Oriente : Un agosto de estremecimiento
viernes 03 de septiembre de 2010, 21:36h
La Presidencia del Gobierno y Secretarías de Estado y Defensa americanas, el Pentágono y la OTAN misma, se encuentran -en lo que a Afganistán concierne- en un galimatías incómodo. En rigor, el transcurso del mes de agosto no ha sido propicio para la causa de los contra-insurgentes en aquella remota frontera bélica.
Y puesto que de guerra va el asunto, recuérdese que en las fechas que corren, el contingente de tropa occidental destacado en Afganistán supera los 100.000 hombres en pie de guerra, mientras que el ejército afgano alcanza los 134.000 soldados y el cuerpo nacional de policía se cifra en 115.000 números. Estos datos han sido proporcionados por el general William B. Caldwell (IV) desde Kabul a destinatarios competentes en el Pentágono.
O sea, Estados Unidos -con el concurso de los Aliados- prosigue la carrera militar emprendida en 2001-2002 bajo una estrategia de implementación reciente: reforzar el número y pericia de las tropas y cuerpos de seguridad afganos para que el país se procure los medios bélicos necesarios a su defensa hacia el otoño de 2011. (Hasta hace pocas semanas se barajaba oficialmente la fecha de finales del verano del año próximo).
No obstante el énfasis puesto por algunos asesores de la Casa Blanca en la importancia que tiene el reforzamiento de la “acción” aliada cerca de la población civil refractaria -tan numerosa y, sin embargo, invisible, en zonas como Helmand, Kandahar, Herat y Bardguis- , parece claro que el frente de la insurgencia en Afganistán es insoluble a ojos vista.
Dejando aparte, por ahora, la tenacidad combativa de los mudjahidin (antiguos combatientes autóctonos versus el ejército soviético que penetró en Afganistán en 1979, y nuevas cohortes de guerrilleros enrolados a partir de los años 90) y la solidaridad cómplice con que actúan miles de habitantes rurales y no pocos nómadas de aquel país, se impone recordar que la causa occidental se encuentra atrapada en aquellas latitudes, y desde hace algunos años, en una contradicción típicamente colonial.
Veamos. Hamid Karzai, presidente de la república -o lo que sea finalmente el pandemonium de Afganistán- está mostrando su habilidad para nadar entre dos aguas. De un lado, acogiendo formalmente la presencia bélica extranjera y desplegando la consiguiente diplomacia de guerra que ella implica, adversas ambas al complejo de intereses de la insurgencia talibán; aunque, de otro lado, Karzai siga contemporizando con el estado de laxitud corruptiva y tráfico de drogas al que no es ajena la cúpula gubernamental en Kabul.
Entre los miembros de la oligarquía dominante, sobresale Mohamed Zia Saleh. Relacionado con traficantes de una reputación difícil de empeorar -como es el caso del conocido bajo el nombre de “Ingeniero Ibrahim”-, Zia Saleh viene contribuyendo, en consecuencia, a la evasión de sumas ingentes de capital afgano en dirección de Dubai. En esta turbia capital del mundo árabe, una agencia apropiada New Anseri se ha convertido desde los últimos diez años en sede de operaciones fraudulentas comprobadas. Esto es ya un secreto a voces.
Lo más grave de este episodio reside en el hecho de la conexión entre Zia Saleh y la CIA norteamericana, proveedora de substanciales compensaciones satisfechas al defraudador a cambio ¿de información privilegiada?.
En las últimas elecciones celebradas en Afganistán, incluso Hillary Clinton comentó a los cuatro vientos que Estados Unidos había de aceptar a Karzai en la Presidencia en cuanto se trata de lo menos malo que hay en el “entorno político inmediato”. Ahora, en vísperas de otra campaña electoral en Afganistán, haría bien Barack Obama en adecentar la cueva de monipodio en que la oligarquía afgana ha convertido Kabul durante los años de guerra.
El ejercicio de la depuración nunca es fácil, y mucho menos cuando se efectúa en un cuarto trastero colonial, en donde se trata de enjaretar la situación reinante sin que ésta trascienda al gran público. No resulta, pues, descabellado considerar que ¿cientos de miles? de afganos, y no de obediencia talibán precisamente, se sientan en la encrucijada del Escila y Caribdis que atraviesa el país de marras: perturbados moralmente y estériles políticamente, ante el panorama interno que acabamos de dibujar.
Como advirtió Henry Kissinger a Barack Obama no hace más de unas pocas semanas, de entre todos los errores que procede no cometer en Afganistán, habría que evitar el de la internacionalización creciente del conflicto. Se trata de un conflicto de capacidad contaminante más que en ciernes, aunque podría intensificarse en los meses próximos ese carácter -por poco que se prodiguen los descuidos coloniales-. Por ejemplo, si se abunda en el ejercicio de la protección del partido de los autóctonos indignos, que no el de los in-surrectos .
Si, finalmente, echamos un vistazo al estado de la situación desesperada en que se encuentran sumidos millones de paquistaníes -por mor de la amoral doña Geografía- tampoco puede extrañarnos que algunos observadores realistas de aquel escenario asiático teman lo peor. O sea, que los islamistas capitalicen el marasmo que se ha desencadenado durante el mes de agosto en Paquistán –lanzando un mensaje claro a sus adeptos todos: “¡La causa talibán y afgana es también la nuestra! ¡Fuera los invasores, sean occidentales, hindúes, o chinos!”.
Desde Oriente Próximo -pasando por los valles del Eúfrates y la gran meseta de Irán- viene arreciando el viento de la discordia. Un vendaval que exige una movilización cívica de alcance internacional, si se desea contrarrestar, al menos, “el cuento de aquel idiota, lleno de ruido y furia, y desprovisto de sentido” (Shakespeare dixit).
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Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
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