Sexo II
domingo 14 de noviembre de 2010, 17:57h
Antes el mono de feria, la puta de la que reírse y sobre la que mal hablar era de la fresca. Aquella que, dueña de su sexualidad y consciente de sus gustos, decidía ponerse el mundo por montera y acostarse con quien le viniera en gana. Afortunadamente, eso pasó a la historia y ahora nadie –en general- piensa nada raro si una chica decide acostarse con uno o con otro. Al contrario, la nueva esclavitud no reside en la castidad y la virginidad como bien supremo sino en la promiscuidad y la hiperactividad sexual como única opción posible. Nos hemos ido al otro extremo sin enterarnos de que, la verdadera gracia no reside en alabar que una persona se acueste con todo lo que se mueve, sino en que cada cual haga lo que más le apetezca con su cuerpo.
Parafraseando a Lucía Etxebarría, hoy en día la obscenidad se ha deslizado de los contenidos abiertamente sexuales a lo que los estrictos cánones estéticos actuales consideran feo. Me explico. Estamos más que acostumbrados a ver anuncios sexualmente explícitos en cualquier cartel por la calle, en la tele, en las revistas… Los anuncios de gel de ducha más inocentes no tienen problema alguno en mostrar desnudos integrales, pero eso sí, sentimos una incomodidad de tinte cuasi morboso cuando el objeto de desnudez es una persona obesa o vieja.
El sexo como tal se ha convertido en una obligación que se fomenta desde que somos demasiado pequeños como para entender las implicaciones de lo que estamos haciendo. Porque por más que insistan y por mal que suene, el sexo NO es una necesidad y, mucho menos, esa obligación implícita que nos han impuesto con la excusa de liberarnos. Porque me parece triste que la gente se sienta culpable por no practicar sexo. Que se tache de frikies, estrambóticos e incluso sospechosos a aquellos que, por la razón que sea, optan por mantener su virginidad, es una dictadura similar a la que condenaba al ostracismo a la “libertina” de turno.
Ya sé que me repito, pero tengo que decirlo una vez más. A fuerza de banalizarlo, frivolizarlo y quitarle valor, nos estamos cargando el sexo. Que sí, que la versión oficial es que todos tenemos una vida sexual envidiable. Que no pasamos la oportunidad de mantener sexo tántrico con el primer/a desconocido que nos aborde. Que de vez en cuando tenemos que hacer una cura de sexo porque no podemos más con nuestra agitada vida sexual, aunque al final nunca podamos aguantar más de un mes porque, ya se sabe, el sexo es una necesidad. ¿Verdad? Pues no, al menos no comparado con lo que veo a mi alrededor. Afortunadamente ese sexo de manual que predican en la Cosmopolitan sigue siendo un mito risible para mi entorno.
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Periodista
Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset
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