejemplo, la manifiesta incomodidad con que los rusos que fueron soviéticos, y entre ellos de manera egregia el ayer presidente, hoy primer ministro y seguramente mañana de nuevo presidente Putin, rehúsan calificar de crimen lo que no tiene otra posible denominación y rechazan la posibilidad de identificar a sus responsables, aunque no tenga empacho en considerar que la desaparición de la URSS fuera una de las grandes pérdidas geoestratégicas de los tiempos modernos. La comparecencia conjunta con su colega el primer ministro polaco Tusk pocos días antes de la tragedia en el memorial de Katyn no bastará para aliviar las angustias subyacentes.
Como tampoco bastará para borrar la convicción de que la Unión Soviética se construyó sobre bases criminales y a lo largo de su historia, con sus diversas alternativas, no dejó nunca de ser un régimen con esas características. La idealización que la izquierda ha venido sistemáticamente realizando sobre el régimen comunista soviético, y que tan poderosamente empezara John Reed en los mismos días de la revolución, no han podido nunca evitar constataciones básicas. Una, elemental: el Gulag ya estaba en Lenin. La otra, aplicable a los creyentes de la secta- aquellos que no tenían otra guía que la de la abyecta aplicación de los deseos del Kremlin, contra o a favor de Hitler, contra o a favor de las democracias capitalistas, contra o a favor del reconocimiento de quien estuviera detrás de los crímenes de Katyn- tal como los retrató Malraux con dureza, cuando había superado el sarampión progresista: “los partidos comunistas no están en la derecha o en la izquierda: están en Moscú”.
Katyn es la terrible y definitiva demostración de que ninguna distinción política o moral separaba a Hitler de Stalin, a la Unión Soviética de la Alemania nazi. Es esta una horrenda ocasión para recordarlo. Y para poner definitivamente las bases que eviten su repetición. Para que la muerte de Lech Kaczynski, de noventa de sus compatriotas y de otros veintidós mil de mismo origen, todos caídos en las mismas inhóspitas tierras bielorrusas, no sean en vano. Que Dios tenga sus almas en su gloria. Y que Él conceda alivio al desconsolado pueblo polaco. Uno de los grandes que pueblan nuestro continente.
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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