Michelle Obama en Ronda: crónica casi rosa
domingo 15 de agosto de 2010, 00:19h
Luis María Ansón trazó la semana pasada un paralelismo plutarquiano entre la señora Obama, primera dama mundial, y el señor Cameron, premier británico. La ocasión venía que ni pintada porque ambos estaban veraneando en nuestro país, cerca el uno del otro. Cameron, de incógnito, en una hacienda de la Serranía de Ronda: Michelle Obama en Benahavís, en un hotel de lujo, rodeada de guardaespaldas. Mientras que el primer ministro caminaba por los Llanos de Libar sin más escolta que la de los quejigos y las encinas, la emperatriz visitaba con su séquito dos de las joyas de la nación, Granada y Ronda. Una multitud ansiosa de ver por fin a alguien de verdad, alguien con plaza en los noticiarios de la tele, la siguió enfervorizada en su periplo.
Como buen sacerdote de Delfos, Ansón elogiaba la republicana discreción de Cameron y censuraba los dispendios pequeño-imperiales de la presidenta americana. Su argumento se ha oído en todas partes: en tiempos de crisis hay que dar ejemplo y ser austeros. Yo no estoy de acuerdo. Creo que en tiempos de crisis lo que hay que hacer, si se tienen posibles, es gastar. Para ahorrar ya están los funcionarios, los pensionistas y los articulistas del Imparcial.
El deber del pobre es ser austero, el del rico gastar a manos llenas. Un rico encogido es un avaro, un pobre gastoso un manirroto. La actual crisis de la economía no la han producido los excesos de los ricos, sino los excesos de los pobres, que han gastado más de lo que podían. Ahora estamos con la soga al cuello, y aunque haya linces que vean por doquier brotes verdes, la verdad es que sólo saldremos de ésta cuando aceptemos que somos mucho más pobres de lo que quisiéramos.
Yo creo que las primeras damas deben gastar sin pudor; no sólo ser ricas, sino también parecerlo. Eso sí, siempre que se trate de su dinero. Con el dinero público no se puede ser tan rumboso. El estilo concejal de cultura –los concejales de cultura han marcado un estilo en la época del pelotazo- es inaceptable. Dicho de otro modo: está bien protestar porque el Estado recompense a los jugadores de futbol como lo ha hecho, pero no porque estos se gasten como les plazca sus ganancias.
El modelo Cameron, por el que siento personal simpatía, será todo lo ejemplar que se quiera, pero es una ruina. Si todos los que verdaderamente pueden deciden volverse austeros estamos perdidos. Considérese, además, el plano espiritual. España necesita con urgencia que Belén Esteban descanse. Hacen falta nuevos temas de conversación y las primeras damas son una fuente inagotable de anécdotas. Mis preferidas, esta vez, son la despedida de la gitana del Sacromonte, “ojala pueda uzté vení el año prózimo con el zeñó Mojama”, y el comentario de una rondeña con pretensiones a un periodista a las puertas de la casa del Rey moro: “la señora Mojama ha venido aquí para entrevistarse diplomáticamente con el señor Camarón” (el de las islas británicas, se entiende). Dos buenas perlas que engarzar en el collar patrio.
Fíjense lo felices que nos ha hecho la visita de la mujer del presidente de los Estados Unidos que el dueño de la Casa del Rey Moro de Ronda le ha puesto su nombre a uno de los balcones que asoman a la garganta del Tajo. En la única foto en que ambos coinciden, la dama y el balcón, se la ve llegar a ella sin aliento mientras su hija, más rápida, la espera resoplando con cara de adolescente en el lugar donde se colocará la placa conmemorativa. Aquellos que no conozcan el lugar tal vez se pregunten por el por qué de estas caras descompuestas, pero para quienes han bajado y subido la Mina, gigantesca, empinadísima y fortificada escalera construida por los musulmanes para transportar el agua del rio hasta arriba, la cosa carece de misterio. Ya en el Quijote se cita esta horrible maldición: “en Ronda mueras cargando zaques”. Los zaques los subían justamente por esta escalera los cautivos cristianos que hubo en Ronda hasta que los Reyes Católicos la conquistaron en 1485. Nunca salió vivo ninguno y eso a pesar de la pacífica convivencia de religiones que, como ustedes saben, imperó en Al-Andalus. Para recordar sus sufrimientos, la Reina Católica mandó colgar las cadenas que llevaban en la iglesia de San Juan de los Reyes de Toledo, donde todavía pueden verse.
No sé lo que les habrán contado a las Obama, pero estoy seguro de no olvidarán con facilidad este sitio. La Mina es un lugar único. No el más bello de una ciudad donde la belleza apenas llama la atención, ni tampoco el más valioso, pero sí, quizás, el más sorprendente. El momento ideal para visitarla no es, sin embargo, el verano, pues la Mina sólo muestra toda su desoladora tristeza cuando el agua se filtra por las paredes y chorrea por los pétreos escalones evocando el sudor y las lágrimas de los esclavos que murieron recorriéndola. Será por eso que al salir, particularmente los días de nieve, uno tiene la impresión de haber cruzado algo más que un simple umbral.