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Los árabes y la moderación

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 22 de octubre de 2010, 15:51h
A la vera de la Mezquita, cuyo minarete se contempla –privilegiadamente- desde el despacho ocupado por el cronista desde ha un cuarto de siglo, la lectura de la actualidad se encuentra ocasionada a reflexionar acerca de problemas que tienen al mundo árabe como gran protagonista. Las amenazas, reales unas, verosímiles otras, fantasiosas quizá las más, de yhidas y cruzadas que vengan a estrellar sus olas sobre las gradas del irisdicente edificio, acrecientan, si es posible, el interés y curiosidad por tan candente temática.

Transitado el terreno desde diferentes ángulos en escritos de datación así próxima como algo lejana, el articulista, aguijoneado en su conciencia por el reiterado reproche que, en los círculos más avanzados de Occidente, se suele hacer a los intelectuales ganosos ante todo de rigor y objetividad, quisiera recalar de nuevo en la debatida cuestión de un Islam impregnado de moderación a la vez que muy ulcerado por la escasa atención prestada a su mensaje por las elites europeas y americanas. Aunque es éste un extremo abierto, desde luego, a la discrepancia, resulta ser también de trascendencia suma para encerrarse en polémicas estériles. De ahí, que, por un mínimo imperativo moral y viva simpatía con la causa del “Islam dialogante”, se haya de aceptar con complacencia la invitación de sus integrantes a meditar sobre las causas del desencuentro y repudio al que, según su crítica, se ven sometidos desde los principales foros académicos y mediáticos de la civilización occidental.

Al igual que muchos otros de los grandes problemas del presente, la gestación del que nos ocupa tuvo lugar durante los años iniciales del periodo de entreguerras. En dicha etapa, la todavía todopoderosa Gran Bretaña, ampliando su colonización de Egipto, colocó bajo su rígida y eficaz batuta a la mayor parte del territorio árabe acabado de independizarse del dominio turco. En conjunto, su estricta tutela y el decisivo apoyo al establecimiento de “un hogar judío” en la Palestina recién liberada por las tropas británicas –la aportación de las del rey saudí Feisal I fue testimonial, pese a las ensoñaciones del genial D. H. Lawrence- le enajenaron pronto el reconocimiento de gran parte de las minorías dirigentes y del pueblo del extenso mapa árabe gobernado por la diligente y altiva administración inglesa. A su vez, tampoco la obra gobernante de la III República Francesa en los países del Magreb y en los Protectorados de Siria y Libia realizó avances sustantivos en la citada época en punto a aquistarse la consideración o estima de la clase profesional y la población universitaria.

En un panorama de distanciamiento e incomprensión crecientes, la Segunda Guerra Mundial cambió por entero el paisaje político y cultural. Está muy acordada a razón la censura hecha por los pensadores árabes de sesgo moderado a sus homólogos occidentales de la muy reducida o nula comprensión que los sectores nacionalistas de su mundo hallaron en los medios políticos y culturales del Viejo Continente, antes y, en particular, después de la segunda conflagración mundial. Es asaz probable que la cerrada intransigencia de París y Londres –recuérdese, a escala geográfica superior pero muy singular ideológica y políticamente, su granítica actitud a lo largo de los años treinta frente al partido del Congreso y la autonomía hindú- contribuyera en medida notable a la radicalización de las esferas nacionalistas partidarias en un principio de una independencia progresiva o gradual.
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