Esa España nuestra
domingo 04 de julio de 2010, 15:18h
Nuestro ministro de Deportes ya puede respirar tranquilo. La infartante victoria de España ante Paraguay –al final no fue el paseo que muchos esperabana-, ha llevado a La Roja hasta las semifinales del Mundial, lo que ya supone tal logro histórico que, aunque Alemania nos de boleto -algo que, visto lo visto, no sería tan extraño- todo el mundo se dará por satisfecho. No estaría mal soñar con llegar a la final, incluso con ganar el Mundial y puede que hasta tenga que tragarme mis palabras el domingo que viene y celebrar desde el dulce exilio que me impuesto este verano la victoria histórica de Villa y compañía, pero tengo la sensación –sin ser ni de lejos una gran conocedora de fútbol- que el equipo no acaba de jugar como se debe para vencer a un gran rival.
De todas formas, me encantaría que España ganara el Mundial, sólo por ver el cambio social que este triunfo traería consigo. Las victorias de últimos años en tantos deportes –tenis, fórmula 1, baloncesto, la Eurocopa de 2006…- han ido cambiando la percepción de nosotros mismos que tenemos los españoles y poco a poco, empieza a no estar tan mal visto eso de sentir como propios los colores de los equipos españoles. En singular, como vascos, como catalanes, incluso como alcarreños, los españoles nos enorgullecemos mucho de todas aquellas particularidades que nos diferencian a los de Quintalapiedra con los de Villarriba. Nos encanta supirar diciendo que no tenemos nada que ver con los vecinos de más allá, que no entedemos la mentalidad de los otros ni ellos la nuestra, sin entender que la diferencia y la pluralidad no sólo son una caracaterísticas maravillosas e inevitables de cada ser humano, tanto como lo que, en el fondo, nos iguala a todos. Lo que nos pasa a los españoles y en esto coincidimos vascos, madrileños, andaluces o murcianos, es que no nos gusta jugar en equipo. Nos resulta más fácil pasar de la comunidad para no responsabilizarnos de los fracasos colectivos y, en caso de victoria, la celebrarmos con la boca pequeña o, en el peor de los casos, monopolizándola como un logro singular de tal o cual persona o comunidad y no como algo en conjunto.
Es triste que tenga que ser el fútbol lo que al final vaya a conseguir hacernos ver que se puede ser euskaldun, nacido en Tolosa, y reunir todas las carácterísticas del vasco prototípico y, aún así, llevarse a las mil maravillas con un manchego o un asturiano y no sólo eso, trabajar y coordinarse con ellos para lograr un objetivo común. Que se pueden pasear orgulloso las singularidades de nuestra tierra, de nuestra patria chica, de la que quizás sea la única que nos haga sentir algo en el corazón, pero que eso no está reñido con esa cosa colectiva que es de todos y no es de nadie, que en lo bueno reconocemos vergonzantemente, con la boca pequeña, y que en lo malo la renegamos, que a pesar de todo es y está. Esa cosa que llamamos España y que tras cientos de años de marear la perdiz, puede que acabe tomando la forma de un equipo de fútbol.
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Periodista
Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset
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