Rumbo a Etruria
martes 06 de julio de 2010, 21:17h
Recién terminado el curso, sin mediar apenas un par de días, emprendo un viaje conocido en pos de la lengua y los vestigios de los etruscos, ese pueblo diestro, espiritual y refinado que habitó en la península itálica, entre el Arno y el Tíber, dicen las fuentes clásicas, compartiéndola, y no siempre en son de paz, con los griegos de Parménides y disputándosela, luego, con peor fortuna, a los romanos.
Inquieta aún el desvanecimiento de los etruscos o tusci, habitantes de la Toscana, cuya habla dejó su impronta en el latín de la región florentina; todavía hoy pervive, allí, la llamada “gorgia”, rasgo de la pronunciación del italiano heredado de aquellos antepasados de origen incierto.
Consiste en decir algo parecido a “jasa” en lugar de “casa”, me confirma mi amigo Salvatore, sabio profesor de Italiano de la UNED y natural de Agrigento, la ciudad siciliana de Pirandello y los templos griegos.
En el aeropuerto toca el engorro de descalzarse, quitar esto, poner lo otro en la bolsa transparente o separar el ordenador de acuerdo con los vaivenes de un código difícil de descifrar.
Volver a un sitio y releer un libro son placeres renovados y acrecidos.
Hace quince años vine a esta tierra feraz y hermosa, con colinas ondulantes y valles de vino y cereal. Entonces el itinerario comenzó por Roma y discurrió por la costa tirrena hacia el interior hasta la zona más septentrional de la antigua Etruria.
Ahora, en cambio, aterrizamos en Bolonia la docta, según Marcial, mi ciudad favorita de Italia por el tono rojizo de sus edificios, su aire armónico y medieval, su vitalidad.
Por las calles hombres y mujeres hablan de fútbol, la pasión más compartida. Pobre de aquél a quien no interese.
Cerca de Bolonia se halla el yacimiento etrusco de Marzabotto, ciudad efímera de donde partió la primera oleada etrusca hacia la Emilia Romaña.
Situada en un enclave boscoso y dotado de acuíferos procedentes del cercano río Reno, era un paso ineludible en la vía entre Etruria septentrional y la llanura padana.
A mediados del siglo IV a.C los marzabottanos padecieron la irrupción agresiva de los galos que dio al traste con la vida plácida de la urbe.
Florencia, Fiésole, Volterra, San Geminiano y Siena son las estaciones que concatenan la ruta al salir de Marzabotto.
Nombres de buen augurio, algunos, puestos por los romanos rebautizando, a veces, localidades del pueblo de los arúspices lectores de entrañas, el culto a la otra vida y las esplendorosas necrópolis, testigos parlantes de sus hondas y venerables creencias.
A Cosme I, un Medici, debemos el inicio del Museo Arqueológico florentino con una colección sin par de piezas de arte etrusco tales como la furiosa Quimera de Arezzo, una de las esculturas zoomorfas en bronce más perfectas por su conjunción de buena factura técnica, fantasía y realismo; el sarcófago de terracota coloreada de la majestuosa Larthia Seianti, quien lo preside recostada sobre él provista de una lujosa vestimenta y sujetando un espejo en la mano izquierda al tiempo que con la derecha se retoca el velo; o el retrato en bronce de un orador pidiendo silencio, conocido como el Arringatore.
Tienen estas dos últimas obras un atractivo adicional. En ambas hay breves inscripciones en lengua etrusca con los nombres correspondientes de las personas representadas.
Aulo Metelo, hijo de Bel y de Besi, leemos en el borde de la toga del rétor. Y es que los etruscos, a diferencia de los pueblos clásicos griego y romano, indicaban el nombre del padre y de la madre, y las mujeres participaban en el banquete como iguales y no en calidad de prostitutas o animadoras a la manera de la auletrix o flautista del simposio heleno.