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Alerta terrorista en Europa … como en Norteamérica

Luis de la Corte Ibáñez
miércoles 06 de octubre de 2010, 20:30h
Cualquier lector de prensa habrá podido comprobarlo. En los últimos días, semanas y meses las secciones de internacional han acumulado noticias referentes a un aumento del riesgo de nuevos atentados en suelo europeo, a perpetrar por extremistas musulmanes vinculados orgánica o ideológicamente a Al Qaida. El penúltimo aviso lo emitía muy recientemente el departamento de Estado de los Estados Unidos al recomendar públicamente a sus conciudadanos que, en caso de visitar el viejo continente, tomaran precauciones si pretendían frecuentar ciertos lugares simbólicos o acceder a ciertos medios de transportes y otros emplazamientos e infraestructuras críticas. Aún han resultado más inquietantes los indicios vertidos en prensa sobre un posible complot yihadista, urdido desde Pakistán, a fin de llevar a cabo una operación fedayín en algún lugar de Europa, o sea: un ataque múltiple conducido por comandos equipados con armas de fuego, granadas y explosivos como el ocurrido en noviembre de 2008 en Bombay, con un balance final de más de 170 víctimas mortales y más de tres centenares de heridos. Una adecuada consideración de estas y otras noticias similares requiere al menos el planteamiento y la respuesta a varias preguntas concatenadas.

Varios países europeos han reaccionado al aviso de las autoridades estadounidenses tildándolo de exagerado, precisando que el riesgo actual no es superior al que venía existiendo. ¿Escurren el bulto? Muy probablemente esa reacción no conlleva incredulidad respecto a los indicios de alarma sugeridos por Estados Unidos, y también por Japón, o por diversos expertos antiterroristas de todo el mundo. Pero lo cierto es que el país del presidente Obama no enfrenta un riesgo inferior al que se advierte para Europa. Un informe emitido el pasado mes de septiembre por un think tank norteamericano, el Bipartisan Policy Center, elaborado por los reconocidos expertos antiterroristas Peter Bergen y Bruce Hoffman, reconocía con suficientes datos y argumentos la continuidad de la amenaza de atentados terroristas sobre suelo estadounidense inspirados por Al Qaida y su ideología. Igualmente, una revista de la no menos prestigiosa academia militar de West Point (Combating Terrorism Center Sentinel) dedicaba gran parte de su número de agosto a dar cuenta y detalles de la misma amenaza. Una mínima descripción de algunos de los planes de ataque desmantelados en los últimos tiempos confirma estas advertencias. Puede recordarse, por ejemplo, la detención practicada las pasadas navidades a un joven nigeriano (Umar Faruk Abdulmutallab) después de fracasar en su intento de hacer estallar los explosivos que llevaba en su ropa interior, justamente cuando viajaba en un avión procedente de Amsterdam que estaba a punto de tomar tierra en Detroit. O el caso más reciente de Faisal Shazad, un ciudadano estadounidense de ascendencia pakistaní que acaba de ser condenado a cadena perpetua por otra tentativa de atentado con explosivos, perpetrada también sin éxito el primer día de mayo en la populosa plaza neoyorquina de Times Square. O, remontándonos algo más atrás, cabe recordar también el complot mucho más peligroso dirigido por el ciudadano afgano y residente en Estados Unidos Najibullah Zazi, quien tras ser arrestado en Denver en septiembre de 2009 confesó haber planeado, junto con otros dos compatriotas, un ataque terrorista múltiple que pretendían ejecutar en Nueva York en el aniversario del 11-S del citado año, con Times Square, Grand Central Station y otra estación como objetivos. Como muestra del carácter global de la amenaza representada por estos atentados fallidos, las investigaciones policiales elaboradas sobre cada uno de ellos permitieron recabar indicios sobre vínculos con organizadores y organizaciones yihadistas establecidas a muchos miles de kilómetros de Estados Unidos. Así, parece que Shazad recibió entrenamiento y financiación de los talibanes pakistaníes, si bien insuficientes. De Faruk Abdulmutallab se pudo saber que había viajado a Yemen, donde entró en contacto tanto con la filial de Al Qaida que opera en ese país y en el conjunto de península arábiga, como con Anwar al-Awlaki, líder espiritual de orientación extremista al que también se le atribuyen diversos servicios prestados a Al Qaida y vínculos con autores de otros atentados, incluidos los del 11-S, el 7-J de Londres y otros. Y, por último, el propio Zazi reconoció haberse unido a los talibán afganos en 2008 y explicó cómo éstos le aleccionaron para preparar un plan de ataque en territorio estadounidense para el que también recibiría inspiración de Rashid Rauf, británico de origen pakistaní ya conocido por sus lazos con Al Qaida y su implicación en varios proyectos de atentado, como el intento desarticulado en 2006 de explosionar en pleno vuelo y de forma simultánea entre 7 y 10 aviones programados para salir de Londres con rumbo a varias grandes ciudades de Estados Unidos y Canadá.

