Setenta años de la batalla de Francia
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 07 de mayo de 2010, 21:18h
Nos llama vivamente la atención que el día de Europa coincida con la efemérides que nos recuerda la Batalla de Francia. Es verdad que el día de Europa rememora aquel precioso discurso-proyecto del político católico francés Robert Schuman, mediante el que Francia hacía con Alemania una unión económica de todos aquellos bienes con los que se hace la guerra, como el carbón y el acero. Lo pronunció la tarde del 9 de mayo de 1950. Exactamente diez años antes, el mismo día y a la misma hora, la Luftwaffe bombardeaba los aeródromos holandeses y belgas. Comenzaba la Batalla de Francia, o el Plan Amarillo, como lo bautizó Hitler.
Detrás de las aparentes coincidencias nos hablan siempre los dioses.
La Escuela Militar Especial de Saint Cyr, fundada por Napoleón y vivero de los grandes oficiales del Ejército Francés, está rememorando los setenta años de la desastrosa batalla de Francia con distintas publicaciones sobre este transcendente hecho, no sólo de la Historia Militar, sino también de la Historia Política. El hecho de que el general Gamelin, jefe supremo del ejército francés, fuera destituido por el jefe de gobierno, M. Paul Reynaud, el mismo día del ataque alemán hizo que Hitler emprendiese la batalla contra un generalísimo moralmente asesinado y al que encima su genio militar era temido por el propio generalísimo alemán von Rundstedt. Es así que según nos cuenta el general Blumentritt, jefe del Estado Mayor de Rundstedt, este último tenía muy alta opinión del general Gamelin, y parece ser que cierta vez exclamó con admiración. “¡El pequeño Gamelin sabe lo que hace!”. Además, según el diario de Leahy, embajador de los EEUU en Francia, la población francesa se mostraba tan apática y derrotista que muchas personas declaraban abiertamente que preferían la ocupación de las tropas de Hitler a sufrir una guerra. Más aún, Georges Michel, ministro francés de colonias, llegó a decir al mayor-general británico, sir Edward Spears, que en Francia no existía ninguna voluntad de luchar.
La mayor parte de los tanques franceses eran muy superiores a los alemanes tanto en blindaje como en el calibre del cañón, pero la teoría alemana sobre dicha arma descansaba sobre divisiones acorazadas independientes – táctica del ariete – y la francesa en la distribución de los tanques para apoyar la infantería, o lo que podía llamarse táctica dispersiva. La superioridad del tanque francés “Somua” de veinte toneladas y del tanque “B” de 31 toneladas, frente a los tanques “Kw II” de 10 toneladas y el “Kw IV” de 22 toneladas alemanes, no sirvió para nada porque durante toda la campaña el error táctico crucial consistió en la persistencia de los aliados en mantener un frente continuo, y el resultado fue el de que aunque tenían 130 divisiones nunca pudieran contar con tropas suficientes para llevar a cabo un contraataque enérgico. A este gran error hay que añadir la excelente calidad de los generales alemanes que participaron en esta gran batalla: von Rundstedt, von Kluge, von List, Busch, von Kleist, Guderian, Reinhardt, Hoth y Rommel. Pero ni siquiera el buen oficio de estos generales, sobre todo el de Guderian, hubiera ganado a Francia si el valor y el patriotismo del soldado francés no se hubiesen visto traicionados por el estado mayor francés. ¡La conquista de Francia costó a Hitler 162.556 soldados alemanes muertos!
Los diez primeros días de la batalla fueron de una tremenda pasión bélica y ferocidad. Nos llega a aparecer hasta cruel el afamado general alemán Rommel, que más tarde llegó a tener cierto halo de caballerosidad, cuando al segundo día de la batalla de Francia él mismo disparó un tiro a bocajarro al coronel francés recién apresado, valiente y patriota, que se negaba a obedecerle a la primera – quizás porque no entendía el alemán -.
El momento culminante de la Batalla de Francia, el que marcó el resultado, fue las 9 de la mañana del 18 de mayo, tras ocho largos días de lucha. El general Guderian había llegado con la 2ª División Panzer a St. Quentin, mientras a su izquierda, la 1ª División Panzer se acercaba a Péronne. Entonces el general Giraud, jefe del Noveno Ejército Francés, mientras efectuaba un reconocimiento del terreno, fue hecho prisionero “tontamente” por las tropas más adelantadas de Guderian, y aquello marcó el fin oficial de Noveno Ejército francés. La noticia del colapso del Noveno Ejército cayó en París como un rayo. Reynaud tomó su teléfono, llamó a Daladier preguntándole qué contramedidas proponía “el destituido” Gamelin. La respuesta fue: “Ninguna”. El pánico se apoderó del Gobierno y el terror de éste contagió y asoló como un huracán los puestos de mando. El 19 de mayor, lord Gort, el héroe de Dunkerque, empezó a considerar la necesidad de retirarse hacia las playas, y no sin motivos. Acerca de dicha jornada un comentarista anónimo escribe: “El Estado General francés ha quedado paralizado por esta inesperada guerra de movimiento. Las condiciones de fluidez en que se desarrollaba todo nada tienen que ver con los libros de texto; los cerebros al estilo de 1914 de los generales franceses, responsables de formular los planes de los ejércitos aliados, son incapaces de funcionar en esta nueva y sorprendente situación”.
