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La metáfora que ronda

Antonio Domínguez Rey
viernes 21 de mayo de 2010, 16:40h
España es un país de metáforas. Y por excelencia. Hace tiempo que nos ronda una enorme de calado profundo. Y mira a la Estrella Polar, que señala, dicen marinos de fondo, el Norte.

Quien analice con tiento y un poco de hermenéutica los pasos políticos de las dos últimas legislaturas, observará el escarceo de modular las condiciones posibles de un giro importante de la democracia española. Y este esfuerzo se radicaliza desde el impacto de la crisis económica internacional. Su lectura avanza en las contradicciones internas del capitalismo y la necesidad de un cambio económico mundial. El reflejo en nuestro país coincide con una corrupción sin precedentes, de miles de millones de euros, y un paro laboral atroz cuya brida nadie sostiene, por mucho que el caballo, cabeceando, relinche. Un relincho como el del cuadro famoso. Remueve la estancia de sus límites.

España es el país europeo que más dinero internacional ha recibido, en cantidades industriales, durante más de veinticinco años. Y apenas hay industrias ni cerebros ingeniosos que lo rentabilicen en trabajo real para aquellas y estas generaciones.

¿Habrán concluido tales tiempos? Corría el año 1972, quizás 1973. En París. Y circulaba una hoja de pasquín entre la colonia española. En una entrevista, alguien preguntaba a un vasco exiliado: ¿Dejaran ustedes las armas cuando muera el dictador? Y más o menos la respuesta: Silenciaremos las armas cuando las cabras bajen a pastar a las autopistas.

Lo que no puede conseguirse en las urnas, al menos de momento, podría instigarse con un rodeo de imbricaciones, ajustes, traspasos de votos, y la definitiva pacificación de España. Y si se pide paz, diría el cartesiano de turno, entonces hay guerra, aunque sea camuflada. La paz del Norte, evidentemente.

Todo dependería de un pequeño, pero significativo encaje: que cesen las armas y se depositen en una mesa, o tal vez, en urna blindada. Aunque son de calibre corto, excepto las bombas, sus impactos, secos, estallan y rompen el silencio laboral de las urbes por las mañanas. Salen entonces a pantalla casi todos los políticos importantes con un discurso lleno de tópicos. La metáfora envuelta ya en uso, instrumentalizada. Algunos de ellos, redundantes: los últimos latidos, coletazos, las hebras del bullicio, el error improvisado debido al acoso de las instancias de Estado y apoyos internacionales.

Y el error de la precipitación puede haber tocado la tecla del salto metafórico. Urge encontrar el medio que permita el tránsito de un plano a otro, el vector que nos lleve a la meta prefijada, dicen expertos analistas del discurso. El silencio de balas y bombas tiene sus exigencias. No han retumbado en balde por más de cuarenta años y centenas de muertos, sin que el Estado pudiera hacer nada efectivo, antes y después de la transición democrática. Reduzcámolas al mínimo de sus tentaciones, bombas y balas. La circunstancia se presta. El error internacional del último disparo en Francia atrae consecuencias irreversibles para quien dispara o activa detonadores. Aprovechemos la coyuntura, dicen unos; ganemos tiempo, piensan otros. ¡El mínimo! La mesa, la urna. Luego, ¡Dios dirá¡, si su silencio no nos envuelve aún con nubes más oscuras, y truena.

La elaboración de condiciones para que esto se produzca exige un cambio profundo de la Constitución. No hay tiempo para proponerlo al pueblo. Ni condiciones parlamentarias para conseguirlo. Ni tal vez circunstancia igual en el futuro. La coyuntura de dispersión y asimetría democrática del país, cuyo funcionamiento es casi federado, permite esbozar un cerco de las comunidades históricas y otras anejas sobre el resto de autonomías. Invitemos a los extremos a sentarse de nuevo en la mesa con las armas en silencio. Abramos la puerta de las instituciones legalmente. Pasen unos a esta parte; inscríbanse los descontentos en otra, amparados por el gobierno de turno. Vengan los de orilla mar mediterránea a poner también su sello en el documento. La paz del Norte será el esplendor de una de las zonas más ricas, aquende y allende los Pirineos, de Europa. Abracémonos. Podemos pedir y exigir, incluso, el Premio Nobel de la Paz.

El corrimiento de votos, la incrustación de los extremos radicales en foros de ámbito reducido pero notables, chillones, más el éxito sin duda alcanzado, histórico, con nueva asalto a la Bastilla, permite soñar otro largo período de poder constitucional ya reformista.

La metáfora encuentra el fondo del salto, el apoyo de enlace entre la añorada República y la actual Monarquía. Seremos la primera República Monárquica o la primera Monarquía Republicana. RM o MR, para las siglas. Habrá discusión, sin duda, sobre la primicia de la letra y palabra iniciales. Un largo debate probablemente, pero la mesura se impone. ¿O vendrán sombras, nubarrones, tormentas? ¿Imprevisión de errores?

¿Seremos la primera Monarquía Republicana de la historia?

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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