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Entre Rousseaus anda el juego

Pedro González-Trevijano
miércoles 16 de junio de 2010, 20:50h
A los que tengan la oportunidad de acercarse a Bilbao, les recomiendo encarecidamente que no dejen de ver la Exposición que el Museo Guggenheim dedica, en colaboración con la Galería Beyeler, a Henri Rousseau (1844-1910). El espectador tendrá así la suerte de disfrutar de la mayor retrospectiva -treinta obras- celebrada en España del originalísimo pintor francés. Tienen pues hasta el próximo 12 de septiembre para deleitarse con una muestra verdaderamente excepcional por estos entornos.

El Aduanero Rousseau, como es conocido en el mundillo artístico, es un pintor difícilmente clasificable en los movimientos de la pintura francesa de mitad del siglo XIX y principios del siglo XX, por más que su admiración a Picasso, y su incuestionable influencia en otros artistas como Gauguin, Léger, Delaunay y Kandinsky, le hayan situado en un lugar preferente en el advenimiento de las Vanguardias. Sin olvidar su amistad con uno de los teóricos estéticos de la época: Guillaume Apollinaire. Su ascendencia fue grande en los pintores impresionistas, en los precubistas, y hasta cubistas, en el fauvismo y en el ulterior desarrollo del surrealismo. Su alquiler de un estudio en el bohemio barrio de Montparnasse, y su participación en el III Salón de Artistas Independientes en 1886, así lo atestiguan. En este contexto, Rousseau aparece como un precursor de la modernidad. Del pintor galo, por vocación, y funcionario, por profesión, me cautivan -sin menospreciar sus composiciones urbanas-, sus exóticas selvas tupidísimas y follajes verdes plagados de animales salvajes. Este es el perfil más propio y diferenciador del creador nacido en el valle del Loira. De aquí, que siempre que he tenido la oportunidad de detenerme en sus lienzos, haya venido a mi memoria su semejanza con Juan Jacobo Rousseau. Este último, el principal teórico de la idea del pacto social y de la teoría democrática moderna, y su argumentación a favor de la idílica bondad natural del hombre, sólo corrompida por el desafortunado advenimiento de la vida social.

Dicho de otro modo, al ginebrino le habría encantado ver la representación de su pensamiento en las obras de Henry Rousseau. Lo de menos es, ¡que más da!, que el Aduanero Rousseau no hubiera estado nunca en las selvas tropicales, habiendo encontrado su inspiración en sus vistas al zoológico de París y en unas fotografías que le acercaban a ese entorno idílico. Su presencia en una hipotética expedición francesa en México carece de verosimilitud. La pintura, se acredita una vez más, es una cuestión mental. Tampoco el pensador contractualista se caracterizó por una vida, sí azarada, pero no intrépida. A ambos les sobraba, desde luego, imaginación, sin tener que desplazarse a recónditos lugares, para plasmar sus pinturas y argumentaciones. El sueño y la fantasía, en el caso de los dos Rousseaus, tanto del pintor como del pensador, desempeñan pues un papel fundamental en sus respectivos quehaceres. Si bien, y a diferencia de la obra de Francisco de Goya, El sueño de la razón provoca monstruos, sus monstruos no llevan aparejados tan explícitos, aunque no menos crueles, horrores.

Como apuntábamos al comienzo, ¡entre Rousseaus anda el juego! Un pintor falsamente naif, a pesar de ser autodidacta (aprendió copiando a los maestros del Louvre y del Palacio de Versalles), empezar a pintar a los cuarenta años de edad (tras su prejubilación en 1885 como funcionario del servicio de aduanas en París) y de la primera impresión que pueda brindarnos su minucioso y sencillo hacer. Que era un artista más depurado y complejo de lo que pueda atropelladamente parecernos, lo atestigua su peculiar e innato sentido de la profundidad, a pesar de sus incuestionables deficiencias de perspectiva y proporciones. No importa en este sentido la frontalidad y total hieratismo de sus motivos y personajes, ni tampoco la peculiar técnica plana de pintar los cuadros de atrás hacia adelante, con lo que ello implica, en la práctica, de sobre dimensionamiento y superposición acumulativa de una amalgama colorista y variada de flores, arbustos y árboles. Ni ese gusto tan suyo de situar los motivos como si estuvieran recortados y pegados, al estilo collage, sobre un plano.

En palabras propias, no exentas de vanidad, había acuñado un estilo: el del retrato-paisaje. Sirva, como ejemplo, una de sus obras emblemáticas. Me refiero al impactante, por su tamaño, El león hambriento se abalanza sobre el antílope, que tanto agradó a Matisse. El primer lienzo que tuvo la fortuna de vender, ya con sesenta y dos años, en 1905 al marchante Ambroise Vollard por doscientos francos. Sin echar en el olvido otra de las piezas maestras del francés, La gitana dormida, con la imaginaria de una bestia que, bajo la luna del desierto, merodea a una indefensa mujer tumbada con una guitarra.

No es una casualidad pues, como adelantábamos, el gusto de Picasso por el tardío artista, a quien llegó a brindar una cena homenaje, aunque no exenta de cierta chanza, en presencia de una treintena de lo más granado de la intelectualidad. Ni extraña por tanto el febril comentario de nuestro hombre cuando, refiriéndose al creador malagueño, expresó sin falsa modestia: “Usted y yo somos los pintores más grandes de esta era; usted en el estilo egipcio y yo en el moderno.” Aunque, como sucede tantas veces en la historia de la pintura moderna, nuestro artista fallecía en la indigencia en el Hospital Necker de París un 2 de septiembre de 1910, sufragando sus amigos el traslado de su cuerpo al cementerio Pére Lachaise. Ante su tumba Apollinaire redactaba un bello epitafio que el escultor Brancusi esculpía emocionado en su lápida: “…Gentil Rousseau, tú nos oyes… Te llevaremos pinceles, colores y telas a fin de que tu ocio sagrado, allí en la luz real, lo consagres a pintar, como hiciste mi retrato, ¡la faz de las estrellas!

Pedro González-Trevijano

Catedrático de Derecho Constitucional

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