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Aznar I, el “desleal”

miércoles 18 de agosto de 2010, 19:33h
Mientras medio mundo se ahoga y las espectaculares imágenes de imposibles riadas arrastrando coches y personas igual que frágiles hojas otoñales se convierten en protagonistas de los telediarios, la política intenta pasar, como lo hace cualquier mes de agosto, de puntillas por las informaciones. Los políticos también necesitan vacaciones, alegan. Que les dejen por lo menos unos días disfrutar alejados del hostil mundo del escaño, sin la obligación de tomar decisiones, hacer declaraciones o sentarse en el despacho para escuchar de sus fieles asesores la última genialidad que les ha venido a la mente.

Por fin, es agosto. Ese mes “inhábil”, en el que, como dice un castizo refrán, el frío se siente ya en el rostro, que invita a la deserción de las grandes ciudades para cambiar el atasco camino al trabajo por el del paseo marítimo en busca de un huequecito en el que instalar la toalla. Días de meter en un cajón todo aquello que se puede dejar para septiembre y tardes de siestas bajo la sombrilla o la copa de un árbol con la mente sosegada, muy lejos de problemas y de responsabilidades. Ropa ligera, informal, que favorece con el moreno yodado, sin corbatas y sin tacones. Y los políticos, también tienen derecho a ello. ¿O acaso creen ustedes que no?

Puede que, como ocurre en la mayoría de los casos, el asunto de las vacaciones de los señores y señoras de la política se solucione, simplemente, de acuerdo con los mandatos del sentido común. Lo cierto es que las modas y las crisis han ido mermando la duración de aquellos agostos de antaño en los que la estancia en el apartamento playero o en la caravana del camping se contaba por mes completo. Ahora, las vacaciones de agosto, para quien todavía puede permitírselas, son como mucho de quince días. Y en el caso de los políticos normalmente no pasan de diez. Seguidos, me refiero. Porque los políticos, especialmente en los tiempos que corren, no pueden permitirse “desaparecer” del mapa como si de un ciudadano anónimo se tratara. Mucho menos si los acontecimientos se imponen al casi abolido éxodo veraniego y las cámaras apuntan, sin encontrar al responsable de figurar al frente del problemón del momento. Las consecuencias electorales pueden ser catastróficas porque hay que reconocer que, en realidad, el ciudadano es poco comprensivo con estas ausencias de sus políticos y, de hecho, la mayoría de ellos hace sus escapadas casi de incógnito, ocultándose, y no sólo para que no le saquen en bañador embadurnado de arena y apestando a aceite de coco.

Los políticos saben bien que, a veces, tomarse vacaciones puede ser “peligroso”. Que se lo digan, por ejemplo, al alcalde Moscú, increíblemente ausente a pesar de la situación que vivían sus ciudadanos, obligados a caminar con mascarillas o a quedarse a remojo en las fuentes, y que ha visto cómo sus expectativas electorales se han ido a pique por una falta de visión, o más bien empatía, imperdonable en un gobernante. Tardó en volver para ponerse al frente de la crisis y eso se paga. Claro que, por fortuna, no siempre ocurre una tragedia como la de Moscú para señalar con tanta claridad que un político debe estar y dejarse ver en la foto. Hay veces en las que cabe la duda. ¿Es mejor ir o no ir? ¿Dejarse ver o hacer unas declaraciones desde el refugio veraniego?

Sería interesante saber qué preguntas, si es que las hubo, se hizo Aznar antes de plantarse ayer en Melilla por sorpresa y coger al resto de los políticos con el pie cambiado. María Dolores de Cospedal ha asegurado que Aznar avisó a Rajoy de su visita, añadiendo que la cuestión no es la de quien va a Melilla, sino la de quien no ha estado. Pues eso.

Y José Blanco, enfadado como no le veíamos desde que aterrizo en Fomento, ha acusado al ex presidente de deslealtad al Gobierno y a España. Se podría decir que, en todo caso, la deslealtad habría sido para con los demás políticos, de ambos partidos, manifiestamente ausentes por vacaciones.

Una última cosa, ¿sabe alguien por qué ha ido a Melilla Aznar?

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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