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El escritor y sus inéditos

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 19 de julio de 2010, 18:46h
Todo el que se consagre con ahínco a la escritura en sus diversas modalidades y sea cuál sea su oficio intelectual –filósofo, ensayista, historiador o poeta- no apreciará en mucho su trabajo si no posee, al lado de su obra publicada, otra inédita. La naturaleza y destino de ésta puede ser, a su vez, vario. En ciertos casos, la voluntad del autor será otorgarle la condición de póstuma; en otros, condicionará su aparición al surgimiento de coyunturas más propicias que las imperantes en el momento de redactar las páginas en cuestión, y, finalmente, libros y poemas frustrados en la axiología de su redactor, estarán condenados, en el pensamiento de éste, al olvido eterno…

Mil son, pues, las causas del “ineditismo” de parte de la producción de firmas de asiduo empleo del recado de escribir y de otras parsimoniosas en su comercio con las imprentas. Algunas veces estribarán en el temor a provocar daños a la memoria de individuos e instituciones pintados au noir en sus manquedades y deficiencias; mientras que en otras tesituras será la conciencia, del lado de los autores, de la precocidad y adelanto de sus ideas y planteamientos, necesitados del correr del tiempo para interpretarse y aprovecharse correctamente; sin que, por último, falten tampoco escritores que no desean revelar, en vida, secretos familiares o profesionales.

Dado el lógico y extendido deseo de publicidad y, en el mayor número de los ejemplos, de perennidad de los aquejados por el dulce tormento de poner blanco sobre negro –lletraferits los llaman, como es bien sabido, los catalanes, con su realismo característico- es muy plausible imaginar que, globalmente, habrán de ser muy escasos los que destinen a la oscuridad y silencio una porción mayor o menor de lo alumbrado por su pluma. Pero aunque, en líneas generales, sea así, se cuentan numerosas excepciones. Nadie engolfado en los menesteres de la cultura habrá dejado de conocer a autores reputados en el ámbito de sus respectivas especialidades de los que se sabe, con fehaciencia, inéditos en cifra elevada o muy subida, como igualmente pertenecen a la experiencia común y casi cuotidiana las noticias periodísticas acerca de la salida al público de testimonios y recuerdos literarios e historiográficos de primer orden mantenidos en la sombra y fuera de miradas indiscretas durante un largo periodo. Y no son pocas las situaciones en las que la obra inédita resulta ser superior en cantidad y calidad a la impresa, con la consiguiente y gran sorpresa de comprobar cómo pensadores y hombres y mujeres de letras juzgados con toda exactitud de ágrafos o semiágrafos durante su existencia terrenal vienen a ser escritores caudalosos y de nutrido censo bibliográfico (también, por supuesto, pictórico, musical o científico, pues el fenómeno dista de circunscribirse al área literaria). Obras cimeras, que marcaron un punto y aparte en la trayectoria de sus diferentes territorios, poseyeron un día la índole de inéditas.

En este tiempo de verano, tan amistado con la lectura reposada y de cita más favorable con la creación artística y literaria, ninguno de los cultivadores de sus anchos dominios debe dejar, con espíritu de exigencia estética y social, de acrecentar el catálogo de su labor con obras ennortadas hacia las imprentas o bien a gavetas cuidadas con pulcritud a la espera de sazón propicia y la sanción y el justiprecio adecuado de los contemporáneos, de ésta o de las generaciones del porvenir.
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