De las evidencias anteriores se puede deducir que la Unión Europea también dispondría de algunas razones para alertar a sus conciudadanos a extremar la prudencia si viajaran a Estados Unidos, dado que este país comparte con varias naciones europeas el dudoso mérito de figurar entre los objetivos del terrorismo yihadista global. Como sabemos, no se ha emitido ninguna advertencia semejante desde Europa (si bien cuando se escriben estas líneas se acaba de publicar que las autoridades francesas han emitido un comunicado que previene a sus conciudadanos del riesgo de atentado en la vecina Gran Bretaña). Pero el recurso a esa clase de alertas no carece de inconvenientes. De hecho, pueden generar incertidumbre, cuando no incredulidad (si las alertas se reiteran sin que no ocurra nada) o pueden comprometer las propias fuentes de inteligencia de las que se nutren. Todo esto induce a preguntarse cuáles han sido los motivos que han llevado a la administración estadounidense a emitir su propia alerta. La emisión pública de una advertencia sobre riesgos más o menos inminentes de atentados terroristas puede responder a otros objetivos que el más primario o aparente de poner sobre aviso a los ciudadanos (por otra parte, salvo evitar ciertas visitas o desplazamientos, no siempre hay mucho que la gente pueda hacer con tales avisos para mejorar su seguridad). Una función alternativa que podrían cumplir las recientes referencias a posibles acciones terroristas en Europa sería la de disuadir a sus potenciales autores, trasladándoles la idea de que sus planes son suficientemente conocidos por las agencias de seguridad y que, por tanto, el éxito de sus operaciones estaría comprometido. Esta idea fue sugerida ayer mismo por la agencia privada de inteligencia Stratfor. Por desgracia, es imposible acceder a la información necesaria para verificar esa o cualquier otra hipótesis sobre la razón real que ha motivado las alertas. Lo único que queda claro a este respecto es la duda sobre su conveniencia o utilidad.

Pero terminemos con lo que aún resulta más decisivo: ¿remiten a una amenaza real las alertas de las que venimos hablando o, por el contrario encierran un alarmismo excesivo? De entrada, puede dudarse que existan muchas posibilidades de que un grupo de extremistas armados lograra crear en alguna ciudad europea un caos semejante al provocado en Bombay en 2008. Ciertamente, no es una opción totalmente descartable. Mas en caso de producirse es muy probable que la preparación y entrenamiento de las fuerzas de seguridad de países como Reino Unido, Alemania, Francia o España ayudase a contrarrestar con mayor eficacia y rapidez la acción de los comandos. Ahora bien, en términos generales, el riesgo de uno o varios atentados en Europa no sólo existe sino que es alto y lo viene siendo desde hace ya bastante tiempo. El trabajo de persecución y prevención que desde hace años vienen desempeñando las agencias de seguridad e inteligencia europeas es constante, arduo y concienzudo. Mucho más constante, arduo y concienzudo de lo que refleja el ir y venir de noticias y alarmas vertidas en prensa de forma esporádica. Y basta revisar los informes sobre terrorismo emitidos cada año por EUROPOL y otros centros de análisis para comprobar que sólo esos esfuerzos, unidos a un alto grado de profesionalidad policial y cooperación internacional, han logrado evitar que los ciudadanos europeos padeciesen varias decenas de atentados de cierta magnitud desde 2001, en lugar de dos (11-M y 7-J). Con lo que en parte (pero sólo en parte) estamos adelantando ya la contestación a una última pregunta pertinente: ¿pueden los países europeos reducir o anular en un plazo breve de tiempo la amenaza de nuevos ataques yihadistas?

En verdad, sólo quienes sostienen una explicación simplista sobre el origen de la amenaza yihadista se atreverían a asegurar una solución que la atajase de manera plena y rápida. Posiblemente una porción considerable de la ciudadanía europea piense que suspender la misión de la OTAN en Afganistán sería lo más parecido a esa solución perfecta. Pero quienes mantengan esa convicción olvidan demasiadas cosas. Olvidan que los atentados del 11 de septiembre de 2001, al igual que otros complots fallidos promovidos por Al Qaida en Europa antes de aquella fecha fatídica, tuvieron lugar sin que mediara invasión militar alguna por parte de Estados Unidos ni de ninguno de sus países aliados; ignoran que el proyecto para una yihad global no concluye ni mucho menos con el fin de la presencia de tropas occidentales en el mundo musulmán sino que apunta mucho más lejos, a una reconfiguración política de ese mundo a la imagen de un modelo teocrático y medieval y a su expansión por todos aquellos territorios que alguna vez tuvieron presencia islámica (la península ibérica, por supuesto); y olvidan también que la práctica del terrorismo contra objetivos occidentales también puede servir para avanzar en esos otros propósitos, como no se cansan de declarar los ideólogos radicales. Por todo ello hace falta una gran dosis de ingenuidad para creer que el peligro de nuevos atentados de factura islamista podría ser plenamente conjurado con una única medida apaciguadora. Se puede, eso sí, reducir los márgenes de actuación de este enemigo plural y difuso, tanto en sus posiciones más lejanas en Asia Central, Oriente Medio, el Cuerno de África, el Sahel y el Magreb, como en latitudes occidentales. Es lo que se procura hacer desde hace años y lo que habrá que continuar haciendo en el futuro. Porque el peligro subsistirá por mucho tiempo aún y habrá que seguir conviviendo con él.

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