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Talibanes en Madrid

Alejandro Muñoz-Alonso
martes 23 de noviembre de 2010, 21:23h
Hay que reconocer que España no ha tenido mucha suerte en los dos últimos siglos. Hace ahora doscientos años las Cortes de Cádiz iniciaron una transición modélica, desde la monarquía absoluta a un sistema representativo y constitucional. Y, a diferencia de Francia, lo hizo sin baños de sangre y al tiempo que rechazaba la invasión extranjera. Pero sólo cuatro años después, el justamente llamado “rey felón” dio el primer golpe de Estado de nuestra historia contemporánea y todo se vino abajo. Como les he explicado muy a menudo a mis alumnos ese parecía ser nuestro sino histórico: Se da un paso decisivo hacia la libertad, a menudo desde un amplio consenso, pero al poco tiempo una minoría echa por tierra el esfuerzo común y se vuelve a las andadas. El maleficio se rompió con la Transición –iniciada hace ahora treinta y cinco años con el acceso al trono de Juan Carlos I- que da a España, con el apoyo mayoritario de la sociedad, el más generoso sistema de libertades de toda su historia. No faltaron las minorías de diverso pelaje que trataron de boicotear aquel gran esfuerzo colectivo.

Algunas, como el nacionalismo etarra, con las armas en la mano y la cobardía en el corazón. Dejaron un rastro de sangre pero no consiguieron sus criminales propósitos. España había apostado por la reconciliación y por mirar hacia delante, sin revanchismos.

Pero llevamos varios años –todos pueden poner la fecha- en que aquellos viejos “demonios familiares” parecen haber salido de nuevo de sus oscuras madrigueras y vuelven a sembrar el odio y la división entre los españoles. Sus esfuerzos habrían sido inútiles e irrelevantes si no fuera porque han recibido apoyo y estímulo desde las más altas instancias del poder. Parece mentira, pero en un evidente fenómeno patológico de regresión –en el más estricto sentido psicológico del término- algunos perecen empeñados en repetir en estos inicios del siglo XXI la etapa más desgraciada de nuestra historia contemporánea, la de los años treinta del pasado siglo que, esa sí, terminó en un baño de sangre y en una larga dictadura. Nadie responsable piensa que aquello fuera un conflicto de malos contra buenos, porque buenos y malos hubo en los dos bandos que se enfrentaron y que dejaron duraderamente divido al país. Por eso la Transición ofreció a los españoles un sano y nuevo comienzo, abriendo el periodo quizás más fructífero en la secular historia de la Nación española, que no se inventó ayer por la tarde.

Se me ocurren estas reflexiones –por otra parte tan manidas y reiteradas- a la vista de esa increíble noticia según la cual no sé qué foros adictos a esa malhadada idea de la “memoria histórica”, que se ha hecho ley y que sólo busca dividir y enfrentar de nuevo a los españoles, quieren volar el Valle de los Caídos y, específicamente, la gran cruz que corona el monumento y que estos descerebrados ignorantes califican de “símbolo de muerte y venganza”. La barbarie no ha desaparecido de España e incluso disfruta del apoyo oficial pues las organizaciones que mantienen esa salvaje pretensión reciben subvenciones del Gobierno. Se subvenciona la siembra del odio y el revanchismo, quizás porque como dijo el Presidente del Gobierno en notoria ocasión “hay que tensionar”, pues la tensión parece una útil receta para ganar elecciones.

Cuando leí la noticia me acordé, supongo que como otros muchos, de la voladura de los Budas gigantes de Bamiyán por parte de los talibanes afganos cuando tenían sometido aquel desgraciado país a su infame férula. Aquel acto de vandalismo oficial suscitó el rechazo y la condena de todo el mundo civilizado y fue uno de los más notables argumentos que llevaron a la opinión pública internacional a la convicción de que aquel régimen debía ser desmantelado. Ahora sabemos que también hay talibanes en Madrid, ciegos de odio y de rencor, tan bárbaros como aquellos de Asia central. Ningún país civilizado trata de borrar obsesivamente una determinada etapa de su historia. Primero porque es, sencillamente, imposible porque nunca se puede borrar del todo lo que sucedió. En segundo lugar, porque no hay mayor muestra de madurez que asumir el pasado, con sus luces y sus sombras, como una enseñanza permanente para las generaciones futuras. Bien está que los historiadores profundicen en sus investigaciones, aclaren episodios oscuros y ofrezcan las interpretaciones que se deduzcan de sus estudios. Pero no se puede utilizar la historia como arma arrojadiza. Ahora ya no importa qué tenían en la cabeza quienes decidieron construir ese monumento ni ningún monumento, no importa cuáles eran sus planes o sus propósitos. Sólo cuenta que está ahí como recuerdo de una etapa convulsa, que las actuales generaciones no quieren en absoluto repetir. A unos les gustará más, a otros menos, pero es un legado de una época pasada, como tantos otros.

Habrá que reconocer, sin embargo, que algo hemos progresado. Estas gentes que quieren volar la gran cruz del Valle de los Caídos –los mismos, aunque utilicen otros argumentos, que quieren que desaparezcan los crucifijos del espacio público- piden desacralizar la basílica y trasladar a los monjes benedictinos. Menos mal. Sus antecesores de los años treinta del siglo XX destruían los templos, no sólo las cruces que los remataban, y asesinaban a los monjes que los habitaban. Seguramente es inevitable que toda sociedad exista alguna minoría bárbara y destructora. Por eso la noticia que comentamos no tendría la menor importancia si no fuera porque quienes promueven esa salvaje idea disfrutan de la simpatía del poder. De un poder que ya nos ha mostrado que está dispuesto a todo con tal de no dejar de serlo.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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