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Entre el globalismo y la tradición: dilema del sumo profesional

Hidehito Higashitani
lunes 24 de mayo de 2010, 20:19h
En el habitual torneo bimensual del sumo profesional que acaba de finalizar en Tokio este domigo, el luchador mongol Hakuhô ha conseguido el campeonato por 14ª vez con 15 victorias sin registrar ninguna derrota. El torneo se celebra cada dos meses con una duración de quince días y resulta que desde el torneo de enero del año 2006 no hay ningún japonés que haya podido conseguir la Copa del Emperador que se concede al campeón de cada torneo.

Ya comenté en su día (23-jun.-08) que el búlgaro Koto-Ôshu se proclamó campeón absoluto en el torneo de mayo de 2008 siendo el primer luchador de origen europeo que coseguía la Copa del Emperador. Desde entonces han pasado ya dos años y parece que la afluencia de luchadores extranjeros en el mundo del sumo profesional sigue todavía en aumento.

Ante este panorama tan ‘desolador’ para los aficionados japoneses y los amantes de la tradición nacional, parece que se está levantando la voz cada vez más fuerte de la necesidad de controlar el número de luchadores extranjeros que pueden ser admitidos en el tradicional mundo del sumo.

Y como respondiendo a esa voz de alarma que levantan los amantes de la buena tradición, hace algún tiempo que la Asociación Japonesa de Sumo Profesional (JSA) estableció la normativa para restringir el cupo de extranjeros en la lista de luchadores haciendo que se permita solamente un luchador extranjero en cada ‘heya’ (establo o gimnasio a que pertenece cada luchador para entrenarse y vivir de forma comunal en un estilo de vida algo feudal dedicado al aprendizaje de los códigos y los modales exigidos para los luchadores). Como actualmente existen 52 ‘heyas’, el número de luchadores extranjeros que se permite en total puede llegar, como máximo, al mismo número de 52.

Esta disposición tomada por la Asociación parece que está motivada hasta cierto punto por los comportamientos no deseables de algunos luchadores extranjeros descubiertos en estos últimos años. En septiembre de 2008 Wakanoho, luchador ruso, fue detenido por la policía japonesa acusado de posesión de marihuana. Y al acto seguido otros dos luchadores de la misma nacionalidad, Roho y Hakurozan, dieron positivo también por marihuana en el test antidopaje. Y los tres rusos fueron expulsados inmediatamente del mundo del sumo profesional.

Estos casos, inéditos en la historia del sumo, escandalizaron y alarmaron no poco a la sociedad en general y sobre todo a los defensores de buena tradición de este deporte nacional.

El sumo, deporte altamente tradicional japonés, tiene su origen en el siglo octavo según el testimonio de las antiguas crónicas, Se podría decir que es una de las manifestaciones más íntimas de la identidad cultural, espiritual e incluso religiosa del pueblo japonés y no se trata de un simple deporte sino que está íntimamente ligado con la espiritualidad del pueblo japonés. De ahí que se les exija a los propios luchadores el respeto por una serie de rituales ceremoniosos y códigos tradicionales junto con cierta dosis de virtudes humanas como si se tratara de un samurai antiguo.

Y precisamente por esta razón, Asashôryû, el luchador venido de Mongolia y que ostentaba el máximo rango de Yokozuna en la jerarquía de los luchadores, se vio obligado, hace unos meses, a abandonar su carrera por la presión ejercida por la opinion pública indignada por su desobediencia a las rígidas disciplinas en la vida diaria y por su falta de ‘dignidad personal’ requerida para el respetado puesto de Yokozuna.

Actualmente existen más de setecientos luchadores registrados en la nómina oficial de la Asociación del Sumo Profesional de Japón. Y dentro de la categoría de Makunouchi, que es la ‘primera división’, por decirlo de alguna manera estableciendo un símil con el mundo futbolístico, a la que pertenecen los 42 luchadores más selectos, existen actualmente nada menos que 16 luchadores extranjeros. Y lo que es más lamentable para los aficionados japoneses es que el único puesto de Yokozuna esté ocupado por Hakuhô que es de Mongolia y que tres de los cinco puestos de Ôzeki (categoría que sigue a Yokozuna) estén ocupados por un mongol, un búrgalo y un estoniano.

De esta manera, ante este alto grado de ‘monopolización’ por los extranjeros de los primeros puestos de la clasificación, sigue la polémica dentro y fuera del mundo tradicional del sumo a favor y en contra de la medida tomada por la Asociación para limitar el número de luchadores extranjeros.

A mi modo de ver, la postura que debe tomar la JSA ante esta afluencia y empuje de los extranjeros dependerá exclusivamente de la idea que tengan los responsables de dicho organismo acerca del camino por donde quieren llevar este ‘deporte’ altamente nacional. Es decir, o bien elegir el camino de ‘globalización’ y de pretender la expansión y la popularización del sumo hacia el exterior como un deporte más como ya se había hecho con el caso del judo, que ha conseguido su universalidad y que hasta se ha convertido en una de las pruebas oficiales de la Olimpiada, o bien pretender mantener la tradición de este deporte con su elemento ceremonial, espectacular y cultural de una manera similar a las artes tradicionales como el teatro Kabuki o el Noh.

Mientras no se defina la postura de los responsables de la Asociación, se prolongará esta difícil polémica indefinidamente. El que suscribe, como buen aficionado y amante de este arte y deporte ancestral, se inclinaría más bien al segundo camino, pero con cierta apertura a los extranjeros que pretenden probar suerte en este difícil y duro arte de sumo.

Hidehito Higashitani

Catedrático de la Dokkyo University

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