crítica
Ortega redivivo: recuerdos de un maestro
sábado 12 de junio de 2010, 20:22h
José María Carrascal: Autobiografía apócrifa de José Ortega y Gasset. Marcial Pons. Madrid, 2010. 363 páginas. 22 €
En una de sus primeras obras, Jorge Luis Borges aportó una peculiar descripción del género biográfico: el biógrafo, apuntaba el genial argentino, escribe para despertar en el lector recuerdos que sólo pertenecieron al biografiado. Indudablemente, esta definición borgeana tiene algo de artificioso. Sin embargo, ese artificio identifica con precisión milimétrica el efecto que puede producir la lectura de cierta clase especial de biografía, las autobiografías o memorias, incluso aquellas que se escriben de forma fingida, como ha hecho José María Carrascal con su reciente Autobiografía apócrifa de José Ortega y Gasset (Marcial Pons).
Los recuerdos de Ortega quedaron sin escribir, al menos en el formato de unas memorias dignas de tal nombre. Y, a decir de su discípulo Julián Marías, los españoles no encontraríamos modo de consolarnos por esa falta. Pero parece que uno de nuestros periodistas más conocidos ha querido compensar aquella ausencia asumiendo la gran osadía intelectual de meterse en la piel de quien ha sido el más influyente pensador español del siglo XX (y no sólo del XX). No obstante, se ha dado el caso (poco conocido) de que José María Carrascal, según revela él mismo al inicio del libro, ha sido lector asiduo de Ortega, lo cual queda bien claro al leer esta Autobiografía apócrifa. De hecho, puede decirse que este libro aporta un nuevo grano a los anteriores esfuerzos realizados por otros biógrafos y estudiosos del filósofo madrileño para ampliar conocimientos sobre las conexiones entre su obra y ciertas facetas de su vida, en particular las que tienen que ver con sus diversas actividades públicas. Ciñéndonos al género biográfico, baste recordar aquí los volúmenes antes escritos por Marías, Gray, Abellán, Lasaga o Zamora Bonilla. Quienes han leído alguna de esas biografías o han estudiado a fondo a Ortega, incluso quienes están familiarizados con la ingente obra académica desarrollada acerca suya, no deberían ignorar el libro de Carrascal pues la originalidad de su enfoque permite identificar con máxima cercanía importantes aspectos del personaje y de su producción intelectual. No obstante, junto a este nivel de lectura que podríamos llamar para entendidos, caben otros aún más importantes.
Ante todo, el libro que comento ofrece una lectura idónea para quienes no hayan leído a su protagonista y quieran introducirse en su obra, así como para quienes le hayan leído de modo parcial o fragmentario y tengan interés en adquirir una comprensión más completa y profunda del autor. No es sólo que resulta más ameno y fácil familiarizarse con una obra de pensamiento empezando por conocer la vida de su autor. Tampoco es sólo que Carrascal escriba de forma clara y accesible (la claridad es la cortesía del filósofo, dejó escrito Ortega). Todo eso es cierto. Pero también lo es que la propia obra orteguiana, a diferencia de otras, reclama una aproximación biográfica, pues la mayoría de sus escritos e ideas surgirían como re-acción a situaciones y experiencias vitales e históricas concretas y cambiantes: lo que el propio Ortega gustaba llamar su “circunstancia”. De ahí que él mismo confesara alguna vez una escasa expectativa de ser justamente entendido en el futuro.
Aunque todavía hay más razones para tomar un primer contacto con Ortega a partir de su biografía. Y es que el carácter circunstancial de su obra no fue fruto de un temperamento caprichoso, incongruente o indisciplinado sino expresión de una filosofía propia y original, la filosofía de la razón vital. Según ésta, el sentido o significado primordial que cada persona da a cada cosa o suceso que tiene lugar en su mundo deriva de una perspectiva y de la función que lo interpretado cumple en la vida de cada cual. Así, volviendo a lo dicho hace un instante, conocer la “vida” de una persona, un autor, es la mejor manera (a veces, la única) de alcanzar la comprensión plena de sus pensamientos, de sus obras. Sobre todo, insisto, cuando esos pensamientos y obras no son fruto de una vida de retiro y contemplación sino que fueron alentados por una voluntad explícita de “salvar las circunstancias”, de afrontar, comprender e intervenir en la realidad circundante de cada momento: en el caso de Ortega, la realidad española en varias de sus dimensiones: la cultural, por supuesto, pero también y muy especialmente, la dimensión social y política. Lo que me lleva al tercer nivel de lectura que quería apuntar.
Esta autobiografía apócrifa consiente, en efecto, otra lectura más, o quizá dos más, referidas fundamentalmente a las ideas sociales y políticas de Ortega, según quedan expresadas en el libro. Cabe interpretarlas, por supuesto, como reflejo personal de una etapa convulsa y crucial de la historia de España: la que arranca en la crisis del 98, sigue hacia el final de la Restauración, atraviesa la Segunda República y la Guerra Civil y llega hasta la posguerra. Los historiadores podrán precisar en qué grado Ortega acertó o se equivocó al juzgar cada uno de los acontecimientos que conformaron esa época (y el lector podrá extraer también algunas conclusiones propias a ese respecto comparándolas con su propia concepción de nuestra historia). No obstante, dada la influencia ejercida por Ortega, así como su presencia y posición pública, es indudable que sus juicios sobre el periodo social y político que le tocó vivir constituyeron un ingrediente relevante del mismo.
Por último, es probable que algunos lectores de este libro (ojalá sean muchos) no puedan evitar que los juicios e ideas sociales y políticas que el autor atribuye a Ortega (siguiendo siempre su obra y otras fuentes fiables) le traigan al presente. Así, y esto es ya una impresión muy personal, probablemente piense Carrascal (como lo hace este comentarista) que algunos de los que defectos y problemas nacionales que Ortega identificó en su tiempo sobreviven aún hoy (entre otras razones porque algunos se empeñan en mantenerlos vivos). En verdad, una simple selección de las afirmaciones y quejas que el periodista pone en la pluma del filósofo podrían rebotarse contra la España actual: falta de una conciencia nacional unitaria, carencias educativas, desprecio de la excelencia y del esfuerzo, escasa o nula formación de nuestra clase política, gusto y abuso de la demagogia, divisionismos nacionalistas y partidistas, empecinamiento en políticas banales y sectarias, etc. Y como prueba fíjense en lo útil que ha podido resultar en los últimos tiempos un reclamo escrito por Ortega a las autoridades políticas de 1933: “¡En nombre de la nación, claridad!”. Indudablemente, Ortega siga vivo.
Todo esto y mucho más en la Autobiografía apócrifa de José Ortega y Gasset, de José María Carrascal.
Por Luis de la Corte Ibáñez