La sierra violeta
jueves 15 de abril de 2010, 20:16h
Amenazo con artículo melancólico sobre un lugar. No es aún mi lugar en el mundo, sí el de mi padre. No es una sierra cubierta de espliego (alhucema, dirían los oriundos) sino que en un alarde impresionista tardío, muy tardío, el ojo ve las laderas de ese color. Mezcla de luz, tierra y envés de la hoja del olivo. No sé qué explicación científica facilitarles. Afortunadamente no es una zona turística de manual, de visitante de fin de semana apresurado que tranquiliza su conciencia urbanita con un barniz de campo y casa rural donde el agua caliente no sale de forma inmediata. Es curioso cómo algunos confunden la incomodidad efímera con la autenticidad. Si esta incomodidad se prolonga en el tiempo pasa a llamarse atraso.
En esta sierra violeta, los olivos están escalando hacia la montaña, trepan anualmente de forma ortogonal, sin desviarse, cada vez más pequeños, cada vez más juntos. Y los osados que viven en estas montañas, pastorean como hace siglos aunque ahora cada cabra debiera llevar guantera para mostrar toda la documentación necesaria.
A. y R. viven en esta montaña, se pelean a diario desde temprano porque la leche se venda a un precio mínimamente rentable. No es éste un artículo sobre la eterna guerra de los precios en origen y el margen de la distribución, pero hierve la sangre cuando una tosta con queso de cabra vale lo mismo que cinco litros de leche. Valor y precio, Antonio Machado y las asimetrías del mercado.
Lo mejor de esta sierra violeta, aparte de la gente que se esfuerza por habitarla a diario, es que la recorres con la mirada y no está etiquetada. No hay carteles señalizando Sierra Mágina por apenas ningún sitio. Las rutas no están demasiado bien marcadas y no hay un “centro de interpretación” en cada esquina. Es su defecto y su ventaja. Lo que no está etiquetado no puede venderse, ni consumirse rápido, ni fijarse como ruta en Google maps. Para conocerla, hace falta tiempo, hace falta conocer el vocabulario, del pujavante al garabito. Hace falta sentarse a comer trigo en torno a la sartén y escuchar. Invito a un paseo por el D.R.A.E.
Sus habitantes están intentando prolongar, al intentar vivir del ganado y del campo, una forma de vida milenaria, tal vez la única, cuando la compañía eléctrica te corta el suministro de luz. Ellos tienen dos hijas que tal vez preferirían una vida más convencional en el pueblo, cerca de sus amigas, compartiendo los paseos de calles estrechas en vez de los altos parajes que rodean sus ventanas. Yo también sentí eso en algún momento. Ya no, pero no quiero atajar un proceso que espero que ellas hagan por sí solas. Espero que I. y M. adquieran la suficiente distancia para admirar la sierra violeta.
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Coordinadora de programas de la Comisión Europea
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