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México: mediocres resultados electorales

lunes 05 de julio de 2010, 11:48h
Después de la grave derrota en las elecciones federales del pasado año, el gobierno y su partido, Acción Nacional (PAN), estaban obligados, para sobrevivir políticamente, a ganar algunas de las 12 gubernaturas en juego. Las primeras encuestas y estudios indicaban un amplio triunfo del Partido Revolucionario Institucional (PRI), al igual que las opiniones de estudiosos y comentaristas de la vida pública. Para nadie era un secreto la debilidad creciente, la falta de voluntad y la indecisión de los altos funcionarios públicos. La “guerra” contra el crimen organizado, pensada como un medio para recuperar legitimidad y popularidad, se empantanó y se convirtió en un bumerán. Al gobierno del presidente Calderón puede aplicarse lo señalado por Tucídides 25 siglos atrás: la ignorancia los hace audaces; la reflexión los paraliza.

Así las cosas, el Presidente arrojó todas sus fichas a la mesa: doble o nada. Esta actitud envenenó el clima electoral desde antes de comenzar las campañas. El Presidente rompió con los acuerdos tácitos con el PRI (y algunos suscritos) para aliarse electoralmente con una fracción del Partido de la Revolución Democrática (PRD), la soi-disant izquierda, que negó la legitimidad del triunfo de Calderón y lo declaró “ilegítimo”. Esta alianza provocó la condena de importantes líderes de ambos partidos y la salida de muchos militantes. Más sorprendente resultó que esta absurda coalición postulara a ex priístas, uno de ellos renunció la víspera de su designación. Doble manifestación de flaqueza: falta de votantes y carencia de liderazgos.

Las acusaciones mutuas no tardaron en aparecer: la oposición acusó al gobierno de utilizar los recursos de los programas sociales para la compra de votos y el PAN hizo lo mismo con algunos de los gobernadores priístas. El bisoño presidente de este partido exhibió las supuestas escuchas telefónicas de dichos funcionarios olvidando dos pequeños detalles: la ilegalidad de las grabaciones e indicar su origen. Este no pudo ser otro que los servicios de inteligencia del gobierno federal. Cuestionado al respecto, se refugió en el mutismo.
Era de esperarse, en un país convulsionado por la violencia, que ésta hiciera acto de presencia sin distingo de partidos. Desde el mes de mayo, la pregunta era hasta dónde llegaría. No hubo que esperar mucho para conocer la respuesta: un candidato a gobernador del PRI asesinado. Ha resultado muy cómodo atribuir todos estos hechos al “crimen organizado”, abstracta identidad que cubre a un sinnúmero de autores intelectuales que nunca son identificados. Se apresa a gatilleros que confiesan cualquier cosa. No se tiene información alguna acerca del secuestro del líder del PAN, Diego Fernández de Cevallos, de los candidatos asesinados y ni siquiera de los atentados contra las sedes de los partidos. Pareciera que se hubiera buscado crear un clima de terror para evitar la participación, ya que se conocía la tendencia de los votantes, aunque esto es imposible saberlo a ciencia cierta.

Por si faltara algo, a cuatro días de las elecciones, la efectiva Fiscal Federal para Delitos Electorales renunció a su cargo a fin de permitir la designación de una persona “más cercana a las políticas públicas que desea el Ejecutivo federal”, según reza el texto enviado al presidente Calderón. Estas políticas no son otras que impugnar las elecciones ante los tribunales, como se intentó, sin éxito, en la primera elección del año, con la alcaldía de Mérida, emblemático bastión del panismo en el sureste del país.

A pesar de la polarización política, la jornada electoral transcurrió sin incidentes graves. A las 21:00 horas aún no se conoce la tasa de participación pero sí los resultados en diez entidades de la República: el PRI gana en nueve, quitándole dos gubernaturas al PAN y una al PRD, pero pierde un bastión importantísimo, Oaxaca, en el que triunfó la alianza PAN, PRD y otros partidos menores. En otros dos estados importantes, Puebla y Sinaloa, ninguna encuesta de salida ha señalado al ganador, debido a que las diferencias son mínimas. De estos resultados dependerá la calificación general a la apuesta presidencial. Sin embargo, ya puede sostenerse que el PRI continuará siendo la primera fuerza electoral del país.

Más importante para el futuro será conocer, a la luz de los resultados en Puebla y Sinaloa, que probablemente se resuelvan en tribunales, el buen o mal funcionamiento de las alianzas anti-PRI. Hasta el momento fracasaron en tres casos y triunfaron en uno. De ganar en los dos estados pendientes, se consolidaría la tendencia a formar coaliciones, en las que el verdadero triunfador será el gobernador electo que se sentirá libre de compromisos con los programas y principios de los partidos que lo llevaron al poder.
Falta aún por conocerse cuál será la composición de los congresos locales y los resultados de las elecciones municipales, pero éstos serán materia del siguiente artículo.
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