Ante la caída del Noveno Ejército se llevó a cabo una reorganización del Gobierno. Daladier fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores y Reynaud se hizo cargo del ministerio de Defensa Nacional, nombrando a Weygand comandante en jefe, en sustitución de Gamelin, y a Pétain primer ministro delegado. Mientras, Guderian, abastecidos sus tanques de combustible que le arrojaban los aviones alemanes en grande contenedores con enormes paracaídas, seguía hacia adelante. Weygand ordenó el contraataque a través de un plan irreal, pero los ingleses se dieron cuenta de que aquel contraataque no era más que un proyecto fantástico, y Gort el 24 de mayo obtuvo permiso para retirarse hacia la costa. Siguió una guerra de palabras en la que los franceses echaron la culpa a los ingleses, mientras éstos la atribuían a los primeros.
Se ha dicho muchas veces que un error estratégico de Hitler, una equivocación inaudita, impidió la destrucción total del ejército inglés en Dunkerque, constituido por 366.162 hombres, al retirar los tanques que ya estaban encima de las tropas empavorecidas de lord Gort. Pero lo cierto es que toda aquella zona pantanosa constituía un vasto obstáculo antitanque y que Hitler, más perfecto conocedor de la capacidad de los tanques que muchos de sus generales, consideró que su utilización en la zona de Dunkerque, batida encima por dos semanas de lluvias ininterrumpidas, constituiría una “lamentable equivocación”. Hoy se piensa que Hitler salvó las tres divisiones blindadas de Guderian. Desde luego la evacuación inglesa constituyó un triunfo sensacional, como lo han sido tantas retiradas inglesas, y no obstante los violentos ataques aéreos, fue llevada a cabo metódicamente y sin pánico. Las causas del éxito quedaron al margen del control alemán, y fueron consecuencia de las medidas preparatorias adoptadas por el Almirantazgo inglés; al magnífico comportamiento de la retaguardia del Primer Ejército francés; a la obstinada resistencia de los hombres de Gort; al valerosos comportamiento de la Marina Real; al soberbio valor de la R.A.F. frente a la Luftwaffe superior; a la iniciativa de centenares de propietarios de pequeñas embarcaciones y, sobre todo, a que la cabeza de puente de Dunkerque constituía una formidable fortaleza natural.
El que frente al más poderosos ejército y la mejor arma aérea del mundo, un tercio de millón de hombres fuera trasladado a Inglaterra en nueve días, maravilló a los habitantes del Imperio británico. Fue una hazaña única y su terminación, el 3 de junio, marca la fecha en que, espiritualmente hablando, el pueblo inglés se lanzó lleno de coraje a la campaña. En cambio, para Francia constituyó una catástrofe.
La rapidez del avance alemán, que situó sus tropas de vanguardia en St. Dizier el 14 de junio y en Pontarlier, sobra la carretera suiza, el 17, se debió en parte al sistema de defensa de Weygand basada en posiciones “erizo” inexpuganables ( que dos años después imitaría Hitler en el frente ruso ). Guderian nos cuenta que al introducirse y encastillarse los franceses en sus “erizos” los tanques alemanes podían circular libremente por los espacios libres y todo cuanto tenían que hacer era continuar el avance hasta París, dejando que la infantería, en la retaguardia, redujera con calma los núcleos de resistencia. Por otra parte, el hecho de que Italia declarase la guerra a Francia el 10 de junio, contribuyó a aumentar la desorganización francesa.
Desde la iniciación de la batalla del Aisne hasta el 25 de junio, el país quedó dominado por la fantasía política, en la que el ataque a los molinos de viento se transformó de ficción en realidad histórica. El 10 de junio el gobierno francés abandonó París, y seguido por varios millones de refugiados ( Weigand sostiene que unos seis millones ) buscó primero refugio en Tours y luego en Burdeos. El 14 París fue ocupado por los alemanes, con lo que el corazón de Francia dejó de latir. Sin embargo, aún continuaban ofreciéndose panaceas utópicas, la mayoría de las cuales emanaban del fértil cerebro de Churchill. Según Churchill, Gran Bretaña debía ser conservada como reducto de la libertad en Europa; el gobierno francés buscaría refugio en Argelia, con 500.000 soldados; debía proclamarse una movilización en masa, y los franceses tendrían que practicar la guerra de guerrillas y hostigar a los alemanes hasta que sucumbieran de hambre. De todos estos ilusorios esquemas, fue una suerte para Churchill que el único practicable, es decir, la transferencia del gobierno francés a Argelia, no fuera adoptado, porque caso de haber obrado así, según señala Weigand, la consecuencia casi inevitable hubiera sido una invasión germana del norte de África, es decir, aquello que Churchill debió temer más y que hubiera obligado al héroe francés De Gaulle a iniciar la guerra de la Francia Libre y Resistente desde el Levante, cosa que no le hubiese hecho gracia a las apetencia colonialistas de los británicos.
Hoy el destino de Europa sigue en las mismas manos que las de aquellos que protagonizaron la Batalla de Francia; Alemania, Francia e Inglaterra. Un destino que indubitablemente nos llevará esta vez a un sol radiante, en cuanto que hoy estas tres naciones son amigas. E indefectiblemente vencerán la crisis.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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