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Cataluña: la hora de los ciudadanos

Lourdes López Nieto
miércoles 24 de noviembre de 2010, 15:42h
Las elecciones autonómicas en Cataluña tienen la virtud de haber forjado casi siempre unos parlamentos multipartidistas. Paradójicamente este resultado se produce en una región en la que una parte minoritaria de la sociedad se ha empecinado en tratar de supeditar los derechos democráticos que son individuales, a imaginarios derechos colectivos, identitarios y territoriales. Por ello, cuando “toca” hacer balance de la pasada legislatura se advierte que el voto, principal derecho político de los ciudadanos, ha sido utilizado para menesteres ajenos a los que se recogieron en las urnas. Es más, las citadas minorías ha actuado con gran influencia gracias al aliento y apoyo de quienes han conformado los gobiernos. Tal es el caso de la manifestación encabezada por el representante del Estado en Cataluña o la amenaza “involución o secesión” con la que concluía el manifiesto “El dilema español”, firmado por columnistas catalanes el pasado 21 de mayo en ambos casos contra la sentencia del Tribunal Constitucional.

¿Cuáles son los resultados? Según las encuestas más fiables como la preelectoral del CIS, ahora un 66% no se considera nacionalista, un 5% menos que hace cuatro años. Además, quienes se sienten más catalanes que españoles o solo catalanes representan un 37% y ha disminuido en un 8% respecto a los que se manifestaron en ese sentido en la misma encuesta en 2006. Por el contrario, los datos de las 4 encuestas del CEO (el cis del gobierno catalán de este año ) indican que quienes apoyan esta opinión ha aumentado un 5% alcanzando en la última realizada un 48%. A la vista de estas discrepancias, los resultados del día 28 permitirán medir con más exactitud la evolución del apoyo al nacionalismo, como también se reflejó en el referéndum de 2006.

Los datos sobre distribución del voto de las citadas empresas públicas de opinión son similares, si bien estas y las encargadas por las empresas mediáticas coinciden, en destacar la escasa fiabilidad de los índices de participación. Es evidente que parte de quienes se van a abstener ocultan su voto, al amparo de varias opciones (indecisos, en torno a un 35%, o el clásico no sabe / no contesta con cifras de un 15%, incluso el voto en blanco que tiende a incrementarse). Hace cuatro años acudió a las urnas el 56%, aunque la mayoría de las encuestas situaban la participación por encima del 70%. Recordemos que el aumento de la abstención en Cataluña, especialmente en este tipo de elecciones, aumenta en cada convocatoria. Sabemos pues, que las encuestas yerran a la hora de medir la abstención, que quizá sea la opción ganadora en estas elecciones, a pesar de que las motivaciones para elegir esta opción son diversas. Según la encuesta del CIS, entre quienes han decidido no votar predominan las posturas victimistas: “da lo mismo votar que no votar, no sirve para nada” (26,4%), o “no me inspira confianza ningún partido ni ningún político” (21,5%). Sin embargo, estas opiniones críticas respecto a los principales actores políticos, incluso sobre la calidad de la democracia las comparte la mitad de los encuestados “todos los partidos son iguales”, incluso cuando el número de candidaturas es en esta convocatoria el más alto de todas. El victimismo alcanza los 2/3 de los encuestados cuando opinan que los políticos “no tienen en cuenta lo que piensa la gente” o “buscan el beneficio propio” (ambas de la última del CEO).

¿Hasta que punto el quehacer de partidos y políticos es merecedora de esta opinión crítica? Sabemos que forma parte de la cultura política, en parte heredada del régimen autoritario, pero también que se acentúa en momentos de crisis y hoy se manifiesta en todas las democracias occidentales. Pero también sabemos que los partidos no definen con claridad los programas y quienes pueden gobernar, piden solo “mayorías suficientes”. Cuando son más necesarios los gobiernos mayoritarios para adoptar soluciones que permitan solventar las diversas manifestaciones de la crisis, parece que las mayorías absolutas se consideran políticamente incorrectas. Para colmo, la campaña electoral ha mostrado las carencias de los partidos incapaces tanto de responder a las demandas ciudadanas como de liderar comportamientos responsables y serios. Ello les impide canalizar la volatilidad electoral y el desapego en gran medida debido a la falta de liderazgos con alternativas claras.

¿Acaso la sociedad rechaza los líderes bien preparados, competitivos, dispuestos a adoptar soluciones drásticas cuando son necesarias como ocurre con profesionales de elite como deportistas o empresarios? ¿Qué pasaría si como sugiere el profesor Pérez Díaz y cada vez voces más ilustres y numerosas, los ciudadanos frente a las minorías de gobiernos no representativos decidieran asumir una responsabilidad más directa ante lo que les ocurre? Veremos las respuestas el 28.
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