reseña
Lola Beccaria: El arte de perder
sábado 10 de julio de 2010, 01:25h
Lola Beccaria: El arte de perder. Planeta. Barcelona, 2009. 340 páginas. 20 €
Galardonada el pasado año con el premio Azorín de narrativa, El arte de perder es una novela ágil e interesante, que tiene cierta familiaridad con Mujeres que aman demasiado (1986), de Robin Norwood. Ambas exponen relaciones de frustración extrema; en un caso, por darse casi sólo a través de e-mail y, en otro, por el alcohol, causas que son en verdad efecto de otra más profunda: el miedo a la intimidad. Y es este fondo de sufrimiento lo que permite mirar desde ellas toda otra relación.
El dato reciente de que el 20 por ciento de las entradas en Internet son para Facebook, grita un deseo de compañía pero, a la vez, la incapacidad para realizarlo. Se trata, pues, de una lucha inconsciente entre el miedo y el deseo, que lleva a juegos de gato y ratón, que provocan un dolor que anestesia el deseo.
“Amar o jugar”: ahí la cuestión que plantea Lola Beccaria, con el esmero de Spinoza de no ridiculizar, lamentar ni detestar las acciones humanas sino de entenderlas, a través de esta historia entre el consabido hombre frío e inalcanzable y la correspondiente mujer empeñada en reconvertirle. Historia que da un giro inesperado, cuando la protagonista se entera de que existe un tipo de comportamiento llamado en psicología “pasivo agresivo”, que consiste en necesitar y a la vez rechazar el amparo y el aprecio de alguien. Es agresivo porque busca, y es pasivo cuando encuentra. Es una lucha interna sin planificación consciente; pero basta que uno se acerque para que, con precisión matemática, el otro demore. Los dos necesitan por igual ese juego que les distancia tanto como les ata, y les ata sufrir.
La protagonista descubre que el problema no venía del otro sino de haber callado la propia emoción. Se finge por miedo al ridículo y al rechazo, pero al callar se juega, y el juego es el destino, o desierto, que seca las almas solitarias. Entonces, si el miedo lleva a perder, ¿por qué no escoger abrirse, y así ya de perder que al menos sea por ser como se es y no por un disfraz? Así, a medida que empezó a hablar con sinceridad, perdía miedo a sentir, a exponerse…, y en definitiva, perdía miedo a perder. Concluye Beccaria que sólo se puede amar cuando se siente que no se pierde nada; cuando ya no se le da, a amar, la más mínima importancia.
Si hablar destruye el juego, lleva a compartir, y a empedrar el camino del amor que el silencio arrasa; el conocimiento lleva a ver, en vez de a un “don Juan” sin sentimientos que no quiere comprometerse, a un ser tan sensible como ella, que anhela el amor tan desesperadamente que cada vez que está a las puertas de conseguirlo sale corriendo como Cenicienta, porque teme que el hechizo se rompa y sea visto como cree que realmente es.
Repetir la típica reacción de desgarro y reproches, como vengarse, o compadecerse y acceder una vez más a su llamada, era seguir jugando. De modo que, después de tanto empeño, sólo cabía rendirse, y brindar al mundo un final hermoso, una despedida reconfortante pese a dolorosa; pues la verdad, como una inyección, duele pero cura, pincha con dulzura un camino para poder salvarse.
Por Isabel Ferreiro