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Salida de despacho de 7 p.m.

Mayte Ortega Gallego
martes 18 de mayo de 2010, 19:42h
Este título consiste en una sencilla prueba: recorra diagonalmente la ciudad de Madrid desde la calle Atocha hasta la calle Fuencarral. El viandante notará a su paso que ha de detenerse en múltiples ocasiones, no para evitar la zanja, que también, sino para ceder paso al coche oficial que sale presuroso de algún portón en edificio noble. Al llegar a destino, contabilice los coches oficiales, y asómbrese. Fin de la prueba.

Decían de Rodolfo Martín Villa que se subió a un coche oficial a los dieciocho años y no ha vuelto bajarse. Por lo que el viandante apreció no es el único. Dependencias estatales y autonómicas escupían coches negros de cristales tintados. Es el remedo de aquella primera película española, Salida de la misa de doce del Pilar de Zaragoza, de 1.896 (ahora hay ciertas disputas sobre la fecha real de la grabación, carne de tesis de doctorando). Como en aquella película, salen todos a la vez (para tal vez detenerse dos calles más abajo). Y es remedo y vergüenza de un país que no tiene con qué pagar sus pensiones pero que no parece dispuesto a quitarle el coche oficial a nadie.

Sabemos que la solución no estriba únicamente en aplicar el recorte del gasto a la partida de coches oficiales, amén de la lista de conductores que se van al paro. Lo sabemos pero intuimos que la ostentación del coche oficial es propia de países adinerados y/o analfabetos. Salvo en casos excepcionales, no se justifica que nos aguarden en fila los conductores a la salida de cualquier acto público. No se justifica que veamos la realidad a través de una luna tintada, porque nos distanciamos y luego no sabemos lo que vale un café y el metro se queda sólo para fastos de inauguraciones. He visto la cara de algunos políticos en esas situaciones, pensando: ¿cómo podrán meterse aquí todos los días, hacinados?, al menos vamos a ponerle televisión en el andén para que se entretengan las criaturas.

Te dicen en las escuelas de negocio que un líder es alguien que está al servicio de su equipo. Si pensamos en el cargo político como tal y al equipo como electorado, alguien ha confundido la premisa porque lo que sucede ahora es que el líder cuenta “con el servicio de su equipo”, con su dinero y con su coche oficial, entre otros.

Mayte Ortega Gallego

Coordinadora de programas de la Comisión Europea

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