www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La sencillez del genio

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 03 de septiembre de 2010, 21:18h
Cuando un estratega indiscutiblemente genial como Erwin Rommel escribe a su mujer, “queridísima Lu”, sobre el ingenioso método con el que trata que los piojos y los chinches no trepen a su cama durante su asedio a Tobruk o cómo consigue una higiene personal aceptable con medio litro de agua, estas realidades sencillas y cotidianas, a las que se enfrentaba como cualquier otro soldado germanoitaliano, hacen al general mucho más grande, a diferencia de sus “compañeros” generales italianos, como Bastico, Cavallero, Gambara, De Georgis o Graziani, a quienes el poco ánimo que despliegan para encarar estas miserias del soldado los hacen particularmente antipáticos, siendo su inutilidad y malhumor ante los pequeños contratiempos proporcionales a su infinita incapacidad como generales. Diríase que el hombre grande, verdaderamente grande, muestra su ingenio y ánimo resolutivo en todas las facetas de la vida. Napoleón también fue así. Su probable megalomanía nunca lo separó del uso del ingenio para resolver los problemas más básicos que tiene todo hombre: su limpieza personal durante sus larguísimos viajes en diligencia por Europa, su maestría a la hora de coser su ropa en Santa Elena, etc.

El zar Alejandro III, especie de gigante Goliath, el mejor zar que tuvo Rusia, vestía como un mujik sencillo. Sus placeres eran los trabajos rudos de los hombres de los campos, en lucha con la áspera Naturaleza: desbrozar malezas, derribar árboles, cortar leña y llevarla sobre sus anchas espaldas a su hogar imperial. En invierno, con una inmensa pala levantaba la nieve a fin de trazar el sendero que llevase a la puerta de su residencia imperial. Él mismo hacía el té que repartía a sus ministros, a sus generales, a los embajadores extranjeros y a sus amigos más íntimos. También, como Napoleón se cosía su propia ropa y hasta la de sus hijos. Su celo administrativo en el gobierno de Rusia era una de las formas que tenía en él el celo religioso. Fue el más grande zar de Rusia y el más sencillo.

Una sencillez elegante y natural percibimos en Julio César cuando su insaciable curiosidad le lleva a ver cómo fabrican las velas de sus barcos los vénetos, qué comen los britanos, cómo es la ropa de los distintos pueblos galos, qué usos escandalosos pueden tener las ocas, o cómo se forman las familias y los clanes. Todo lo mira con respeto. No estando su mirada más alta que la de los otros hombres. A eso tendremos que añadir que come lo que los soldados, y camina y nada más que sus legionarios. Magnífico aticista, sus Commentarii ( Hypomnémata o Memorias de Guerra ) están libres de exornación y artificio, consiguiendo un estilo natural que crea una de las prosas más clásicas de la latinidad, llegando a los sublime con sencillez.

La sencillez es la virtud de los hombres verdaderamente grandes. El hombre con afectación nunca llega a ser verdaderamente grande, porque en su afectación se aleja de ese terreno que no es de las bestias ni de los dioses, sino de donde habita el hombre, siguiendo la genial categorización, fundada en oposiciones, de Aristóteles. Sólo el hombre sencillo ( “singulus”, uno en particular ) es un hombre auténtico ( “authentikós”, que obra por sí mismo ). Es decir, sólo el hombre sencillo tiene un sabor propio, un carácter propio, ajeno a la moda, las sectas, las banderías y las efímeras corrientes de opinión. Sencillez es la coherencia de lo concreto y estable. Diríase que ser un hombre sencillo es la primera condición para llegar a ser un hombre liberal, abierto al mundo desde su particular punto de vista. Y sólo desde una estable concreción particular se puede entender lo universal. Hombres sencillos fueron, además de los mencionados, Ramsés II, el Rey David, Darío, Leónidas, Pericles, Aníbal, Justiniano, Carlomagno, Abderramán III, Guillermo el Conquistador, San Luis, Rey de Francia, Roger de Lauria, Hong-Wu, Juana de Arco, Mohamed II, Isabel La Católica, Gonzalo Fernández de Córdoba, Solimán el Magnífico, Juan de Austria, Gustavo Adolfo de Suecia, Lord Clive, María Teresa de Austria, Horacio Nelson, Palafox, Zumalacárregui, Disraeli, Moltke, Garibaldi, Abraham Lincoln, Benito Juárez, Gabriel García Moreno, Clemenceau, Woodrow Wilson, Marshall, Vicente Rojo, Rafael García-Valiño, Juan Luis Beigbéder, Guderian, Zhukov, Harry S. Truman o Ronald W. Reagan.

En la actualidad nuestro país carece de políticos sencillos (“antes muerta que sencilla” es el lema de nuestra agonía nacional ), por eso tampoco tiene políticos grandes, cuya natural y fuerte peculiaridad de carácter nos abriera un camino de esperanza de feliz vida en común.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios