Julian Barnes: Nada que temer. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2010. 304 páginas. 19 €
Julian Barnes es un agnóstico tanatofóbico que ha decidido conjurar sus miedos en este libro que no es autobiográfico, pero que lo parece. En él, el escritor inglés habla en primera persona de su familia, sus recuerdos, sus miedos y sus pensamientos. Con él construye una suerte de diario personal en el que, con humor y sin tragedias de más, realiza un auto psicoanálisis espontáneo y conciso.
La apertura del libro es toda una declaración de principios. Barnes nos avisa de que no cree en Dios pero de que, aún así lo echa de menos. De ahí en adelante, todas las reflexiones del autor de novelas como
Arthur & George tratan de poner sobre la mesa la contradicción que supone el terror a la muerte y la necesidad de creer en un Dios en alguien que niega por definición la existencia tanto de una realidad superior como la nuestra propia. En este sentido, el autor inglés reconoce sentir envidia por aquellos que tienen fe, ya que para ellos la muerte es una puerta de entrada, mientras que para el resto de la humanidad es de salida.
Barnes desearía poder creer, dejarse llevar por la “bella mentira” que, en su opinión, es el cristianismo, pero su mente racional le impide dejarse mecer por la dulce promesa de una muerte y, en consecuencia, una vida, con sentido. Ni siquiera los modernos sustitutos de la religión le convencen. Los laicos paraísos que nos ofrece la modernidad sirven de poco consuelo para un hombre que encuentra su único alivio en la ciencia. En la ciencia fría y cruel que desmiente sin ambages la inmortalidad del hombre. Que nos desvela que ni somos eternos, ni el centro del universo. Que concluye que todo lo que vive se encamina desde el primer segundo de existencia hacia su propia muerte y olvido.
Aún así, el escritor se recrea en su propia paradoja: la de un agnóstico que da por hecho que no hay nada detrás de la muerte, pero aun así teme a la nada como si está constituyera un ente real y palpable. La de un pensador que, a pesar de considerar la individualidad humana, el yo, una mera ilusión, vive obsesionado con la idea de su desaparición. Barnes quiere creer que el cerebro no es más que carne y el alma “un relato que el cerebro se cuenta a sí mismo”. Sin embargo, ha tenido que escribir todo un libro para convencerse a sí mismo de que “
no hay nada que temer”. Y pese a ello, no parece que haya conseguido vencer sus miedos.
Por Regina Martínez Idarreta