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En busca del templo de Augusto

Concha D’Olhaberriague
martes 04 de mayo de 2010, 21:25h
Algunos años atrás, publicó el periódico La Vanguardia que el muy famoso y desvanecido templo dedicado a César Octavio Augusto en la Tarraco romana, capital de la Hispania Citerior, podría encontrarse bajo la Catedral de la Tarragona moderna. La noticia se renueva en la prensa estos días y por su importancia la incluyen, asimismo, publicaciones especializadas en Cultura Clásica.

Tras las prospecciones geofísicas llevadas a cabo en 2007 con tecnología puntera, los arqueólogos encargados del proyecto abrigaron la esperanza de dar allí con el edificio de ocho columnas frontales, unos treinta metros de altura y en torno a cuarenta de longitud, cuya ubicación exacta fue siempre objeto de debate.
Ahora no ocultan su optimismo y anuncian que en verano se comenzará a excavar.
Previamente tuvieron que conseguir la anuencia de la institución titular, el arzobispado local.

La ocasión era propicia, ya que la Seo permanecerá cerrada y sin culto durante unos meses, debido a trabajos de mantenimiento.
Los habitantes de la próspera urbe antigua fueron pioneros, por voluntad propia, en instaurar el culto al primer emperador, a quien dedicaron igualmente unos ludi o juegos.
Hay fuentes clásicas escritas que apoyan la existencia del monumento; también la numismática. Son numerosas las monedas acuñadas en el año 15 d.C. en las que aparece un templo octástilo -como el Partenón- en el anverso y la imagen de Augusto en el reverso.

Cornelio Tácito dice en sus Anales I.78 que a los hispanos se les dio permiso, en tiempos de Tiberio, para erigir un templo en honor a Augusto en la colonia de Tarraco, y, de esta manera, cundió el ejemplo en todas las provincias.
Si finalmente se hallara donde actualmente se indaga, no habría sorpresa alguna.

Desde época pretérita, los humanos hemos sobrepuesto un edificio a otro anterior por motivos diversos, y no sólo tras una campaña bélica victoriosa. La moda, los caprichos personales, las necesidades de tipo práctico o el azar han impulsado, con frecuencia, la suplantación total o parcial de construcciones y hasta ciudades, así como su abandono o anegamiento.

Y si hablamos de santuarios, a las razones antedichas se suman las rivalidades, incompatibilidad y exclusiones de tipo religioso e ideológico.
Un caso muy notable y espectacular es el de San Clemente de Roma, no lejos del Coliseo, con sus tres estratos visibles: una basílica del siglo XII bajo la cual hay otra paleocristiana del IV, y ahondando más, un altar del siglo I dedicado a Mitra, divinidad indoeuropea vinculada a ritos sacrificiales con el toro cuyo culto se extendió, principalmente, entre los soldados. En el cuarto nivel quedan, además, vestigios del incendio de época de Nerón, en el año 64 .

Un personaje de Pío Baroja habla de un tipo que creía en la anarquía como se cree en la virgen del Pilar, y su avispado interlocutor le espeta: “en todo lo que se cree se cree igual”. Quizá por ello puso tanto empeño Stalin en edificar el Palacio de los Soviets en el mismo emplazamiento que ocupaba la iglesia del Cristo Salvador de Moscú, la principal de la capital rusa, demolida por orden suya en julio de 1931 con tal propósito.

Bien distintas a las de Koba el Terrible son, sin embargo, las intenciones y designios de los estudiosos de la Antigüedad dispuestos a investigar en pos del templo del Divino Augusto, quien gustaba de visitar la ciudad hispana para reponerse de sus achaques y desgaste tras las campañas para sojuzgar a los cántabros e incluso adoptó la voz peninsular de “dureta” para taburete, según testimonio de Salustio.

Esperemos, pues, que los hados les sean propicios.


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